Bogotá, una excusa para mirar

“Violencia es mentir” decía una pared grafiteada muy cerca de la casa de mi amiga de la infancia en el barrio de Caballito y yo la veía, cuando tenía como nueve años, y no entendía su significado. En ése entonces no sabía que la frase pertenecía a una canción de Los Redondos, ni siquiera sabía que existían. Era sólo una sentencia aislada que tenía demasiada fuerza para mí.

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La frase se me quedaba pegada en la mente, cada vez que la leía,  durante días y días. Y era mi pasatiempo (en lugar de hacer adivinanzas o juegos de palabras típicos de los niños de ésa edad) preguntarle  a la gente qué creía que significaba ésa frase. Otros  niños y adultos me daban explicaciones que no recuerdo ahora porque seguramente no comprendí entonces.

Y no fue hasta crecer un poco y lanzarme a la vida – a veces más, a veces menos, a veces nada- que empecé a entender(me). Vi que la verdadera alegría, ésa que le deja a uno el corazón en paz es consecuente con la medida de honestidad con uno mismo… Esa alegría que no será siempre euforia sino que a veces será el extraño de gozo de saberse creciendo en el dolor más agudo.

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A veces nos mentimos porque no sabemos hacer otra cosa, porque creemos que la vida así es más fácil, porque tenemos miedo a enfrentar nuestra verdad, porque nos empecinamos.

Porque no tenemos ganas de mirar lo que hay dentro.

Yo adquirí desde muy pequeña el hábito de preguntarme muy frecuentemente qué tan real es el paso que estoy dando en cada momento.

Porque podemos patear la pelota para adelante. Y seguir caminando ¿tranquilos?… si , tranquilos, sin mirar, sin descubrir. Pero la pelota nos hará tropezar más adelante y mientras tanto la vida en general no podrá desplegar toda su magia. ¿Cómo podría?

Porque la mentira (lo que es falso, tapado, maquillado, etc) lo pierde a uno en un vórtice que roba la energía sin cesar.

Tomo partido por la verdad (que no significa que sea La Verdad, ésa en mayúsculas, la primera, la del Universo) Tomo partido en primer lugar por la verdad que es poder cantarse a uno mismo sus  pasos en el camino. Y desde la verdad con uno ser consecuente con los otros.

Para los orientales la llave de la iluminación está en poder alinear los pensamientos, con las palabras y las acciones. Dicen, que sólo la fuerza proveniente de un accionar así es capaz de transformar la conciencia humana, y con ella, el universo.

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Angkor Wat, Camboya. Joven dándose palmadas en el pecho, “es para imitar el latido del corazón”. El sonido retumbaba en todo el templo.

Tamañana tarea. En un mundo de subterfugios, autoengaños y mentiras la honestidad se transforma en la verdadera subversión.  Violencia- con uno mismo- es estar dormido ante toda la belleza que existe. Violencia es andar barnizado a lo que grita el corazón.  Violencia, para el diccionario: “Uso de la fuerza para conseguir un fin, especialmente para dominar a alguien o imponer algo”. Y la mentira pretende cumplir únicamente ésa función: desviar las aguas tendenciosamente.

Mi invitación es dejar de querer desviar el curso del Ganges con una madera -podrida-. Mi invitación es dejar de ocultarnos un ojo de la cara. Mi invitación es a vivir, cualquiera que sea, la razón de la propia vida. Hacerse cargo.

La vida es demasiado corta.

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Hace meses no soy del todo feliz en Bogotá. Hace meses trato de no escuchar las advertencias que me hace mi corazón, creyendo que son “miedos mentales”. Hace meses que venía intentando que las cosas fueran. Hace uno días me rendí. Bandera blanca a la vida. Qué alivio.Ya venía cansada… cansada de ser por la mitad, de necesitar bastones. Porque -ya me lo advertí- uno se queda sin fuerzas cuando no es capaz de ver a la vida, a las personas y a  los sucesos de la vida como realmente son. ¿De qué sirven los cuentos de hadas, las fantasías, las alegrías esporádicas, las ganas de que las cosas sean si todo eso no tiene raíz? Las cosas son, bendición despertar. A veces hay que observar más y accionar menos, aprender lo que la vida  muestra. Y mirarse a uno mismo (todo ése conjunto de miedos y sombras en los lugares más vulnerables): sanar y adelante. Porque al sanar uno, sanamos todos. Me espera mi camino, el que nunca dejé pero transité – sin querer- queriendo que fuera de una forma que no es.

Me espera volver a alinearme, ahora sin velos.

En los viajes, como en la vida, no es todo color de rosa. Y a veces, cuando uno no sigue lo que dice la intuición, el instinto, puede enredarse en círculos un poco peligrosos.  En esos momentos de los viajes, como en ésos momentos de la vida, toca aprender y a veces toca elegir. Y ésa elección es una bendición porque se trata de una definición de uno mismo: esto soy, esto quiero para mí (y así, para todos los otros).     Aprender sobre la sombra de uno mismo. Sobre los miedos, las necesidades y el dolor. A través y no por arriba, para volverse más fuerte.

Bogotá. Gracias. Me ayudaste a ver otra esfera dentro del espiral, a ver como a veces uno se miente sin intención. Violentándose sin intención. Olvidando el camino. Con intención ahora vuelvo… y lo importante es eso, ¿no? Saber volver y nunca olvidar el camino de regreso a casa.

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