¡No quiero viajar más! (o el tercer cruce de frontera)

837 (800x450)Fue una buena decisión tomar el micro nocturno que iba directo desde Máncora, Perú,  hasta Cuenca, Ecuador por 48 soles, las  9 horas de viaje. Crucé la frontera  a la 1:30 de la madrugada y como es obvio, el trámite fue sencillo, no había nadie esperando para hacerse estampar.  La  frontera parecía un hospital fantasma: impecablemente limpia, sillas vacías de espera, tubos de luz fluorescente titilando. Los dos señores detrás del escritorio: uno te despedía de Perú y el otro te daba la bienvenida a Ecuador.  Yo me acordaba del cruce desde Bolivia a Perú, que fue la antítesis de éste: lío, autoridades malhumoradas, una pared repleta de calcomanías  de todo tipo (donde pegué una bien colorida de Algún Lugar Andando).

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Llegué a Cuenca a las 5:18 de la mañana. Estaba cansada, realmente cansada. Tenía frío: venía de pasar los días surfeando al rayo del sol y ahora otra vez necesitaba  el buzo y la campera para poder existir. Estaba en un momento del viaje en el que una parte de mí no quería saber más nada, más nada de viajar, de subirse a un bus cualquiera, de buscar precios de hospedajes, de sacar fotos, de hacer y deshacer la mochila, de conocer gente, encariñarse y despedirse. Me sentía sola  por culpa de ese cansancio. No me podía olvidar del Cusco, sentí que mi viaje se había terminado ahí. Sabía que se me iba a pasar pero lo sabía como quién sabe que vendrá la salud después del resfrío, sin que  por eso se le quite el dolor de garganta.

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El chófer del bus me fue a despertar “Vamos, a bajar, que ya llegamos.”  Por favor, un ratito más…. No me quiero bajar ahora, no quiero –le juro que no quiero- bajarme. No quiero bajarme en un país nuevo. Cargar 30 kilos de mochila en mi espalda y aprender mientras camino de qué se trata Ecuador. Señor, quiero estar durmiendo en casa, y por ahora sólo tengo su bus, no me  baje… o bájeme, pero en 10  minutos más.

Como es obvio, no le pude decir nada de eso y con una almohada imaginaria pegada en la cara y sin poder cargar de manera feliz los 30 kilos de equipaje me encontré caminando por Ecuador.

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El ritual de arribo a un  país nuevo comenzó: 

A. Mirar mucho, escuchar más.

B. Buscar un cajero automático para abastecerme de una cantidad razonable de manera local (ustedes saben: lo suficiente como para vivir algunos días – sin tener que sacar demasiado seguido porque cada operación de extracción se cobra- y la cantidad justa como para que ante  un posible asalto, la pérdida sea mínima).

C. Averiguar sobre medios de trasporte para llegar a destino.

D. Preguntar precios de cosas básicas, para tener un parámetro y poder estimar  cuánto pagar, por ejemplo, por una moto taxi.

En Ecuador la moneda oficial es el dólar estadounidense y como buena argentina le tengo fobia a ésa moneda. Me quemaron el cerebro durante un año con el fetiche norteamericano… con lo caro que es comprar dólares, con lo prohibido, con las estrategias, con el oficial, el blue, zaraza. Todo mi pueblo habló de ésta monedita a diario durante una eternidad. Viejas de los barrios más pudientes de la city porteña salieron a las plazas cargando en sus manos tazas de café con los billetes verdes estampados, al grito de “quiero vacacionar en mimamiiiii!”, mientras sus empleadas domésticas, disfrazadas de nanas inglesas de los años 30, caceroleaban por ellas.  Todo un circo alrededor del billetito que ahora me daba miedo.

Fue curioso, me resultaba todo terrible: un agua tres dólares eran como 30 argentinos! O no, a ver 3 x  $7,96 + 35% de impuesto… pucha, qué trastorno.

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Uno viaja gastando poco, porque si no, no hay manera de viajar tanto. Entonces las condiciones del viajero son distintas a las del turista regular: a veces hay que ingeniárselas. Bueno dije, como siempre, vuelvo a mi presupuesto: 15 USD diarios, a hacerlos valer. Me fui envalentonada al centro de Cuenca, todavía no amanecía y ya eran casi las 6 de la mañana.

Mochila a cuestas empecé a buscar hospedajes. La ciudad estaba fresca, con una especie de neblina entre las calles. Las luces amarillentas de los focos golpeaban en las fachadas coloniales de las casas, todo era bien bonito. Si no estuviera tan cansada, pensé, me enamoraría de esta ciudad. Sólo se trataba de descansar…

Gente:  Nunca, nunca, nunca en mi vida me fue tan, pero  tan difícil encontrar un hospedaje que no encontré.  Pasé dos horas caminando, timbrando y despertando gente que por H o por B no podía alojarme.  O estaban llenos, o contaban con una cama en un dorm, pero “no puede ingresar señorita  ahora, porque es muy temprano”, o valían 25 dólares la noche.

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Dos horas con mi cansancio, agravado por los 30 kilos de  mochila, ensuciado por la frustración que me provocaba la situación en general me generaron una idea que me arrebató de Cuenca: me voy al ca-ra-jo de esta ciudad.

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Hay una política que tengo cuando viajo. Algo así como una filosofía con algunos preceptos. Uno de ellos dice que si un lugar no te recibe: si se vuelve imposible la llegada, hay que dejarlo atrás. Moverse. Que –por ejemplo- no tenga dónde dormir puede significar, según mi lógica inventada, que otro lugar en la tierra me está esperando. Así fue como, justo cuando el sol ya dejaba ver las montañas que coronan la cuidad, me tomé un taxi de regreso a la terminal para irme a alguna otra parte. Baños, quizás. Si, Baños. Adiós Cuenca, Ecuador todavía era un misterio.  Mi primer día se fue en un paseo de 10 horas en bus. Los paisajes, al menos, eran una maravilla.

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3 Respuestas a “¡No quiero viajar más! (o el tercer cruce de frontera)

  1. Querida Emi…realnente hay momentos de mucho agotamiento en los viajes…no se como podes irte tanto tiempo…pienso que tenes mucho coraje y fuerza…me encanto el relato…besos

  2. Muy interesante el sitio Emilia. Lo voy a tener en cuenta por si alguna vez viajo por América latina. Como estoy estudiando alemán y danés en Buenos Aires, mi próximo viaje calculo que será a Copenhague y a Berlín. Estudio danés para leer a Kierkegaard, y alemán porque me gustan los filósofos alemanes y la literatura en alemán (Kafka, etc). Sin embargo, siento que debería saber más de nuestro continente latinoamericano, tan vasto y tan complejo y tan hermoso. De Ecuador lo que más conozco es a Rafael Correa, quien me parece el mejor presidente que Ecuador debe haber tenido en toda su historia. Más todavía si uno lo compara con desastres como el delirante de Abdalá Bucaram.
    Creo que muchos argentinos tenemos cierta “discriminación positiva” por todo lo europeo, salvo Brasil, e ignoramos todo lo que venga del resto de latinoamérica. Me molesta reconocer que yo tampoco escapo a esa regla.
    Es un poco el costado Luis Solari que uno deplora en tanta gente pero que también tiene metido:

    Saludos

  3. jaajajaja!! pero mujer que tal decisión!! (estoy 97% de acuerdo con esa filosofía, el otro 3% está compuesto por ese sabor agridulce a lo desconocido) estoy ansiosa por dar el tercer click!! – saludos!!

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