Una noche en la maloca de Don Gustavo Makuna I

c (2)“Llévale tabaco y un mercado, eso es siempre bien recibido” me aconsejó José mientas buscaba en su placard un toldo de tejido para darme, para cubrir la hamaca e intentar mantener durante la noche a los mosquitos de la selva a una distancia prudente. Yo junté mis cosas, las guardé en la bolsita de chambira (un tejido típico de los indígenas que lo obtienen de una palma ) y a las cuatro y media salí para el mercado, quería llevarle una buena bolsa de tabaco a Don Gustavo ya que nos tomaríamos el atrevimiento de llegar de noche a la maloka, su casa. Si bien él nos había invitado. No habíamos anunciado que ése día iríamos.
Héctor me pasó a buscar en moto, es decir, su papá manejaba una moto, él iba atrás y su amigo Paul manejaba otra: yo iría detrás. Nos iban a dejar en el kilómetro once, para que nosotros después hiciéramos la caminata selva adentro hasta la casa.
En la selva siempre anochece más temprano, no queríamos que nos agarrara la noche en el camino. No sé por qué, porque cuando finalmente llegamos a la maloka ya era casi de noche y mismo así nos fuimos a nadar al río que queda a unos 20 minutos de la casa de don Gustavo, y si fuera el caso, ese trecho es mucho más temeroso, pues estaba inundado ya que el río Takana venía rebalsado hacía días. Y el peligro de esto son las anguilas y las culebras y las boas que pueden, eventualmente salirse del río.

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Cuando el papá de Héctor y Paul nos dejaron en el inicio del caminito, fuimos en silencio a la casa de Don Gustavo. Silencio que rompíamos unas veces, para imitar los sonidos de los pájaros.
-¿Cuántos sonidos escuchas?
Me preguntó Héctor. Yo concentré toda mi atención en las capas y capas de sonidos que escuchaba, unos más cerca otros más lejos. Empecé a descubrir una métrica del sonido total de la selva, un pájaro que canta cada determinado tiempo repetitivamente y otro que contesta, los grillos constantes, las ranas. Una hoja que cae. No pude contar la infinidad de sonidos que escuchaba. Le respondí un número cualquiera y los dos salimos del paso con sonrisas.

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El camino fue más largo que el otro día porque nosotros íbamos más lento. El río continuó desbordado todos ésos días por lo que el suelo estaba resbaloso, especialmente en ésas partes en las que el suelo es de greda.
Llegamos con el cielo de color fuego, en los últimos instantes de luz y logramos distinguir a través de las maderas que dentro de la Maloka del abuelito había una fogata encendida. De lejos se escuchaba su voz, Héctor me decía cuando faltaban aún unos minutos de camino, “hay alguien hablando, es Don Gustavo”. Yo no escuchaba, en realidad, nada. Héctor me imitó el sonido que distinguia como la voz del abuelito: uaaaooouaaaaoooo, modulando mucho en a “o” y generando espacio en la boca para lograr el sonido grabe que el detectaba, y era verdad, la voz del abuelito me recordaba al sonido de un cuenco, que se fue trasformando en letras y palabras a medida que nos acercábamos a él.
Hay alguien,dijo Don Gustavo cuando vio nuestras siluetas a través de las maderas.
-Abuelito permiso, somos Emilia y Héctor, vinimos con Andrés Fajardo hace unos días.
-sigan, sigan.
Yo me acerqué despacio, dentro de la maloka no se veía nada. Sólo un perímetro alrededor de la fogata y de las tres o cuatro velas que habían distribuidas. Don Gustavo estaba sentado en su banca de siempre, frente a la mesa donde guarda su tabaco, su coca y todos sus instrumentos de sanación.

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– Don Gustavo me gustaría saber si es posible quedarnos acá hoy a la noche.
– No.
Me respondió con tono severo para agregar después de una pausa:
-…No “podría”, puedo. “Podría” no es nada. ¿Puedo dormir acá? Eso es una pregunta. Si, si pueden. Sigan, dejen sus cosas, ésta es su casa.
En seguida sacamos el mercado que habíamos hecho y se lo entregamos, él lo agradeció. Acto seguido abriendo la bolsa, le decía a la abuelita “hay arroz, café, aceite, sal… todo esto se guarda e ese cajón… y mantequilla… esto arriba. Bueno, en unos momentos vamos a comer, primero hagan lo que quieran.”
-Yo quiero ir a nadar
Dije, el calor de la caminata me estaba agobiando.
-Bueno vamos acá enfrente ..
Respondió Héctor.
-No, yo quiero ir al río de atrás.
-Pero se está haciendo de noche. No es bueno caminar en la selva de noche.
– ¿Tiene miedo? Hombre, si quiere le mando a los perros para que lo acompañen.
Gritó Gustavo en tono jocoso desde el otro lado de la maloka. Héctor se sintió un poco avergonzado.
– Me voy a poner las pantalonetas
– ¡Nade desnudo!
Volvió a gritarle. Nos fuimos con una linterna en la mano. La maloka está en medio de un blanco en la selva, el camino que se adentraba al río parecía un túnel negro. Paso por paso fuimos caminando. Yo empecé a sentir miedo cuando ponía los pies en el agua. Héctor no me ayudaba.
-La selva tiene sus horarios, a la noche salen otro tipo de animales.
A mí me hacía sentido lo que él decía pero a la vez sentía que todo estaría bien, que estábamos cuidados. Yo quería conocer la selva de noche.
Una vez en el río entendí por qué a don Gustavo le hacía tanta gracia lo de la maya de Héctor, ¡no se veía nada! Nadamos los dos desnudos, si alguien llegaba no nos vería a menos que nos apuntara con una linterna. Cosa que no sucedería porque don Gustavo y su mujer ya estaban acomodados como quien finaliza su día.

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El regreso fue más complicado que a ida, Héctor agarró un palo con una mano para usar como bastón y con la otra agarraba fuerte mi mano, yo iba adelante alumbrando con la linterna el agua que eventualemnte dejaba ver el fondo para guiar el camino.
Cuando llegamos a la maloka Don Gustavo nos llamó a comer. Un delicioso plato de chontaduros con sal, arroz y unos medallones de carne embutida con un olor fuertísimo. A la luz de las velas nos dijo que buscáramos platos en la cocina y cubiertos y que nos sentáramos con ellos. Había una pareja cenando junto al fuego y unas tres personas dormidas en sus hamacas. Una vez a la mesa, Don Gustavo me ofreció un chontaduro y un cuchillo.
-Gracias
Dije, casi susurrando.
-¿qué? Gracias, diga, que se entienda. Gracc…
me imitó.
-Gracias.
Repetí con voz firme.
Agarré el chontaduro y el cuchillo y le corté la piel haciendo un círculo e intenté quitarle la cáscara, no lo logré. Don Gustavo me observó de reojo, me pidió el cuchillo, agarró un chontaduro y lo peló como se pela una manzana o un pepino.
-Así se pelan. Ahora que aprendió, vea, hágalo usted.
Héctor le sirvió agua a la abuelita y ella, tratando de matar las arenillas que la atosigaban, no se dio cuenta.
-Gracias. Le está sirviendo, diga “gracias”.
La abuelita sonrió. Yo me alivié un poco, desde que llegé a la maloka Don Gustavo no había hecho otra cosa más que corregirme, sentí que mi presencia de pronto no era bienvenida. Cuando Don Gustavo corrigió a la abulita, su amada mujer, en el mismo tono en que me corregido a mí me sentí un poco aliviada, solo un poco. Gustavo agarró uno de los medallones y lo puso en mi plato, agarró otro y lo puso en el plato de Héctor. Yo comí el arroz, dejando a un lado el medallón, pues soy vegetariana pero temía que de decirlo se sintiera como un rechazo a la comida que me estaban ofreciendo. Héctor dio un mordisco a su medallón y casi saltó del banco de madera en el que estábamos sentados. Hizo un movimiento veloz y quitó con su mano izquierda el medallón de mi plato y lo puso en el suyo sin que don Gustavo lo viera, afanado como para que yo no alcanzara a darle un mordisco al confundirlo con algún alimento no animal. Su reacción me causó ternura. Yo sonreí, toda la situación me resultaba muy cómica.

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Chontaduros

Acabamos la cena a la luz de las velas, escuchando los murmullos de las parejas que conversaban antes de dormir, acostados en las redes.
-Bueno, ahora si, a dormir.
Yo me levanté de la mesa pensando en las “historias” que nos había prometido don Gustavo cuándo nos despedimos de él aquel día. “De noche, Gustavo cuenta historias, venga de noche”, como quién apaga una vela de un soplido, en el preciso instante en que estaba pensando eso, Don Gustavo se echó sobre su hamaca sentenciando –fuerte para que lo escucháramos-
-Yo me voy a dormir porque no tengo absolutamente nada para decir.

 

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Con Héctor nos miramos y decidimos ir afuera a mirar las estrellas. Yo me sentía triste e incómoda. Me preguntaba por qué Don Gustavo estaría tan de malas con nosotros.
-No pasa nada, es así.
Me decía Héctor…a mí se me hacía muy raro. Quizás por estar acostumbrada a una formalidad exagerada. Miramos un rato largo las estrellas, hasta que quedaron tapadas por una nube espesa. Vimos alguna estrella fugaz, yo pedí terminar la película. Es increíble la cantidad de estrellas que aparecen en la selva. Todo ése barullo, los aullidos, los insectos, el agua y el increíble paisaje estelar me fueron tranquilizando poco a poco.
Pensé por qué estaba tan empeñada en que Don Gustavo se manifestara hacia nosotros como yo lo había preconcebido, por qué me frustraba que la experiencia no fuera como estaba en mi cabeza… si hubiera sido tal cuál la imaginaba, ¿Qué sentido tendría vivirla? Sentí gratitud por estar en ése lugar tan poderoso, me quité un peso de encima al permitir que la situación fuera tal cual estaba siendo. Me reí de misma al verme como una nena ilusionada con los cuentos del abuelo al fuego, toda la situación, mirada desde afuera me provocó ternura y me sacó una sonrisa grande.
Entramos silenciosamente a la maloka, para no despertar a nadie, nos acercamos a nuestra red y cuando llegamos nos sorprendió ver a Don Gustavo sentado en su baca frente a la mesita de sus elementos. Agitando la mano nos llamó, yo creí que lo llamaba a Héctor. Héctor se acercó y se sentó en el tronco que estaba a su lado.
-Elisa, venga.
Fui caminando despacio y me senté en el tronco, junto a Héctor. Don Gustavo estaba iluminado por una vela derretida ya por la mitad. La abuelita estaba acostada en una red como a metro y medio atrás de él.
-Les voy a hacer una pregunta. Ustedes me responden mientras yo hago mis cosas. Después yo hablo.
Don Gustavo tenía unas hojas en la mano que mecía hacia un lado y hacia otro.
-¿Cuál es el sentido de la vida?
Respiré profundo. Héctor me miró con los ojos abiertos y una sonrisa entre dientes.

(Continúa en el próximo post…)

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