Ollantaytambo, la ciudad Inca

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Ollantaytambo es un pueblo de piedra. Tiene calles angostas, igual que Pisac y una pequeña acequia  a los lados de algunas calles para distribuir el agua que baja del río. Hay montañas alrededor del pueblo y sobre las montañas hay ruinas Incas. Cuando yo llegué, en época de lluvias, el pasto estaba bien verde y había flores coloridas por todas partes.

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En el pueblo también  se encontraron  construcciones Incas. Están en proceso de restauración de algunas y otras fueron utilizadas por los posteriores habitantes del pueblo como cimientos de sus casas. No se duerme bien en las casas del Inca, saben algunos. A otros les ganó la practicidad.

DSC04618 (800x450)Llegué de Urubamba a Ollantaytambo  un domingo lluvioso, triste por una pelea que había tenido con Guillermo (una de ésas tantas que volveríamos a tener muchas veces, hasta superarlas definitivamente por cansancio o por decisión). Estaba opaca porque veía en el vínculo todos esos mecanismos de sutil psicopatía que convierten a la relación en un juego de poder pedestre. Yo estaba decidiendo que no quería ser partícipe de eso nunca más en la vida y Guille a su vez estaba transitando alguna otra cosa. La verdad era que nos extrañábamos, y no sabíamos bien cómo manejarlo. Después de todo… quién era ése otro que se apareció en un hotel boliviano y logró sin previo aviso enamorarnos. ¿Con qué derecho, si estábamos bien en nuestra independencia y nuestra soledad?¿Con qué necesidad, si el uno se iba a dar la vuelta por Latinoamérica y el otro iba a volver a la cuidad brasilera, a su trabajo y sus rutinas y a su ex y la separación de su ex?

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Alquilé un hotel cualquiera, el primero que encontré que se ajustaba a mi presupuesto (menos de 15 soles) y que tenía internet, para poder hablar con él. La realidad es que el dueño de El Chasqui Hotel, me alquiló la habitación por un precio ridículo. Yo entré a su hotel, medio destruida, con todos mis bártulos y mochilas y él estaba haciendo alguna cosa en el segundo piso. Lo llamé y se asomó al balcón. Sin ganas de perder tiempo le dije que estaba buscando una habitación para mi solita muy barata, que si tenía alguna. Me dijo que sus habitaciones valían 30 soles, pero que me podía dejar una a 15. Le agradecí, me llevó hasta la habitación, me dio la llave, yo cerré la puerta y me  puse a llorar. Lloré muchas horas, muchas horas. Cuando vi que no se me pasaba, llamé a mi mamá para hablar un rato. Necesitaba escuchar ésa voz de cadencia tierna, con tonada brasilera pronunciar las palabras que me curan siempre. Después hablé con Guille, nos pusimos de acuerdo, que en realidad fue un empatizarnos que acabó en la sinceridad de reconocernos extrañándonos.

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Paré de llorar, me sequé las lágrimas, me cambié de ropa y decidí salir a caminar un rato. Al abrir la puerta de la habitación vi que la lluvia había parado y que el sol estaba asomando entre las nubes. Bajé las escaleras y vi que el dueño del hotel, Kelvin, mi futuro amigo, me miraba con los ojos abiertos. Me había escuchado llorar durante todas las horas. Le sonreí y sin darle explicación me fui.

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DSC05206 (800x450) Me enamoré de Ollantaytambo. Mientras lo recorría no podía creer tanta belleza. En un momento me dio hambre y decidí ir a almorzar al mercado central (dónde por 1,50 USD te sirven un plato con entrada, plato principal y postre). Estaba terminando mi postre cuando llegó Vidal  y se sentó a mi lado.

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Nos caímos bien de entrada. Cruzamos unas palabras  y me invitó  a ir a un piletón Inca abandonado, dónde podíamos nadar. Me contó que era de la selva, cerca de Iquitos. Me habló de cómo son las cosas allá. Caminamos por un sendero al costado del río repleto de mariposas y de colibríes. Cuando llegamos al piletón nos tiramos a nadar. El agua era pura de vertiente natural y desde un extremo de la piscina se veía al tren allá abajo, lejos. Me regaló unas semillas de la suerte.

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Se convirtió en un gran amigo, hicimos muchas cosas juntos durante mi estadía en Ollantaytambo: bailar en unas ruinas mirando de arriba el pueblo, tocar música, hablar de arte, salir a caminar, prender fuego, juntar piedras para una trenza de macramé que me regaló y que todavía está en mi cabeza.

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Cuando llegué ésa noche al hotel, me encontré con Kelvin y nos pusimos a hablar. Nos contamos las vidas: supimos que teníamos la misma edad y miradas parecidas sobre unas cuántas cosas  y nos hicimos amigos. Al día siguiente me llevó a recorrer su finca, con plantaciones de quínoa y maíz, repleta de animales. Fuimos a ruinas Incas escondidas. Un día consiguió dos bicicletas para que nos fuéramos a las comunidades de más arriba. Subimos en camioneta y bajamos pedaleando, parando en cada pueblo. Tomamos café y comimos papa en la casa de una mamita hermosa.

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DSC05348 (800x450)  En un momento Kelvin decidió no cobrarme más hospedaje, me dijo que quería que me quede ahí como invitada, yo me negué. Él me había contado, el día que nos conocimos, que el hotel antes era de su papá y que había decidido vendérselo a un gringo (toda la zona de Cusco está repleta de gringos propietarios de casas, hoteles, trenes, etc.) y que él le pidió que por favor no se lo vendiera  a un  extranjero, que él le iba a pagar el alquiler que pidiera y se iba a hacer cargo del negocio. Kelvin trabaja con una dedicación hermosa en su hotel. Yo quería contribuir a la causa, él se negaba y yo entendía, pero le expliqué que me sentía más feliz así entonces aceptó.

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En Ollantaytambo en total me habré quedado 15 días. Unos  7 antes de mí partida hacia el Macchu Picchu y unos 8 más a mi regreso. Caminé muchísimo. El centro del pueblo es hermosísimo de día y misterioso y mágico de noche: las paredes de piedra y el sonido del agua bajando por la acequia. Me encantaba ir a leer y a tomar  mate  a unas ruinas de un templo que quedar en un cerro desde el que se puede ver todo el pueblo. Al piletón Inca volví muchas veces… me tiraba a nadar y después me quedaba durmiendo a su lado.  Medité mucho, leí los libros que viajaban cerrados desde Bolivia. Como en Písac, sentía que el sólo hecho de estar en ésa tierra me hacía modificarme: crecer, entender.

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