El mundo, de la mano de mi papá

papa15

Mi papá me subió desde muy chiquita a su velero, me llevó a navegar por acá y por allá. Me enseñó a manejar el timón guiándome por un punto fijo en el infinito. Aunque a mí  lo que más me gustaba era guardarme en la proa del barco y dibujar y recortar figuritas y dejar que el cobre los cabos y maneje el timón.

571 (450x800)

Llegábamos a otros lugares espantando gaviotas. Dándole una o dos vueltas a las tomas de agua a unos kilómetros de las costas del Río de la Plata. Lo que más me gustaba era salir a caminar con él por las nuevas ciudades. Aprender a pasar del barco a tierra firme sin caerme en  el río. Descifrar por qué  -por ejemplo en Uruguay- un caramelo costaba cientos de pesos y una lata con lapiceros de colores, unos cuantos miles. Mirarlo sacar fotos a las arquitecturas bellas. Elegir un café bohemio, preferentemente con música en vivo, para dejar que caiga el atardecer.

papa10

papa18

Mi papá se fue un día de viaje a las misteriosas tierras brasileras y nunca más volvió. Es decir, el cuerpo con DNI determinado llamado Daniel Hugo Sánchez, sí volvió a su departamento en alguna calle de Avellaneda un tiempo después. Pero no volvió igual. Ya no era el mismo. Una brasilera sureña lo había enamorado a unos metros del Cristo Redentor y embrujado como ninguna argentina lo había logrado decidió dejar su vida de soltero-codiciado y casarse en una iglesia minúscula de las sierras brasileras con la mujer que me parió y que hasta el día de hoy lo acompaña.

mama

Mi mamá, otra loca, a los meses de conocerlo le correspondió en casamiento y dejándolo todo: su trabajo, su hogar, su querida madre y sus 6 hermanos, se subió llorando a un avión para irse al país que le iba a enseñar otro idioma y otra idiosincrasia, a veces, en la más inmensa  soledad.

Me buscaron, dicen, un año. Y cuando aparecí decidieron que era mejor que me criara en la tierra entre medio de los árboles (para ése entonces, yo había destrozado todas las paredes del departamento con un andador y todos las puertas intentando embocar cuánta llave encontrara por ahí en el ojo de la cerradura). Nos mudamos a un pueblo chico y con mi hermano, que nació un año y medio después que yo, nos dedicamos a la bicicleta y las botas de caucho en los campos inundados producto de las lluvias.

papa1

Mi mamá me llevaba de paseo en el canasto de su bicicleta y mi papá me enseñaba a separar la buena de la mala hierba con una herramienta de metal que no voy a olvidar nunca.

papa6

papa7

Mi mamá corría kilómetros cuando mi papá agarraba un sapo o una rana y me la acercaba enseñándome que eran “buenos animalitos”. Yo me tomé lo de “buenos animalitos” demasiado enserio… convirtiéndome en una amansadora de escuerzos inefable, buscando 5 o 6 sapos cada vez que me iba a bañar para tirarlos en la bañadera conmigo.

Él me decía siempre “zambullite, ¡sin miedo!” cuando yo miraba el abismo que separaba la tierra firme del agua de la piscina profundísima. Y yo me tiraba y él me atajaba hasta que aprendí a nadar.

papa4

Viajes larguísimos hicimos los cuatro en un Renault 21 rumbo a Brasil para visitar a la familia. Durante los primeros, mi hermano era un bebé y yo un ser enano con 4 dientes y un chuflito en la cabeza.  Los siguientes fueron de la etapa ansiosa: Pá… ¿cuánto falta?  –pregunta repetida con intervalos de 3 minutos durante las 24 horas de viaje a partir de los primeros 10 Kilómetros recorridos-. Los últimos fueron durante la cruda adolescencia y los malditos casetes: la paciencia de mis papás de escuchar Heavy Metal en medio de las rutas cuando el rock me definía y me amparaba junto con mi pelo negro, mis ropas negras, mis cuartos negros.

 

papa12

Hay unas fotos descoloridas que andan por la casa de cuando mi papá tenía 18 años y decidió irse a Europa de mochilero. Había trabajado en la fábrica de cuerdas dónde trabajaba mi abuelo para ahorrar el dinero necesario para hacer el viaje.  Creo que ése viaje le cambió la vida, porque fueron muchas, muchas las veces que al contármelo se le llenaron los ojos de lágrimas. Yo siempre lo escuchaba y trataba de imaginarme cómo era, qué olores había, que se sentía en cada situación… me parecía mágico imaginármelo así: tan arrojado al mundo, viendo qué le iba a  traer la marea.

image (2) (423x789)

Son las 2:48 am en Colombia. La puerta de mi casa está abierta y yo escribo en el comedor frente a una ventana negra que durante el día me regala la vista al monte. Estoy en un pueblo de café, caballos y señores de ponchos, aguardientes y sombreros. Estoy acá hace bastante más de un mes. Ya hace medio año que mi papá me fue a dejar a la terminal de buses de Retiro y me deseó buen viaje. Yo lo abracé y sólo me salió decirle gracias, gracias, gracias. Gracias por apoyarme.  Y no era sólo por el hecho de que no renegara de mi necesidad de irme a conocer el mundo, a pesar de los sentimientos y los temores, era por haberme dado la mano para que conociera la vida de la manera en que la conocí. Gracias porque empíricamente me demostró cuando era chica que el mundo no es un lugar hostil, más aún: es un laberinto repleto de bellezas y de misterios al que me tengo que, sin miedo, zambullir.

papa2

Anuncios

3 Respuestas a “El mundo, de la mano de mi papá

  1. Un texto hermoso, leerlo, después de conocerte, hace que uno entienda un poco el origen de tu espíritu aventurero, tu energía y modo de sumergirse al mundo; Tan especial como lo sos en persona.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s