Cartagena de Indias

     I.   La explicación

DSC00155 (800x545)

Estos son retazos, recortes, fragmentos. Cartagena y yo nos encontramos de una manera que no puedo traducir en un relato cronológico y lineal. Los relatos cronológicos y lineales solo me son posibles cuando tengo la situación que narro bajo control. Y Cartagena se me escapa. Los días entre sus murallas fueron una luna de miel misteriosa, en la que además de descansar y amar descontroladamente, me repregunté muchas cosas sobre mi existencia, especialmente sobre mis pasiones, sobre quién soy en las pasiones que tengo me tienen. Cómo sobrevivo y me dejo sobrevivir. Cartagena me viajó a mí, de negarlo mentiría. Entonces decidí compartir unos relatos –los más descriptivos, los más aproximados- del cuaderno de papel para que al blog no le siga creciendo el pasto mientras yo me pierdo en las deliciosas demandas del  bello accidente del amor.

   II. Lo más hermoso que puedo ver en Cartagena

“Hay varias maneras de leer a Cartagena… La mejor de todas tiene música y buen café”

DSC00156 (800x600)

Es un café esnob, con todo lo que eso implica. Una mujer delgada y hermosa ojea a mi lado una revista  que tiene de portada un cuadro de estadística con el rostro estampado en primer plano de un hombre trajeado a punto de convalecer. La mujer habla banalidades mientras el marido – a su lado- resuelve problemas de gravísima importancia con elegancia y clase. “¡No!, no soy abogado; ¡Soy economista!” sentencia, y los de la mesita de más atrás miran y un instante después dejan de mirar.

Acaban de entrar dos monos* trajeados a la librería. Uno trae un habano en la mano.

La banda sonora pasó del jazz a la bossa nova sin que nadie se diera cuenta.

Yo escribo, tomo el café e intercambio cada tanto mensajes con mi papá, continente a través. Pienso en cómo me gustaría hacer con él algunas cosas que no recuerdo que hayamos hecho nunca; como  sentarnos a tomar un café en una librería cualquiera, por ejemplo. El elegiría libros  enormes de arquitectura… de esas ediciones impensadas. O agarraría una novela que tiene todavía en el tintero. Pero agarraría siempre solo un libro a la vez.  En cambio yo, yo llenaría – como lo hice ahora- la mesa de libros… Tal vez otra vez Kundera, tal vez otra vez Saramago, quizás no García  Márquez, ni Caicedo la próxima vez.

Hoy viste la fachada de lo que fue alguna vez la casa de Gabriel García Márquez. Una casa moderna y grande. Con cuartos hechos arriba de los techos, ansiosos de vista al mar. Creados para sortear las dificultades de la muralla española que se impone –segura-calle a través.

Sobre la muralla, una morena rodeada de frutas con un vestido florido seduce moviendo los hombros a los turistas: “Una foto con la morena, papi.” Los invita. Ella no me sabe responder sobre dónde queda la capilla del cura “que trataba muy bien a los morenos.”

DSC00274 (800x600)

A penas había llegado a Cartagena, la morena del hostal barato en dónde me hospedé empezó a rasgar, como por inercia o por hábito, en un mapa de la ciudad amurallada todos los sitios turísticos que debía ver porque para eso había venido a Cartagena.  A mí no me pareció mal, escuché sin demasiado interés, como por inercia o por hábito.  Mientras, veía un moño en su cabello, una cadena dorada en su cuello con una cruz. En realidad el ruido del ventilador capturaba más mi atención que la cadencia mecánica de su voz.

En un momento clavó la punta del lapicero en  un sitio del mapa (que después perdí) con fuerza. Y dejando la punta ahí clavada, comenzó poco a poco a hacer pequeños circulitos en torno al mismo sitio. En un  instante levantó la mirada y con una inflexión radical en su tono de voz, dedicó exactamente el doble de tiempo de lo que había empleado para explicarme todo lo otro que había para hacer en Cartagena, para halarme  de un tal curita que era bueno con los morenos en la época de la esclavitud.  Los quería y los cuidaba a los morenos.

Y se va  a llevar con suavidad (gesto que no voy a olvidar nunca) una mano al costado del corazón y me va a decir – mirándome a los ojos- eso es muy muy hermoso.

Y yo voy a entender que sí, que eso es lo más hermoso que puedo ver en Cartagena. Y ya lo había visto,  y prefería en realidad quedarme con el gesto y los ojos de la morena que me dice palabras que viajan por su historia, a través de sus abuelos y se bañan en sus orígenes para subir otra vez a la superficie y años después      .

Prefería quedarme con ése instante en el que las dos nos hicimos testigos del sórdido pasado nuestro.

Para eso vine a Cartagena, para asistir a ése instante.

Ella no lo sabía y quizás no lo va a saber nunca: pero va a seguir, de eso estoy segura, rasgando los mapas de los viajeros, enunciando con voz mecánica la torre del Reloj, la plaza Santo Domingo, el muelle, la muralla, las bóvedas. Hasta clavar su lapicero en lo de un curita tal que hará revivir para actualizar su resistencia.

DSC00073 (800x411)

*monos: personas rubias

           III.    La primera impresión

DSC00092

Casi medianoche. Hace calor, calor de ése que te golpea las mejillas y las rodillas y las plantas de los pies. Salgo del hostal porque no hay en mí ni siquiera un indicio de algo parecido al sueño. Llegué hoy a Cartagena y me ganó la curiosidad. Decidida a dormir, Cartagena y lo que no conozco de Cartagena me hicieron revolcarme sobre la cama invadida por una intriga enorme hasta hacerme levantar definitivamente, ponerme un vestido cualquiera, agarrar la cartera y salir. La medianoche en la ciudad amurallada de es ocre. Todavía hay caballos arrastrando carrosas. Ya casi no hay gente despierta. Hay gente dormitando en los bancos de las plazas. Un hombre aparenta leer, pero duerme profundamente. Los gatos atraviesan las calles y se paran en las esquinas. Yo camino por el medio de sus calles, respiro profundo. El perfume del aire es  sagrado. Alguna brisa hace menguar el calor.

      IV.  Patchwork

DSC00201 (800x600)
DSC00286 (800x570) (2)DSC00319 (800x600)

DSC00169 (800x568)DSC00160 (800x600)DSC00151 (800x594)DSC00143 (800x600)DSC00210 (800x577)

DSC00211       V.   Insomnio en la playa de peces de colores: esto es Caribe.

Al día siguiente no recordaba una sola palabra de lo que había escrito. Un relato semiconciente sobre mi segunda noche en Playa Blanca, Barú, Cartagena.1779958_10205376379914068_8636059123986685572_n

Ya no dormiré. Me conviene asumirlo, echar sobre éste insomnio el bálsamo de la aceptación.

Hoy no dormiré,    bueno.

La noche está intranquila o yo estoy inquieta, lo que es lo mismo. Duermo,  como forma de decir, en una choza de madera elevada del suelo, abierta y clavada en la arena a 4 metros del mar caribe. Frente a mi frente, una bandera flamea descontrolada. No hay luz. Una paloma duerme atrás mío.

El viento, enemigo constante del sueño que no vendrá, me toca la piel con bofetadas de métrica dudosa.

El ruido de las olas no cumple    ni por asomo con el efecto relajante de  la idea romántica que uno se hace del sonido del mar. Y no es solo el ruido, es  la sal que se le evapora y se le escapa y viene     sin intermediarios      a pegarse en mi piel.

Además de eso están los mosquitos:      seres   nefastos.

Acabaron con mis     pies, especialmente con mis     tobillos. Ah! Las   manos. También me picaron                 justo encima de la     ceja    izquierda  unas cuantas veces.

No voy a dormir.

Voy a dedicarme a cambiar de posición,     a mirar las estrellas,         a repetir que si hay un

extraterrestre que hoy quiero verlo:  que  hoy  es  el  día.

Voy a ponerme a pensar que no me siento sola y que no siento nada parecido a la soledad pero como recurso, o sólo como estrategia, para ver si      acaso       funciona:   voy a imaginar a mi mamá conmigo y a mi gata y a mi papá y a  mi hermano.

Escucho una guitarra a lo lejos y me dan ganas de irme detrás.

Pienso en caminar por la isla pero me da miedo.

Pienso en ponerme una sábana blanca en la cabeza y caminar por la orilla del mar como si fuera un espectro.

Me imagino después animales: pienso en un delfín. Después en un sapo de colores. Que cambia de color en color.

El mar no es una fuerza que calme mi conciencia.

Al contrario.

El mar.                                                 El mar.

DSC00217 (600x800)

        VI.    La Vengaza

DSC00136 (800x582)

Cartagena estaba inundada el día en que me fui. No había parado de llover en toda la noche. Caminé
desde el hostal hasta el monumento de la India Catalina y ahí tomé el bus hacia la terminal.

No sé cuándo comenzó la náusea. Yo me había ido con naturalidad: me había ido como aprendí a hacerlo después de que casi se me muriera el corazón al dejar las afueras del Machu Picchu; me había ido y punto. No pensé, ni un poco, en las callecitas empapadas por la lluvia, en la universidad y las ventanas de la universidad,  en la magia de las mañanas y los arboles de sus parques que solo derraman perfume por la noche, en los farolitos de luz gastada, en los caballos, en la gente sonriente, las bodeguitas de salsa, la librería esnob en dónde me encantaba perderme, el misterio de las murallas, el silencio de sus cañones, en los morenos y el ex puerto de los morenos, la calle de las cocadas, las pinturas de las casas.

Lo que quiero decir: no sé en qué momento comenzó la náusea porque yo no había hecho ninguna enumeración caprichosa y general de las actitudes y los rasgos que me habían enamorado de Cartagena.

Muy por el contrario: la había dejado durmiendo en mi habitación y me había escapado bajo la lluvia con tal de no verle el rostro una última vez.

El viaje en bus fue eterno (así empezó su venganza) sentí que me estaba muriendo, creo que no hay nada más terrible que la náusea. Empecé a confundirme. La buseta parecía más una lancha que un ser a ruedas. Yo miraba sin mirar las frutas destrozadas en las veredas, los carteles en las casas de la gente. Recuerdo dos: “Si hay hielo, rollitos, deditos.” “Se alquila lavadora por 1500 la hora”. Hay hombres mayores en chanclas y sin camiseta. Los escolares tomaron las calles, debe ser medio día. Hace calor, calor tremendo. Es otra la Cartagena de la periferia. Pero la gente es hermosa siempre, alegre y trabajadora. Pícara al hablar. Creí que me iba a morir en ese momento.

No tengo muy claro en qué momento, después de cuanto tiempo, el hombre que cortaba los boletos me indicó al parada.

“Acá salen los buses a Santa Marta” cerré los ojos con fuerza, apreté los párpados, fruncí el ceño y abrí los ojos después  para ver si recuperaba un poco la coherencia. El hombre bajó mi mochila.

Un señor gordo me recibió en la vereda.

-Señorita, ¿va usted a Santa Marta?

Lo ignoré.

-Señorita…

Seguí caminando unos pasos más hasta que entendí que era inevitable.

-Sí, señor. ¿A cómo? (¿a cuánto?)

-20.000.

-No, gracias. Pago 15.

-No existe señorita, en la terminal vale 25.

Le asentí con la cabeza  y me llevó – todo atolondrado- hasta el  bus. Era un hombre simpático. Guardó mi mochila grande.  Me subí, salude al conductor, elegí un puesto a la ventana sin esa barra de plástico que une a las ventanas y que lo interrumpe a uno cuando quiere ver. Me senté como un zombi, puse mi mochila sobre mis muslos, apoye la espalda, respire y mientras afloje los hombros empecé a llorar (así continuó su venganza).

Sin ninguna razón lloré desconsoladamente, lloré más de lo que llovió. Lloré con los ojos, con la boca, con el pecho. Mientras, decía mentalmente: “qué gracioso, lloro porque lloro; se puede llorar por llorar.” Y cuando descubría que al verbalizarlo me normalizaba, inhibiendo el impulso, dejaba instantáneamente de hacerlo porque era muy liberador.

Lloraba desconsoladamente sin razón porque si no iba a morirme también sin razón.

Ah! ¡La traviesa Cartagena! La misteriosa, la hermosa. Creí que podía vivir en ella sin modificarme. Y ella, como es su estilo, me siguió el juego. Porque agarrarme desprevenida fue para ella tanto mejor. Victoria doble.

Y yo voy, porque otra no me queda, a acariciar toda su redondez, a perderme en sus colores mientras duermo.

Voy a hundirme en el perfume de su noche, hasta que un día, con  las cosas un poco más asumidas y mi coraje al frete del cañón pueda vivir entre sus murallas otra vez su tiempo hermoso, que no es aquél ni éste. Porque en Cartagena la gente que existe se olvida –  no le presta atención- a todo lo otro  que existe  y pasa a admirar a través de las paredes y las estatuas todo lo que alguna vez existió. Y esa es gran parte de su magia.

Me enamore, es mejor reconocerlo, de sus múltiples cerraduras,  a través de las cuales espié, imaginé, inventé, proyecté y desaparecí sucesivamente.

DSC00209 (562x800)

Anuncios

Una respuesta a “Cartagena de Indias

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s