Machu Picchu I: la travesía de bajo presupuesto

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Para llegar a Aguas Calientes, el pueblo que está debajo de Machu Picchu, desde Ollantaytambo  tenés dos opciones: podes comprar un tíket en tren que vale  190 soles por una hora de viaje o podés viajar en bus hasta Santa María (30 soles), luego tomar un remis compartido hasta Santa Teresa (15 soles). Recomiendo hacer noche en Santa Teresa y visitar las aguas termales, son alucinantes. Y por ultimo tomar otro remis compartido hasta la central Hidroeléctrica (10 soles) y desde ahí caminar 3 horas al costado de las vías del tren hasta Aguas Calientes.

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El plan era levantarme al otro día bien temprano e irme a Machu Picchu. Una cosa no sabía: me iba a despertar ésa madrugada a las 3 de la mañana con un dolor de estómago insoportable , me iba a levantar de mi cama y salir de la habitación rumbo al baño compartido del hotel y antes de llegar me iba  a desmayar, cayendo en el suelo y quedándome ahí hasta recobrar la conciencia. Iba a irme a acostar otra vez con un hachazo en el estómago, con las manos y pies helados, con chuchos de frío y una transpiración constante insoportable, rogando dormirme para olvidar que  sentía que me iba a morir.

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Me quedé en la cama y cuando sonó el despertador, a las 7 am para irme a Machu Picchu no fui capaz de levantarme. No tenía fuerzas, todavía me dolía un poco el estómago. Algo en mi corazón me decía levántate y anda pero algo en mi cabeza y en mi cuerpo me lo impedía. Dormí hasta el mediodía, cuando me desperté le conté a mi amigo Kelvin lo que me había pasado y el me llevo al mercado central a conseguir hierva buena: compró unas ramitas, me preparó un té, comí galletitas de agua y sal y me sentí con –algo- de fuerza para seguir viaje. Con todo mi cabeza me seguía diciendo no, Emilia, mejor espera a recuperarte y después vas, ya es tarde, vas a llegar de noche, toca caminar un montón etc, etc. Por unos instantes le otorgué concesiones a mi racionalidad y me fui a acostar con la premisa de partir a la ciudadela Inca al día siguiente. Pero era todo una farsa y yo en el fondo lo sabía: nunca supe viajar así, soy títere absoluto de mis corazonadas y cuando algo me dice “te vas hoy y te vas a tal lado” me voy hoy y me voy a tal lado así llueva nieve o truene. Así me falten los medios, sea imprudente, ilógico o ilegal. Es la única forma que tengo de garantizarme que me salgan bien las cosas: que no me pase nada negativo y que me pasen sí  cosas increíbles. Algo me decía “te vas hoy a Machu Picchu” y yo me negaba a escuchar mientras rodaba en la cama, hasta que la voz se volvió insoportable. No sé en qué momento fue pero de un salto me paré, preparé unas mudas de ropa, guardé mi mochila grande en el depósito del hotel y me fui corriendo a la calle a perseguir el último bus que salía  a Santa María.

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Corrí tres cuadras  sin poder hacerlo y cuando llegué el conductor desde adentro del bus me hizo señas diciendo que estaba lleno. Junté mis manos en señal de súplica y le dije “no me importa por favor por favor”, el me leyó los labios y decidió abrirme  la puerta. Una vez en el bus me dispuse a inventar un asiento en el pasillo, para aguantar las 4.30 horas de viaje.  Decidí que el fondo era la mejor opción. Yo ya había visto en Bolivia sobreventa de tikets de bus que equivalían a gente durmiendo y rodando en el pasillo. Decidí aplicar ése freestyle al primer trayecto que tenía que hacer rumbo a la ciudadela Inca y me salió bastante bien. Lamenté mucho no apreciar los paisajes pero festejé al pagar la tercera parte de lo que valía un pasaje regular. El estómago por suerte no me dolio demasiado. Cuatro horas y media después, a fuerza de curvas sinuosas y lluvias llegamos a Santa Marta.

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Faltaba poco para que cayera la noche, yo rogaba encontrar un auto que me llevara hasta Santa Teresa. Preguntando di con los señores que estaban reuniendo la gente para hacer el viaje. Eran autos normales. Había que esperar que se llenen, valían 10 soles por persona. Una media hora más tarde el auto arrancó hacia el otro pueblo a una hora y media de distancia por ruta de ripio. ¡Qué miedo daba ésa ruta! Yo iba adelante y fueron muchas las veces que dije “ahora nos desbarrancamos” o “ahora chocamos” el auto corría un poco más rápido de lo prudente, apurado tal vez por la hora.  Pasamos todos los precipicios, todos los pantanos, pasamos incluso una cascada desbordada que llenó de agua el camino. Pero llegamos bien, a dos horas de que cayera la noche, a Santa Teresa. Me dejaron en la calle principal, yo les pregunté si sabían qué hoteles eran baratos, me dijeron que no y me fui.

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Busqué un hotel a 15 soles durante 50 minutos. Logré conseguirlo en un hospedaje municipal, bien limpio y ordenado en una de las calles que escapaban del pueblo. Dejé mis cosas, me puse el traje de baño y me fui hasta las aguas termales que, me habían dicho, cerraban a media noche. Me fui caminando por una calle de tierra desolada, contorneada por puro campo y  un rio escandaloso. Tardé una hora y media en llegar. A mitad de camino me agarró la noche,  todo se volvió silencio y oscuridad. Solo se escuchaba la bulla del rio. En un momento las luciérnagas empezaron a  aparecer, miles y miles de luciérnagas en todo el camino. Era mágico el paisaje, yo empecé a sentir una dicha tan grande, tan grande en mi corazón que por expresarla empecé a cantar canciones y a bailar sola camino abajo.

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Los baños termales eran una maravilla. Huecos en la  piedra con agua calientísima al pie de la montaña, se veían bastantes estrellas y las luciérnagas centellaban a lo lejos, constantes. El agua era tan pero tan caliente que uno tenía que salir cada diez minutos a refrescarse en el aire cada vez más frío del descampado.

Me quedé varias horas en las aguas termales y decidí volver caminando al pueblo. Tardé unas dos horas, porque el regreso era cuesta arriba. Me fui otra vez entre las luciérnagas y el agua del río.

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Al llegar al pueblo cené en un lugar cualquiera y me fui a acostar. Al otro día me desperté, busqué un auto que me llevara a la central hidroeléctrica para comenzar el camino a pie. Conseguí uno, esperamos que llegaran otros pasajeros y cuando el chófer consideró, partimos. Tardamos media hora en llegar. Una vez ahí seguí las vías del tren durante tres horas y media para llegar finalmente a Aguas Calientes.

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La caminata fue hermosa, llena de mariposas y húmeda selva. El Machu Picchu se podía divisar desde abajo en determinadas partes del camino. En algún momento me  hice de un palo que utilicé como bastón para aminorar los esfuerzos y aliviar el cansancio que sentía.  La caminata se me hizo larga, en cada curva creía que del otro lado iba a encontrar a Aguas Calintes y como 30 veces estuve equivocada. Hacer trreking enferma nunca es una buena idea, pero en fin. Lo estaba haciendo.

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Cuando, finalmente, llegué a la ciudad no me deshice del palo para atravesarla y buscar mi hospedaje a 15  soles. Tarde dos horas en encontrar uno.  Es que dormir debajo de una maravilla del mundo cuesta más dinero que en cualquier otra parte, claro está.  Pero el regateo nunca falla y uno como viajero termina pagando en soles lo que los turistas pagan en dólares.  Así que con un poco de astucia, uno puede quedarse en un pueblo armado para el turismo adinerado con un presupuesto reducido. El Machu Picchu es el Machu Picchu, pagues en soles o en dólares. Vayas en el tren lujoso o a pie. Todo se trata de decisión, actitud y adaptabilidad a las circunstancias: no se necesita  necesariamente una fortuna para caminar una maravilla del mundo.       DSC04749 (800x440)  DSC04758 (800x450)   DSC05064 (800x450)

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