I. Manoel Monteiro o Una Familia de 800

Llevaba casi dos meses viviendo en Leticia.  Habíamos terminado de filmar Andrés, Héctor y yo la primera parte de nuestra película. Ya comenzaban a suceder todas ésas cosas que ocurren con el sedentarismo, me  estaba acostumbrando a la ciudad amazonense de la triple frontera; tenía  rutinas diarias: la cita vespertina con los pájaros del jardín de Casa de las Palmas, la guest-house dónde vivía, a dónde regresé ya una vez y a dónde regresaré siempre, el acaí que iba a comer a Brasil cada tarde, el lugar en el río, la maloca de don Gustavo y su magia, los amigos,  el amor, los sueños… las proyecciones. Pero sabía que tenía que seguir viaje. Alguna saudade en el pecho me empujaba hacia el sur.

Después de tanto tiempo afuera, postergar el reencuentro con mi  familia era tensar de cierta forma la voluntad de mi corazón y viajar así no es cosa fácil. Un viaje largo, más que otros viajes, requiere estar presente. Un día a la vez, un paso a la vez. Aprender a viajar se trata, para mí, de eso. La medida de la presencia es la medida de la profundidad del viaje. ¡Cuántas veces por tratar de llegar se pierde de vista que el trayecto hacia el lugar era tanto más enriquecedor! Mi bautismo de fuego en este sentido fue durante mi primer viaje largo, cuando abandoné prontamente el norte tailandés y me embarqué hacia Luang Pravang, Laos.  No percibí que el tesoro que había dejado detrás requería más tiempo, sentía que  me había ido antes. ¿Antes de que? Del tiempo que necesitaba para aprender de Chiang Rai. Sumida en un montón de pensamientos confusos acerca de la conveniencia y los calendarios, me embarqué. Despues de todo: Ching Rai no había sido nunca un objetivo, era “un lugar de paso”. A los 10 días regresé, si, viajé para atrás. Y enhorabuena, pasé los días más maravillosos. Aprendí que si uno no se entrega, el viaje se vuelve pura superficie, la mochila entonces, pesa y cada día se reduce a una tachadura en el calendario.

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Lo que me sucedía en Leticia era al revés. Estaba ya habituada a la ciudad por lo que postergaba la partida, pero yo sabía que me esperaba un continente y que venía de un año de mucho trabajo, de mucha “gimnasia emocional” por ponerlo de alguna manera.  Una mañana al despertar supe que la partida era inminente. Llamé a Héctor por teléfono, creo que lo desperté. Me pasó a buscar y fuimos en moto a Brasil a comprar mi boleto para viajar en el barco carguero  Manoel Monteiro, un barco de evangelistas por lo que no vendían alcohol, ni ponían música muy fuerte. Un barco que tenía espacio para 800 hamacas (800 era un número menos asustador que 3.500, como disponía el barco vecino), un barco  hecho con más madera que hierro, pintado de azul. Un barco que me recordaba, no sé por qué, a las navegadas en velero de mi infancia con mi papá.

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Esa noche me despedí de los amigos la familia amazonense. Lloramos un poco, nos reímos más. Yo sabía que volvería. Ellos también. Me fui a dormir temprano y al otro día a la mañana Héctor me pasó a buscar. Pasamos por el mercado de Leticia a comprar una hamaca y un mosquitero. Después fuimos a la oficina de inmigración del aeropuerto para que sellaran en mi pasaporte la salida  de Colombia. Entré a Brasil con mi documento brasileño, quedándome con la duda de qué iba a pasar con el agujero-calendario que quedaba en mi pasaporte. Salí el 12 de enero de Colombia… y no entré a ninguna parte. No me convenía ingresara  Brasil como turista porque no sabía cuántos meses iba a tardar en atravesar mi segunda patria y los turistas sólo tienen visa por 90 días. Después de debatirnos un rato sobre la posible problemática, decidí : “soy brasilera: debo poder entrar y salir con mi documento, nadie me va a hacer problema por eso.Lo del pasaporte, llegado el caso, lo explicaré.”. Héctor bromeó acerca de que en la misma billetera guarda mi cédula brasileña, mi cedula argentina , mi cédula de extranjería colombiana y mi pasaporte.  ¿De dónde eres? No sé… Soy de aquí y soy de allá.. Nos subimos a la moto riéndonos y  bastante apurados,  nos fuimos al puerto.

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Una fila larga de personas con todo tipo de bártulos, animales en jaulas  y equipajes esperaba  embarcar. Una mujer pedía los pasajes y cambio nos ponía una pulserita de plástico en la muñeca.  Yo era toda entusiasmo, toda ansiedad, toda nostalgia. Héctor iba y venía. En un momento se fue y al volver me dijo que le había pedido al capitán poder viajar en el barco hasta un pueblo que quedaba una hora y media río abajo.  ¿Pero después qué vas a hacer? Me voy a tomar un barco que regrese.

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El barco tenía tres niveles con ganchos numerados en fila para que la gente pudiera colgar sus redes. Cuando nos tocó entrar a nosotros ya estaba a un 70 % de ocupación. Yo busqué un espacio entre dos familias. Me sentía segura de ésa manera. En el barco no hay lockers ni nada para guardar las pertenencias, uno cuelga la hamaca y deja sus cosas en la porción de suelo que queda debajo.  Yo llevaba mi mochila y cámaras, lentes, computadora, etc.  Dejé la mochila grande en el suelo y no me despegué de la pequeña que llevaba dentro las pertenencias de valor. Otro peligro del que había sido advertida además de los posibles hurtos era el de ser convertida en mula del narcotráfico sin saberlo. Había rigurosos controles militares en medio de la navegada y demás está explicar lo problemático que podría ser que encontraran drogas en las pertenencias.  Durante el viaje, cada vez que me separaba de la mochila grande  un rato, al regresar la revisaba entera.

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Un hombre de la familia que viajaba a mi izquierda me ayudó a colgar la hamaca con una soga que había comprado en Bogotá y que el convirtió en dos con una navaja. Me enseñó un nudo especial para el amarre. Yo probé la altura y la tensión unas tres veces y la fuimos acomodando. Iba a ser mi cama, mi sofá, mi escritorio  durante los próximos 4 días. E importante que fique confortável  me dijo en portugués el hombre y tenía razón.

Héctor y yo nos acostamos en la hamaca como lo hacíamos siempre: cabeza con pies, cabeza con pies. El ruido del motor, monótono, presente pero no del todo molesto se mezclaba con el sonido de cientos de voces indicándose cosas (que vamos allá, que saquemos tal cosa, que comamos tal otra, que la llamada al familiar) algunofullsizerender3s niños lloraban. Eran las diez de la mañana, el barco no había zarpado, nosotros nos adormecimos un poco. De pronto nos descubrimos navegando.  Fuimos en silencio rio abajo, mirándonos a los ojos, compartiendo y respirando la despedida, mecidos el vaivén idéntico de todas las redes. En algún momento sacamos una foto a nuestras manos, cuando nos conocimos descubrimos  que tenemos un lunar en el mismo lugar de la palma de la mano derecha. Nos parecía curioso y significativo.

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Los barcos que navegan el amazonas y llevan pasajeros, son barcos de carga. Es decir, llevan personas sólo porque no pueden cargar cosas en los tres niveles  superiores, ya que perderían el balance necesario, o encallarían.  Son barcos de carga y de pasajeros en consecuencia: o sea, los barcos paran en cuanto pueblo rivereño haya material que cargar y se demoran todo lo que se tengan que demorar, sin preocuparse por la promesa  de llegar tal día a tal hora a destino.  Esto no es un dato menor, si uno tiene afán de llegar puede ser verdaderamente enloquecedor.

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A mí me tocaron paradas de entre 30 minutos y  9 horas. En Santa Rosa, el pueblo dónde desembarcó Héctor el barco se detuvo una hora. Aprovechamos ése tiempo para ir a almorzar al mercado local. Comimos una feijoada con arroz. La mía salada de  lágrimas. No las podía detener. Para ya, Emilia. No puedo. No puedo.

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En un tablón enorme que separaba el barco del muelle nos abrazamos. Un marinero desde el tercer piso me gritó que iban a dejarme, entonces nos separamos. No alcancé a poner el segundo pie en el navío que éste ya había zarpado. Héctor se quedó con el pueblo y el paisaje cambió a espesa selva con mucha rapidez. Fui a la proa y mirando el horizonte me quedé pensando, respirando, llorando, recordando, agradeciendo.  Sentía una profunda paz debajo de todo el agite emocional.

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Al rato de estar en la proa se acercó un hombre de unos 40 años con un traje de marinero con mucho azul, mucho blanco y algunos escudos bordados. Parecía extraído de una película de Fellini. Era el médico del barco. Tenía su consultorio junto a la proa. Tras conversar un rato le hice unas cuantas preguntas acerca de la navegada, entre ellas, si había muchos casos de robos, etc. Se mostró tranquilo al respecto pero me ofreció guardar mis pertenencias de valor bajo llave en su consultorio. Yo acepté agradecida pues dormir con la cámara y la  computadora en la hamaca iba a ser un desafío. Entonces el sacó de un llavero enorme una copia de la pequeña llave del consultorio y me la dio, permitiéndome entrar a guardar mis cosas durante la noche.

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Son incontables las personas que aparecen de la nada para volver el viaje más fácil, más seguro, más agradable. Me pasó cientos de veces pero me sigue sorprendiendo. Parecen enviados. Así, de la nada, te dejo la llave. Yo sentí un guineo de la vida: ahora podes estar tranquila, disfrutá de ésta navegada. Una de las más singulares que hiciste y que harás.

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No me alcanzaban los sentidos para absorber la experiencia estar bajando por el Río Amazonas en ése contexto, entonces la vara se corrió. Dejé de ser un polizón, un viajero-espectador  para descubrir que era parte de una comunidad hermosa, desprolija y caótica en un navío-hogar. Todo, entonces, se volvió muy natural;  la mañanas, los mediodías y las noches. Las campanadas a las 5 de la mañana indicando el desayuno. Los baños-cubículos. El mar de equipaje desparramado en el suelo. Los tiempos de espera. Las lluvias, los atardeceres. Los íntimos vecinos, por íntimos digo, a ver si me hago entender, uno no podía darse vuelta a la noche para dormir, digamos, de lado, sin rozarle la espalda al de la hamaca de al lado. Íntimos a ese nivel, los protocolos sociales se caían por el propio peso de su convencionalismo. Todos nos ayudábamos, nos compartíamos los alimentos, nos cuidábamos las cosas. Cantábamos, nos contábamos historias, peleábamos y reíamos como una verdadera familia. Una familia de 800. Río abajo.

 

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