Días en la selva

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Cuando uno llega a la selva, no ve la selva. La visión se empieza a  agudizar con las semanas. Uno empieza , de manera gradual, a modular su atención entre la vida lineal, la vida macro y la vida micro. Empieza a estar alerta a todo movimiento y sonido. Empieza a entender que nada de lo que se esté haciendo es más importante que la vida que pasa. Aquí se despliega  el disfrute de mirar, tan primario y delicioso como el de comer o dormir: carnaval de bellas formas, de seres singulares, de movimientos impensados. Desde que empecé a escribir éste párrafo, despegué la mirada del teclado  8 veces. Dos azulejos pelean por una fruta con un pájaro totalmente negro y de bigote blanco. Llueve, los nidos de los Mochileros se balancean en las ramas de los árboles, una rana del tamaño de una uña, verde fluorescente duerme a mi lado.

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-Vamos, más rápido, que quiero grabar en los lagos antes de que termine el día.

Héctor no se inmutó, quedo inmóvil -como estaba- mirando hacia arriba en medio de la trocha que nos llevaba desde la Maloka de Gustavo Makuna ,un abuelito Tikuna, dónde habíamos estado grabando todo el día, a la carretera. La selva era espesa, no habíamos almorzado y ya eran las cuatro de la tarde. Habíamos arreglado con un señor dueño de un Peke- peke (una canoa con un fuera de bordas que suena peke-peke-peke-peke y así le quedó el nombre, me hace acordar a los trasportes en Asia, los tuk-tuk, que son motos con un asiento doble atrás, y suenan con los bocinazos idénticos a su nombre, suenan incansables llamando a los pasajeros) que nos esperaría en los lagos Yaguarcaca para grabar las escenas del atardecer.  Yo sospechaba que no llegaríamos a grabar nada en los Yaguarcaca ése día, estábamos a 10 kilómetros del lugar, aún metidos en la espesa selva, cansados, picados por decenas de mosquitos, mojados hasta la cintura pues el río  Takana estaba crecido y se había desbordado entre los árboles y las matas.

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Yo sospechaba que no íbamos a  lograr grabar en el segundo lugar, pero aún lo seguía intentando. Estaba impaciente.  Andrés se mueve con especial destreza en la selva, iba unos treinta metros más adelante, con cámaras, trípodes y reflectores colgando, saltando de un costado al otro. Yo lo miraba a Héctor, como si con mi mirada pudiera arrastrarlo.

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Con la quinta mirada hacia atrás que eché,  me detuve. Entendí que Héctor no iba a apurarse, no iba a perder la oportunidad de ver un ave, un mico o una culebra por mi afán, ni por el de él propio. Héctor fue nacido acá y ése hecho no es menor, quién nace en la selva, por más citadino que se vuelva después –Héctor es cineasta, vive en Bogotá – conserva en su forma de habitar el mundo la cultura de la selva.  Una cultura dónde el hombre es parte de un ritmo total de vida. Dónde el hombre es un latido dentro del pulso general, cargado de belleza. Andrés estaba sudando, caminaba apurado para llegar rápido a su casa pues tenía algo que hacer. Lo perdimos de vista en un momento, 15 minutos después lo encontramos en el camino: se había detenido a fotografiar a una mariposa.

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Fotografía tomada por Héctor

Ya en  mi casa ésa misma tarde, tomé una ducha que inicié contabilizando todas las picaduras de mosquitos y raspones que me había dejado la jornada. En un momento me quedé quieta mirando la pared. El agua se escurría sobre mi cabeza. Traté de hacer memoria durante un largo rato: ¿realmente no había orinado en todo el día? Me había despertado a las 7 de la mañana,  había tomado  mi café, luego me cepille los dientes, oriné… Salimos en moto a las 8 al mercado de Brasil para conseguir guama y mojojoi. Después pasamos por dónde el señor del peke-peke, nos fuimos por la ruta hasta el kilómetro  11, dejamos las motos en la finca del señor que siempre bromea con que las va a revender por un modesto precio y nos internamos en la selva rumbo a la Maloka de don Gustavo. Una vez allí le pedimos permiso al abuelito  para grabar en la selva y no nos detuvimos ni a comer, ni a orinar, ni un minuto hasta la tarde cuando empezó a llover.  ¿Cómo es posible? Además según recuerdo ni Andrés, ni Héctor, ni Octavio se habían apartado a orinar en ningún momento tampoco.

Agarré el shampoo y mientras lo desparramaba en mi cabeza me expliqué: debe ser la deshidratación.

La selva da una sed impresionante. Uno suda constantemente. Suda de mojar la ropa, de caer gotas. Supongo que el cuerpo como defensa ante la pérdida de líquido constante no aprueba  su derroche en una orinada por ahí…

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Don Gustavo Makuna, el abuelito, fue muy amable con nosotros.  Nos lo habíamos encontrado caminando al costado de la ruta, casi llegando al sitio dónde empieza la trocha (el camino) que lleva hasta su Maloka. Adelántense, nos gritó, ya los alcanzo. Nos internamos en el camino y no lo cruzamos en ningún momento. Llegamos a la maloka un buen rato después, pedimos permiso para entrar y ¡oh sorpresa! Gustavo Makuna, ya estaba ahí, en cuero y tomando una chica  que le alcanzaba la Abuelita, su esposa.  Todos nos miramos sorprendidos, como si hubiéramos presenciado un acto de magia.

-¡Don Gustavo!  ¿Cómo hizo?

Él se echó a reír. Nos hizo sentar, me habló a mí, pues a los chicos ya los conocía. Me habló de su función, me preguntó qué estaba haciendo. Cuando le conté de la película,  él cerró los ojos.

-Hombre blanco va a venir acá a hablar conmigo, hombre blanco y científico va a  venir a  hablar conmigo. Yo en la película puedo  contar mi conocimiento, que es mucho. No es todo, porque todo sólo el creador lo sabe. Yo hablo de animales, de los tiempos, de la vida.  Yo no me dejo engañar, yo veo. Yo veo.

Y se  golpeaba el entrecejo y el corazón alternadamente. Gesto que me recordaba constantemente las meditaciones y las prácticas de yoga. Él veía. Hablaba de las intenciones, del bagaje que traemos. Él reivindicaba su saber y trataba de hacerme entender a mí -hombre blanco- que es tan o más valioso que el de la enciclopedia.

-Hombre blanco científico sabe mucho, de libros. Más yo sé lo que mis abuelitos me enseñaron, su experiencia es su conocimiento. Hombre blanco no entiende algunas cosas.

Hombre blanco legitima un solo tipo de conocimiento, porque  le es más seguro dentro de su forma de vivir egoísta,  abuelito. Si hombre blanco entendiera la unidad que somos, con la naturaleza que incluye por supuesto a los otros humanos, no tendría más remedio que dejar de explotar indiscriminadamente al mundo en el que vive, al prójimo y a sí mismo. Algunos hombres blancos hacen todo lo posible para no tener que atravesar semejante incomodidad.

Yo me quedé en silencio escuchándolo, observando su rostro moreno, surcado. En un momento se levantó, nos dio el visto bueno para que nos fuéramos a grabar. Allá le dejé la canoa, Fajardo. Le dijo a Andrés. Nosotros habíamos venido el día a anterior para averiguar si él tenía una para prestarnos.

Ya al finalizar el día de grabación, bajo la lluvia caminamos desde el río hasta la Maloka y preguntamos por Don Gustavo para agradecerle por todo. Se está bañando, nos dijo un chico de mi edad, que estaba haciendo una fogata. Vaya, porque se demora, agregó. Recogimos todas nuestras cosas y nos fuimos. Cuando salimos por la otra puerta de la Maloka, los vimos ahí, en el río, a la abuelita y el abuelito, bañándose vestidos, jugando. Se reían a carcajadas. Nos acercamos con pudor (ellos se estaban bañando con ropa, pero el hecho de bañarse  debe estar arraigado en nuestro imaginario como un acto privado por eso la vergüenza). Ellos se mataban de la risa:

-Sigan, sigan.  ¿Ya se van?

-Si, don Gustavo, antes de que nos agarre la tarde.

-Disculpen que no les pusimos mucha atención. Es que teníamos que hacer muchas cosas. Vuelvan, vuelvan.

Yo me acerqué a saludarlos. La abuelita me dijo que me fuera a quedar de noche. De noche Gustavo cuenta historias, muchas historias. Si, las historias solo de noche con fogón, aclaró Gustavo. Vuelva, vuelva y se queda acá con nosotros.

Nos fuimos cruzando el río en el que  se bañaban. Ellos se quedaron  ahí, riéndose juntos bajo la lluvia tímida y el atardecer  amzonense.

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Maloka de Don Gustavo

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