Barichara, ficciones

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No habían pasado muchos días del fallecimiento de su madre. Él estaba conociendo a la soledad. Fenómeno que había ignorado siempre  pues había nacido en un lugar inhóspito de la Cordillera de los Andes. Él, por su puesto, desconocía este nombre. Para él, toda la geografía del mundo era igual: arrugada y multicolor. Todas las personas vivían igualmente rodeadas de vacas, entregadas a la cosecha.

Había jugado de niño, alguna vez,  con dos o tres rapaces guanes que encontró en el río. Ellos vestían distinto y hablaban palabras que no comprendía. Más adelante se acostumbró a verlos esporádicamente atravesar el monte.

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En el proceso  de su crecimiento murió su padre. Él era demasiado joven, de adulto ya no lo recordaba.  Pero la madre se encargaba de convencerlo de que era su viva imagen y en un charco de agua en dónde se reflejaban, ella lo hacía mirarse y le indicaba que su padre tenía el mentón más así y las cejas más  asá y los ojos un poco más juntos, y los hombros más erguidos.

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Una cruz de madera se elevaba en el monte. Los años pasaron, y a medida que le salieron las canas y le creció la barriga él siguió repitiendo la métrica exacta que, con la guía de su santa madre, había impreso en su vida . Cada día se despertaba a la misma hora, desarrollaba las actividades que les darían, a ambos, de comer y beber: trabajar la tierra, exprimir el aljibe, arriar las vacas, conversar con Dios. Jamás se iba a dormir sin repetir las mismas sentidas oraciones. La madre, a su lado, juntaba sus arrugadas manos con fuerza durante la oración y antes de irse a dormir le besaba la frente.

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Él, entonces, no conocía la soledad. En la eterna repetición de lo mismo, el beso de su madre al culminar el día le enseñaba que otro día existiría exactamente igual. Él no conocía angustia, porque no conocía incertidumbre alguna.

Un día que no fue ni éste ni aquél descubrió que la vaca que acorralaba 20 metros detrás de su casa había desaparecido.  Vio unas huellas en la tierra y decidió seguirlas a través del monte. La noche calló y él, absolutamente desconcertado, regresó a su casa con las manos vacías. Había recorrido todo el monte, y no había encontrado señales de su vaca. Cuando entró a su casa decubrió que su madre se había ido a dormir a la hora de siempre. Se recostó en su cama, con los pies embarrados y la camisa sudada y se durmió profundamente. Aquélla noche soñó con el beso de su madre en su frente. A la mañana siguiente su madre no despertó y no volvió a despertar jamás.

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Los días que sucedieron a  continuación le fueron incomprensibles. Se olvidó de comer y de beber. Se postró de rodillas en dónde con su madre hacían la oración y la volvió eterna. Repitió las plegarias  hasta el infinito, como un acto redentorio, como el eslabón que faltó el día previo al día en el que le iría a faltar todo. Al conocer la soledad, él inventó la magia para poder sortearla. Pues un acto mágico era, en su universo, algo más probable que poder vivir para siempre con eso clavado en su pecho.

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Aristo se tomó el atrevimiento de entrar a la  casa días después, cuando al pasar descubrió extrañado que a la  huerta de su compadre  le había crecido el pasto y las canecas de agua estaban tiradas por ahí. Desde la puerta lo vio-  flaco y acabado- y vio también una luz que lo obligó a cerrar un poco los ojos. Madre Santísima, Madre santísima, Madre Santísima, repetía.  Lo vio caer rendido en el instante en que la luz se desvaneció. Aristo supo que a su compadre la mismísima Virgen se le había aparecido, y sobre aquella roca, que desde aquél instante y para siempre, sería bendita.

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Juntó a los pocos vecinos que vivían -por cerca- a leguas de ahí, y todos juntos se encargaron de sepultar a los difuntos, tumbar la casita y construir  en piedra una capilla hermosa, dónde por milagro la Virgen se había aparecido.

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Pasaron trecientos años y un conquistador español atravesó el monte a caballo, la capilla seguía postrada ahí, milagrosa. Por capricho o por intuición el español decidió inventarse ahí, un pueblo. Desparramó adoquines formando calles, en adobe levantó (sus hombres levantaron) paredes gruesísimas y colocó  tejados rojizos en los techos de cada una de las casas. Todas eran muy similares. Embadurnó con cal las paredes para prevenir las pestes y llenó los jardines de flores que mandó traer de alguna región menos árida que ésa. Las flores y la tierra roja contrastaban con el paisaje blanquísimo de todas las casas. Como todo pueblo, Barichara fue creciendo en espiral, alrededor de la plaza. Después claro, nacieron otras plazas y otras capillas se construyeron. El cementerio lo pusieron en la parte más alta del pueblo  para acercar a sus difuntos conquistadores al  cielo, pues algo sospechaban.

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Yo vine a llegar casi cuatrocientos años después. Retraté, porque en mi época (una mucho posterior a la de los daguerrotipos) existían los medios. Y pegué los retratos en ésta historia, historia que supe  -o inventé- después de  caminar las calles adoquinadas, leer un par de placas solemnes en los monumentos y escuchar hablar por ahí del campesino, de la Virgen, del español y la fundación del su pueblo.

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