Cine en el camino

cine com 4Mi proyecto es el siguiente: grabar una película a lo largo del viaje. Para lo que, en cada sitio al  que llegue y decida grabar debo encontrar realizadores que tengan ganas de participar, actores para los distintos personajes -que en su mayoría serán personas que nunca antes han actuado en su vida-  por lo que debo acercarme a ellos en mi rol de docente en una primera instancia. Además con nulos recursos tengo que encargarme de la producción. Hacer una película es una misión casi imposible parecen cantar las escuelas de cine. Yo no fui a una escuela de cine, por  lo que estoy exenta de hacer bandera a ése pensamiento.

“No puedes ir sola a grabar una ficción al amazonas, Emilia. Tienes que pensar en la distribución. Tienes que mover el  guión para poder conseguir fondos. ¿Quién no podría unos millones (de pesos colombianos) en una película hecha en el amazonas?, Diego los pone…

-Bueno, entonces ayúdame a que los ponga.

-Pero todo requiere tiempo….

-Yo no voy a esperar a que alguien me ponga un palo para ir a grabar.

-¿Y con quién la vas a hacer?

-Con la gente que me encuentre en el camino.”

Luis tomó un trago largo y se fue. Le parecía una locura. Yo confiaba que mi película se iba a armar como se arman mis viajes: con ésa sincronicidad que sin uno planear nada, lo logra todo.  Lo decía con mucha seguridad, sabiendo el qué, pero ignorando el “cómo” completamente.

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Y ahora viene la parte difícil de explicar: ¿Cómo pasé de estar sola en un lugar desconocido a tener un equipo profesional de cineastas, a los dos personajes principales, a uno de los actores más talentosos de Colombia y a las locaciones más increíbles formando parte de mi película?

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Al tercer día de haber llegado yo ya empezaba a abandonar la idea de grabar la película. Todo el día pensaba en ella, me preguntaba ¿cómo? ¿Cómo voy a hacer?  La monotonía del pensamiento empezaba a aburrirme y una parte de mi me decía: bueno, tampoco. Si no se puede, no se puede. Andáte a conocer la selva y ya. Ésa noche, la del tercer día, cuando me fui a  dormir, recibí un mensaje de Celeste , la esposa de Malinio Tulián, comechinhones de las Sierras de córdoba, grandes amigos  que había conocido en mi primer viaje a los 19 años. “Emilia, soñé con vos, fue muy concreto lo que alguien me decía que debía decirte, que lo que buscás está en tu interior. Solo tenes que relajarte y confiar”. Me fui a dormir sonriendo, repitiendo mentalmente la frase que Celeste me había acercado.

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Al día siguiente me desperté y salí a dar una vuelta en moto, cuando pasé frente la biblioteca  municipal sentí que tenía que entrar. Para mi sorpresa no había libros de la región, por lo que me acerqué y le pregunté a la recepcionista. “La sección del amazonas está en ésa habitación, pero ahora hay una reunión de académicos, no se puede pasar”. Pregunté sobre qué era la reunión y me dijo que de estudios amazónicos. Decidí esperar a que terminara la reunión. Cuando  después de 20 minutos finalizó, abordé a una mujer del grupo y me presenté: Hola, mi nombre es Emilia estoy haciendo una película acá en Leticia, me gustaría conversar con alguien  que conozca la tradición oral de los pueblos indígenas. Ella estaba de afán, me hablaba mientras caminaba: ”mañana a las 8 de la mañana te espero en la Universidad Nacional, preguntá por mí.” Se fue apurada sin decirme el nombre. Salí de la biblioteca y vi que había un museo, me acerqué pero no  pude encontrar la puerta de ingreso. En esa voltereta, con el casco en la mano, me encontré con un chico preparando  materiales de artesanías sobre una mesa pequeña, rodeada de niños. Intercambiamos unas palabras, mientras él torcía un alambre en sus manos, le pregunté si veía a alguno de sus alumnos actuando, me habló de uno y enseguida se desvió la conversación, acordamos ir a nadar al río el día siguiente. Cuando nos despedimos, me regaló la mariposa que había acabado de armar.

Al día siguiente nos fuimos a nadar al río Takana, yo le tomé fotos, nos reímos un rato. Había una niña corriendo de aquí para allá con un grupo de niños. Ella sólo llevaba un shortcito, y el pelo negro suelto. Juagaba a la par de los niños, lo que capturaba mucho mi atención y me trasportaba a mi propia infancia. La miraba y no dejaba de pensarla en la película. Ella es la niña que necesito, le dije a Octavio. Al finaizar la tarde abordamos desde nuestra moto al abuelo de la niña que la llevaba también en moto por el camino. Él  me pasó su teléfono, quedé en llamarlo.

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Ésa noche me fui a dormir contenta… ¡ya está la niña! Ahora faltaba el actor, pensaba y pensaba y no se me ocurría quién. Quizás Leo… el chico que había conocido el primer día, aunque sus rasgos son algo europeos…agarré la cámara para mirar otra vez su foto, cuando empecé a pasar hacia atrás todas las que había tomado en el día. Oh! Sorpresa. Pasé una foto de Octavio y me devolví. Era una foto en la que Octavio está sentado en un tronco en el medio del río mirando a cámara con los ojos y la sonrisa enormes. Me quedé 10 minutos mirando su foto en silencio. Lo había tenido delante de mis ojos todo el tiempo… a la mañana siguiente lo fui a  buscar a su casa y le hice la propuesta. Sí, yo te ayudo. Me dijo, después de excusarse un rato al decir que él nunca había actuado y de escuchar mis fundamentos: que íbamos a trabajar escena por escena, que íbamos a ensayar mucho, que podíamos regrabar cuántas veces fuera necesario.

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Bueno, ya estábamos los actores principales: Coni, Octavio y yo. Si, como si el desafío no fuera ya grande, estaba decidido  que yo iba a actuar en la primera parte de la película  (de ninguna manera me iba a perder la experiencia de hacer un papel en el medio de la selva amazónica).  Ahora, ¿quién graba? Otro día de incertidumbre preguntándole a la gente de la ciudad, a cualquier persona que me encontraba y que me preguntaba la hora por ejemplo: ¿quién hace cine en ésta ciudad?, alguien tenía que haber… y como en Leticia todos se conocen con todos… No sé cuántas decenas de veces la pregunta fue infructuosa. En un momento Alejo, un músico leticiano, me dijo: hoy a las 8 de la noche hay clases de cine en la Universidad Nacional, el profesor se llama Andrés Fajardo. Siete y media yo estaba arriba de la moto yendo camino al aeropuerto para llegar un poco más allá, a la universidad. Entré  a la clase de realización documental con los ojos abiertos como dos monedas (cuando Andrés lo imita queda muy chistoso). Hola, ¿quién es Andrés Fajardo? A Andrés le agarró un ataque de risa, yo no entendí.

-Yo, yo soy.

-Permiso…

Fui a sentarme  cerca de él. Él terminó de dar unas indicaciones a los alumnos y se hizo a mi lado.

-Ahora sí, cuéntame.

Hubo dos minutos de silencio hasta que organicé en un discurso mis ideas y me cuestioné, ¿de verdad e voy a decir que me ayude a grabar una película sin presupuesto, con actores que no lo son, en el medio de la selva, siguiendo ésta idea de cine comunitario, o cine sobre la marcha, o cine creyente de la conspiración-cósmica-pro-creación? Se lo dije, sin esto último claro.

-¿Cuánto tiempo crees que demoraremos en grabar todo esto?

-Mmmm. Son siete páginas, yo creo que tres días.

Andrés miró el guión y se largó a reír.

-¿Tres días?

-Sí! Fíjate que son escenas cortas, ¡podemos grabar en el Takana tres páginas!

Sugerí para convencerlo.

– ¿Cuándo viajas a Manaos?

-En una semana.

-Bueno, ¿cuándo empezamos? Voy a llamar a otra persona para que grabemos a dos cámaras, además en la selva necesitamos ayuda. Yo tengo….

Y empezó a nombrar los equipos que tenía y que iba a dejar a disposición del rodaje.

Andrés se puso la camiseta del proyecto de una. Se tiró a la pileta, o al río -cabría decir- literalmente. Fueron al menos 6 días de grabación en los  que lo vi con el agua del Takana hasta la cintura y los brazos en el aire alzando la cámara para pasar de una locación a otra. Arrodillado  en el agua de los ríos desbordados sosteniendo el trípode para hacer la toma que queríamos de la canoa, consiguiendo una lancha súper rápida para subir la canoa y llevarla a un lago antes de que se nos fuera la luz. Héctor, (“la otra persona” que Andrés llamó para que lo ayudara) estuvo al pié del cañón constantemente, me ayudó mucho en cuestiones de producción, lo que agradecí infinitamente. Ambos tremendamente talentosos.

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Si, por cierto, los tres días  de rodaje que le había garantizado a Andrés resultaron ser 10 jornadas, algunas realmente agotadoras. Diez jornadas que fueron posibles  en un espacio de tiempo de un mes y medio.

En la selva me tocó aprender que el ritmo es otro. Nadie se va a matar por nada: Yo tengo una lógica  topadora importante para trabajar, a veces dejo  en segundo lugar necesidades básicas por sacar una escena determinada. Andrés me seguía el ritmo, Héctor  también, pero con su tempo propio. Ahora Octavio, Octavio si se estresaba agarraba su bolsito y con un “¿mañana a qué hora?” se desvanecía más rápido que el vapor. No importaba si la escena estaba por la mitad, no importaba nada

¡Y estaba bien! Después de todo, estaban todos participando de la película por locura o por agrado, nadie estaba obligado a nada. Todo era por voluntad y el trabajo en red…  ésa era mi propuesta ¿o no? Entonces tuve que aprender que se grabaría los días que los siguientes  factores confluyeran: A. los días que no lloviera (cosa muy difícil en ésta época en la selva). B. los días que ninguno de los 5 integrantes tuviera trabajo.  C. Los días que hubieran ganas de grabar. (Luego se fueron sumando otras variantes como:  D. Los días  que la señora de la canoa no se la lleve a otra ciudad. E. Los días que el señor del peke-peke respondiera el teléfono y no tuviera programado día de pesca).

Casi por ley nunca grabamos un día seguido del otro. Yo me instalé en el Hostal Las Palmas, que pasó a ser mi casa y me hice hermana de los dueños,  José, David y Junior, tres chicos de mi edad, que me bancaron en todas. Supe, que me iba a quedar bastante tiempo en Leticia y gracias a Dios.

Leticia es un lugar “de paso” para la mayoría de los viajeros que no saben lo que se pierden.  Escribo esto desde una hamaca que cuelga en un barco que acaba de salir de Manaos. Todos los que piensan que venir al amazonas es venir a Manaos (es la asociación primera, la gente pasa de largo por Leticia para llegar a Manaos) no  son conscientes de la dimensión de la burbuja de cemento que es ésa ciudad y lo difícil –y lo caro- que se vuelve ir a la selva, por paradójico que parezca, a hacer y/o ver cualquiera de las cosas que uno hace y ve constantemente en Leticia o en sus alrededores, altamente accesibles.  

Yo tenía la idea de quedarme máximo diez días en Leticia. Gracias al rodaje ése tiempo se extendió y me permitió vivir lo suficiente como para sentirme  parte de ése hermoso lugar.

Trabajar con Andrés, Héctor y Octavio fue alucinante. Logramos volver imagen y movimiento  situaciones muy complejas, y lo hicimos juntos, a pulmón. Con la dificultad extra de estar grabando en uno de los lugares más húmedos, peligrosos e impredecibles de la tierra: la majestuosa Selva Amazónica

La utopía comenzó viento en popa. La selva con su magia nos acompañó brindándonos paisajes impensados e inusuales. Los vínculos de rodaje se transformaron en vínculos mucho más profundos. El cine fue al ritmo del viaje y de la vida. Orgánico, desorganizado, natural y posible.

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2 Respuestas a “Cine en el camino

  1. Querida Emilia:
    Leerte siempre resulta ser un ejercicio delicioso, te imagino escribiendo concentrada y siempre acompañada de tu mate, con las pupilas dilatadas como el día en que te conocí, con esa energía indescriptible que siempre pone el mundo a tus pies. Me alegra saber que al fin estas en el amazonas, se que era una deuda pendiente.
    Yo te escribo desde el frió implacable de alguna ciudad del Sur de Chile, Desde un extenso exilio académico que por momentos parece no terminar jamas.
    Gracias por enviar un poco de calor a través de tus relatos.
    Te quiero mucho. y ya nos estaremos viendo por la ruta 😉

    siempre tuyo.
    Sebastian.

    • Mi querido Seba,
      Qué lindo es recibir tus mensajes! Enseguida mi atención se va para adentro y me acuerdo cómo nos conocimos, cuando me fui y volví, cuando alquilamos ésa maloca en la selva amazónica ecuatoriana que de noche se cubría de humedad y de ruidos de selva, insectos tantos-tantos, que no nos escuchábamos al hablar… las noches indescriptibles: la del taxi volviendo de la fiesta clandestina en otro pueblo de la selva, la fogata al costado del río bajo la más luminosa luna llena. Las tardes de neblina en Salento, recostados en alguna colina, mirando el cielo. Quito, Cali.
      Te extraño tanto… me dan ganas de que aparezcas acá, con tu humor cínico… tu visión poética y singular del mundo, que tanto me seducía.
      Las noches de vino y fuego en el hotel que se volvió hogar. ¡La noche volviendo bajo la lluvia torrencial al pueblo, 20 kilómetros, dados de la mano! Mirarte dormir. Amanecer al medio día los dos, vos preparando el desayuno a las dos de la tarde.

      Quererte, pelearte, desearte, volverte a querer.
      Te extraño, quiero volver a verte.

      Gracias por escribir mi Seba.

      Eternamente tuya (me encanta esta parte jaja)

      E

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