Una noche en la maloca de Don Gustavo Maukuna II

 

Hablamos un largo rato con don Gustavo, mambeamos coca (en ésta región del amazonas, las hojas de coca se muelen hasta ser transformadas en un polvo espeso, que luego se introduce en gran cantidad en la boca con la ayuda de una pequeña cuchara), don Gustavo nos sopló tabaco en la nariz con un instrumento cuidadosamente armado mezcla de un hueso hueco de un animal y un caracol.

IMG_9921 “Este es mi lápiz. Este tabaco es rezado, ahí está todo lo que yo sé, lo que mis abuelos me enseñaron, que fueron enseñados por mis tatarabuelos. Ahora se los paso a ustedes. No piensen, sientan. Escuchen, después me dicen.”

La luz de la vela, Gustavo sentado en un tronco hablando, la abuelita balanceándose en su red, la maloca enorme, a oscuras, Héctor retratando algunos momentos con mi cámara. Cuando don Gustavo sopló tabaco en mi nariz, algo se amplió en mi percepción,  una especie de escalofrío me recorrió  la coronilla, seguido por palpitaciones fuertes del corazón. Sentí ser totalidad. Totalidad con la selva, con las estrellas, con todos los seres. Sentí que no había límites, que no había tal “luz de la vela, Gustavo sentado en un tronco hablando, la abuelita balanceándose en su red, la maloka enorme, a oscuras, Héctor retratando algunos momentos”. Sentí la presencia de algo enorme, que me contenía al tiempo que lo nombraba.

Conversamos durante horas. Don Gustavo habló sobre los orígenes de los sentidos, sobre los intersticios culturales entre los indios de la selva y los hombres blancos,  sobre el curso natural de las cosas, sobre el curso anormal de la ambición del hombre, sobre el sistema de vida en las comunidades indígenas, sobre planes siniestros de los “gringos” en el amazonas. Habló y nosotros escuchamos, con todo el cuerpo escuchamos, transitando un estado de  presencia inusual.

En un momento de la charla Don Gustavo se disculpó. “Porque el indio también sabe pedir perdón”, ironizó…. “Yo quiero pedir disculpas si alguien se sintió ofendido con mi forma  dura de decir cosas. Espero que sepan entender, es que duro es como uno le habla a los hijos.” Yo sonreí.

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Ya de madrugada  la única vela que quedaba prendida estaba a punto de consumirse.  Héctor y yo nos fuimos al lugar de la maloca dónde habíamos colgado la  hamaca y extendimos el mosquitero. Luego nos acomodamos rápidamente debajo.  Héctor se recostó con la cabeza hacia un extremo de la hamaca y yo con la cabeza hacia el otro. Nuestras caderas se encontraban en el centro y las piernas del uno abrazaban el cuerpo del otro. Comenzó a llover y, como es habitual en la selva, la suave llovizna se transformó rápidamente en un diluvio torrencial. Olor a tierra mojada.  Era increíblemente confortable la manera en la que Héctor y yo nos habíamos acomodado. Un abrazo enrome de dos cuerpos, caricias suaves de un lado y otro. Yo sentía sin pensar:  “Gracias, gracias, gracias.” ¿Cuántas veces uno es gratitud, no piensa en agradecer, ES intrínsecamente gratitud poderosa?  Era éxtasis.  No cabía nada más. Fuimos un amor inmenso esa noche, Amazonas, la comunidad, nosotros. Escapa a lo que pueda escribir acá.

Nos demoramos a propósito en la eternidad de esa noche. Escuchamos llover durante horas.  Llover duro, abundante.  Nos dormimos antes de que amaneciera, creo, para no ver terminar ésa lluvia y esa noche.  Y fuimos exitosos. Todavía llueve, todavía estamos ahí: con los ojos abiertos, regocijándonos de vida en una hamaca que cuelga de una maloca en el medio de amazonas.

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A las seis de la mañana habían despertado todos los habitantes de la maloca. Todos, menos nosotros. Escuchábamos, como en un sueño, el ruido de la escoba de paja deslizarse en el suelo de tierra de la casa, seguíamos abrazados, pié con mejilla, brazo con rodilla, cadera con cadera. Esa viva y extremadamente sana deconstrucción de la jerarquía del cuerpo.  Continuamos durmiendo como hasta las 11 de la mañana.  Yo no quería salir de esa hamaca… a medida que me fui despertando,  fue tomando cuenta de mí una culpa moralizante  “Qué vergüenza deberías sentir. Dormir hasta ésa hora, todo el mundo trabajando y ustedes juntos durmiendo, en casa ajena además.” Mi diablo lo logró, le pedí a Héctor que nos levantáramos. Cuando lo hicimos, nadie lo percibió, o a nadie le resultó importante. Cada uno estaba dedicado feliz a su quehacer. Preguntamos en qué podíamos ayudar, nos sonrieron, no nos dieron mucha importancia. Héctor me llevó de la mano a la hamaca, nos recostamos abrazados y nos quedamos conversando. El abuelito nos vino a buscar con unos chontaduros con sal un rato más tarde. ¡Todo era tan natural! Era raro sentir que nadie estaba ahí para “cobrarle” al otro lo que hacía o no hacía, que todo se movía por real voluntad, real amor por el hacer. Desayunamos-almorzamos entre chistes y risas.

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Después fuimos al río chico a bañarnos y a cepillarnos los dientes. Había una familia cocinando chontaduros afuera. Nos acercamos. El padre se estaba por ir a pescar.

-¿A dónde vas a ir a pescar?

Le preguntó Héctor.

-Allá atrás.

Señaló selva adentro, el takana.

 

El hombre se fue y un rato más tarde lo encontré en el Takana. Le pregunté si le perjudicaba en su pesca que yo nadara ahí, me dijo que no, que la pesca estaba mala, que se iba a ir de caza. Recogió sus cosas y desapareció en la selva.

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Al rato llegó Héctor, todo indicaba que iba a llover fuerte, no nos importó. Nadamos en el rio crecido. Miramos tarántulas gigantes, de cola azul. Jugamos con arcilla. En un momento empezó a llover. Nos tiramos al río. Es indescriptible la sensación de estar en el amazonas bajo una lluvia de esas. Todos esos árboles viejos, las lianas, todo ese verde. La absurda soledad habitada: uno está solo en medio de una selva viva. La selva te pulsiona: te abraza, te seduce, te hipnotiza, te abruma, te abandona, te recoge. Nos vivimos Hector-la selva-yo-la lluvia.   “Nos vivimos”; no puedo ponerlo de otra manera. Lo que sucedió ahí fue la vida habitándose a sí misma, duplicando-se. Replegarse y desplegarse al tiempo en un todo sin principio y sin final.

Regresamos unas horas después. Un palo nos guió por el sendero inundado.  El sol apareció entre las nubes cuando la maloca ya estaba cerca. Se escuchó un disparo. Yo contuve la respiración un segundo.

-¡Tuvo suerte!

Dijo Héctor.

-ay, pobre animal…

Respondí  yo.

Entramos a la maloca, conversamos con la abuela. Nos cambiamos la ropa, cuando la mujer que había estado pelando chontaduros, la mujer del cazador, entró a la maloca desesperada, blanca como la cal. “Un accidente, tuvo un accidente.” Con Héctor salimos corriendo y lo vimos al señor sentado contra un árbol, con la escopeta al costado, tenía su remera enroscada en la cabeza y la mirada perdida, en shock. Su hija en silencio lo miraba a los ojos.

  • ¿Qué pasó?

Pregunté.

  • Me caí, se enredó mi pierna y se disparó.

Me dijo, mientras se levantaba cuidadosamente un extremo de la remera que tenía enroscada en la cabeza. Vi una herida en la sien izquierda.  Asumí que la bala le había raspado la piel al pasarle peligrosamente cerca de la cabeza.

-Bueno, es superficial la herida.

Dije, nerviosa. Para tranquilizarlo.

-No.

Respondió la mujer. Mientras su marido levantó el otro extremo de la remera, dejando al descubierto la sien derecha, con una herida en forma de estrella a carne viva.

La bala le había atravesado la cabeza, ingresando por la sien izquierda, saliendo por la derecha. El hombre se negaba a ir al hospital, la mujer estaba en pánico, la niña observaba todo en silencio.  El hombre se quedó diez minutos sentado, luego se levantó para ir a lavar la olla donde habían hervido los chontaduros, al río.  Mis ruegos de ir por favor al hospital fueron improductivos. El hombre, contra todo pronóstico y sin otra curación que una remera sucia enroscada en la cabeza continuó con sus quehaceres, como si nada hubiera sucedido.   Había un clima de muerte en el aire… o de vida intensa. O de las dos al tiempo.

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