Puyo Pungo, la odisea

 “Debes tomarte un micro hasta el Puyo y de ahí cambiar a un bus que pasa de vez en cuando a Puyo Pungo, te va a dejar en la carretera, luego tienes que caminar. (…)¿Vas a ir sola o con guía? Ah, bueno, igual son gente buena. Pero no te metas en lugares que no te indican porque te puedes perder. Ve con una mochila pequeña. Llueve mucho. (…) No, no hay luz. Y cuidado si quieres llevar tus cosas (computadora, etc) porque donde duermas puede llover, llover adentro porque son lugares abiertos, con techo de paja.

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Debes tomarte un micro hasta el Puyo y de ahí cambiar a un bus que pasa de vez en cuando a Puyo Pungo, te va a dejar en la carretera, luego tienes que caminar. No me parecía demasiado complicado. En cuestión de horas estaría llegando a una comunidad ínfima de la Amazonía ecuatoriana, decidí partir al día siguiente por la mañana y llevar todo mi equipaje así no iba a tener la necesidad de regresar a Baños en el caso de que decidiera seguir viaje en otra dirección y no iba a estar condenada a vivir con las mismas dos prendas durante un largo tiempo si decidiera quedarme (como me pasó alguna vez en Aguas Calientes, el pueblo que se plantó debajo del Macchu Picchu).

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Efectivamente, al otro día a las 11 de la mañana me fui del hostal, satisfecha por el desayuno que me había tomado, agradecida al pueblo por haberme recibido y haberme hecho recuperar mis ganas de viajar. El primer trayecto Baños- Puyo, debía durar tres horas y media como máximo, duró diez. A mitad de camino nos encontramos con un derrumbe: un pedazo de montaña que yacía sobre la ruta impidiendo todo paso. Llegamos junto con el tractor que iba a dedicarse a limpiar, durante horas,  el camino.

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Yo miraba la montaña de tierra y no me parecía gran cosa, decía bueno, en un par de horas estaremos cruzando, y me sentaba en el asfalto a mirar como el tractor iba y venía escarbando la montaña y arrojándola al vacío. Unas cuatro horas después llegó un hombre con sombrero de paja a parar la limpieza: “Deténganse!!!! No arrojen la tierra por el precipicio, que abajo están mis peceras!” Por peceras hay que entender estanques artificiales en donde el señor criaba truchas. En la logística de decidir dónde tirar la tierra se demoraron una hora, el pueblo impaciente comenzó a opinar, a dar instrucciones. Horas pasaban y tierra había siempre más. Lo que creía que era una paredcita de tierra era un cúmulo ancho como una cuadra. Yo me quedé sentada en la misma porción de asfalto todo el rato, la gente circulaba, unos intentaban cruzar la tierra trepando.907 (800x378)

Estaba hipnotizada mirando al tractor trabajar, sacar más y más tierra y ver detrás siempre más y más. Me acordé de alguna que otra cuestión de mi vida que creí que podía escarbar y hacerla desaparecer, pero que resultaba siempre tener más tierra. ¿Habrá ruta después del derrumbe? La repuesta obvia se disolvía en la frustración y el cansancio del trabajo constante y aparentemente improductivo: siempre había más. Más y más tierra: toda especulación de horario se derrumbaba. Ver al tractor sacar la última porción de tierra una cuadra más allá fue liberador. Y me dejó una sensación ligada a un pensamiento: al final siempre se trata de seguir escarbando.

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Llegué de noche al Puyo debajo de la lluvia y cuándo fui a buscar el bus para irme al Puyo Pungo me dijeron que no había más, que el primero salía  a las seis de la mañana del día siguiente. Me vi de repente en la necesidad de hacer noche en una ciudad horrible. Debajo de la lluvia me fui a  buscar hospedajes. Los hostales que habían eran tan raros, tan sucuchos que me veía obligada a preguntarle a  los recepcionistas si estaba yo en un hotel para parejas o para familias. Ante el miedo de pasar una noche escuchando los amores ajenos, en un lugar oscuro y de limpieza dudosa, pedía siempre que me mostraran las habitaciones y preguntaba quiénes eran mis vecinos. Tardé dos horas en encontrar un lugar – digno no es la palabra-… un lugar. Me fui a cenar en una ciudad mojada, descontrolada en gente, música cumbianchera y  puestos de comida callejera. Sin belleza ni encanto. Ropas de látex y hombres de miradas libidinosas.

Cuando comencé a viajar una noche en un lugar horrible me parecía una eternidad, ahora  en cambio sabía que solo se trataba de pasarla, que iba a estar bien, que todo es parte… y lo sabía no como un consuelo sino como un disfrute basado en la especulación de que el péndulo que está bajando subirá luego necesariamente y que hay una magia en verse a uno mismo expuesto a las situaciones frustrantes.

Para ser que estaba dónde estaba, en las condiciones que estaba, después de haber pasado el día estancada en un derrumbe sobre la carretera, estaba bien. Salí a tomar un licuado con un sándwich de pan y queso que no pagué porque el dueño de la cafetería decidió invitarme y me fui a dormir.

Al otro día me desperté a las cinco y a las seis tomé mi bus  al Puyo Pungo. Demoró una hora y media por un camino desolado cubierto de neblina, rodeado de verde. Al bus subían madres con escolares y nada más. Yo tenía un poco de frío y ansiedad por saber dónde me tenía que bajar.

Las preguntas son las mejores aliadas de los viajeros: más que los mapas y ciertamente mucho más que las deducciones y especulaciones propias. Hay que preguntar y preguntar al por mayor, porque mucha gente hay que gusta responder aun sin saber la repuesta. Me indicaron bien en qué parte de la ruta tenía que bajarme y me bajaron.

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Mis dos mochilas y yo estábamos al costado de la ruta, bañadas por la neblina más espesa, mojándonos los pies con el rocío del pasto altísimo. Adyacente a la ruta había un camino, de ésos que son ausencia de pasto en dos  líneas paralelas separadas por la misma distancia que un auto separa sus ruedas entre sí. Ahora es la parte en la que tengo que caminar, pensé. Y en el silencio absoluto de la mañana seguí  las huellas del camino de manera minuciosa. Caminé mucho. Casi una hora con las mochilas a cuestas, toda la escena parecía pertenecer al orden de lo onírico, de lo imaginado, de lo que de chiquita armaba en mi mente cuando me contaban un cuento misterioso que sucedía en un lugar lejano.

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Entonces caía en la cuenta de que de verdad estaba muy lejos de casa y que de verdad el lugar era soñado y que de verdad  era chiquita otra vez: los ojos abiertos que descubren el mundo, la ausencia de automatismos mentales y ese dejo de temor subyacente que uno tiene al recorrer el mundo conociéndolo.

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La selva amazónica ecuatoriana me estaba  dando la bienvenida. Llegué a una comunidad que despertaba en fogatas humeantes, gallinas atareadas, niños descalzos llenos de lagañas, señores entregados a sus quehaceres. Casitas de madera rodeando una poción de tierra virgen que eran una plaza, una cancha de fútbol  y un lugar de reunión simultáneamente. Me acordé de Laos, de las aldeas que viven en las orillas del Mekong.

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Elegí una casa al azar y le pregunté a la dueña sobre Indichuri. Ella me  invitó a entrar al patio de su casa, tenía la cara toda llena de pozos, como si fueran heridas profundas que habían cicatrizado hace años. Sus ojitos eran achinados y tenía una sonrisa capaz  de alegrar a un batallón. Tiene que cruzar el río en canoa. Yo tengo una, me espera que la llevo. Fue la señora más amable que conocí en todo el viaje. Un rato después cuando con una jarra y un remo  sacamos el agua que había entrado en su canoa producto de la lluvia, ella me contó que también tenía un lugar dónde alojarme pero que mejor me fuera enfrente porque ahí había caimanes , papagayos y monos. Me llevó a cruzar el rio con una canoa que era un único tronco tallado. A  mí me gusta navegar, me decía. Venga luego vamos a pasear.

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Así fue como llegué a Indichuri. Di con la casa de un chamán y la familia del chaman. Les pedí alquilar un cuarto y me dieron una cabaña en el medio de los arboles enfrente del rio. Efectivamente el techo era de paja y las maderas no alcanzaban a completar las paredes, uno dormía casi a la intemperie protegido por un tul que enroscado en la cama, oficiaba de mosquitero. Pero el agua no entraba cuando llovía. No había luz, solo unos mecheros con bencina o alcohol que tiraban un humo espantoso.

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Yo me sentía en el paraíso, entablé una amistad hermosa con el chamán, su mujer y los trabajadores de la finca. Especialmente con Carlos, un chico de 21 años  que hacía todo tipo de tareas: humo en la casa para espantar los bichos y para que los ladrones supieran que había gente, cuidar  a la boa, cortar leña, extender la red de pesca en el río. El chamán me adoptó como una hija, me llamaba a la mesa, me preguntaba sobre mi viaje y me contaba historias: como cuando un caimán le cortó  de un mordisco los dedos  meñique y anular.  Llevaba en su cuello una cabeza de Pitón  colgada y para que no se le abriera la boca le había atado una cinta. Dentro guardaba todas sus pertenencias: un celular, dinero, llaves.

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Carlos

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Con Carlos nadamos en el río, fuimos a pasear en canoa, por las noches nos íbamos a la laguna de los caimanes, apuntando con la linterna el agua para hacer brillar los ojos de las fieras. Brillan como diamantes, me decía y tenía razón.

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Yo pasé los días leyendo, jugando con los papagayos, intentando bajar a los monos seduciéndolos con plátanos. Aprendí el proceso de la chicha. Miré los paisajes más alucinantes.

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La selva es un lugar dónde me encuentro especialmente. Donde siento que algo en mi corazón se abre y se deja ser. Me provoca silencio y alegría. Siento que tiene un poder abrumador y fascinante. La danza que se produce entre todos los elementos: un río que corre, una hoja de banano que cae, una mariposa inverosímilmente enorme que pasa volando. Los arboles desparejos, las lianas, los insectos.  Supe que mi próximo destino sería también dentro de la amazonía. Por eso después de un tiempo me fui a  Misahuallí, dónde me quedé un mes. Me llevé en el corazón al chamán y su familia, a Carlos. A toda ésa comunidad sacada de un cuento, de ésos que me inventaba de chica, cuando soñaba con  lugares perfectos.

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