El Valle Sagrado de los Incas: Pisac

I. ¿Para qué vine?

El Valle Sagrado de los Incas es el lugar más poderoso en el que estuve en toda mi vida y no sé qué darles como definición de poder. Me tardé más de un mes en intentar escribir sobre todo lo que me pasó en ésa tierra y todavía me siento incapaz. Fue tanto, tan impresionante, tan desencajado de todo lo que podía esperar que todavía siguen trabajando en mí las experiencias ahí vividas.

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Porque en el Valle Sagrado las montañas no son sólo parte del paisaje, son maestros, guardianes. Y las ruinas del imperio Inca no son sólo un montón de piedras inverosímilmente trabajadas sino que son indicadores de los lugares específicos dónde la tierra se conecta con planos diferentes del universo. Ahí los animales no se te aparecen porque sí. Y la lógica ancestral sigue operando en los actuales habitantes de los pueblos.

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Crucé desde Bolivia al Perú y me fui directo a Pisac. El lugar que me llamaba a gritos, me vio llegar atolondrada, cansada por el cruce fronterizo, intentando amoldarme rápidamente al dialecto peruano, al uso del sol en lugar del  peso boliviano. Me vio llegar, en fin, un poco distraída: me bajé del bus como pude y me puse a caminar de manera torpe, con un montón de pensamientos en la cabeza. Así anduve una cuadra o dos cuando empecé a darme cuenta del lugar al que había llegado. El sol cubría la tierra y volvía brillantes a las montañas que rodeaban el pueblo… resplandecía en lo alto en Inti Watana: resto incaico parte de una cuidad de piedra que todavía está. Hacía frio. En el mercado vendían los tejidos más hermosos, las piedras más bellamente talladas. Y había algo en el aire. Yo empecé a silenciarme y a sentir más y más respeto por el lugar.

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Caminé por el pueblo en dirección a una montaña que sobreslía. Parecía un laberinto: las callecitas eran muy angostas, con dibujos de animales entre los adoquines y estaban rodeadas por paredes altísimas. Las tiendas de artesanías ocupaban casi todo el ancho disponible para circular. En algún momento terminé de atravesar el pueblito y llegué a una plantación de quínoa que estaba al pie de la montaña. Ahí me quedé. Sentada en silencio, mirando.

Al rato un instrumento de viento empezó a sonar. Fue la primera bienvenida que me dio el lugar. La música ancestral  sonaba cada vez más fuerte. El músico me había visto pasar y se me estaba acercando, una vez a mi lado se sentó en el suelo y siguió tocando. Los dos mirábamos la montaña. Yo sentía algo en el corazón.

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Ése es nuestro Apu más importante, me dijo cuando terminó de tocar. Los Apus son guardianes y protectores nuestros. Les tenemos mucho respeto. Yo siempre vengo y me siento así como tú. ¿Qué te trae por éstas tierras?

Hablamos un rato. Me enseñó lo que sus padres le enseñaron, que a la vez fueron enseñados por sus abuelos. Me habló de las simbologías incas, de los tres mundos: Uku Pacha (mundo de abajo o mundo de los muertos), Hanan Pacha (mundo de arriba o supraterrenal) y Kay Pacha (mundo del presente terrenal o lugar de encuentro). Repetimos juntos los tres preceptos Ama Qhilla, Ama Llulla, Ama Suwa (no seas flojo -perezoso-, no seas mentiroso, no seas ladrón). Y vimos sus opuestos: aprende, trabaja, ama a lo que te rodea.  Hablamos de la serpiente, del puma, del cóndor. De la colonización española y de la colonización capitalista global. Coincidimos  en una de las misiones de nuestras vidas: aprender y amar la tierra,  y simplificarse todo lo posible. Ser humilde en el corazón, para poder entender.

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Nos despedimos cuando faltaba un rato para que cayera la noche. Yo me fui camino al hostal agradeciendo la bienvenida. Sabiendo que tenía sentido: no había llegado yo a ése lugar para hacer turismo como antes pensaba: conocer durante un par de días, sacar fotos e irme. Había llegado a ese lugar para aprender sobre el planeta, sobre mis antepasados y sobre mí misma. El lugar me estaba esperando y yo lo estaba esperando en silencio.

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Supe que me iba a quedar más tiempo del que tenía pensado. Pero todavía no imaginaba que iría a ser tanto, que iba a alquilar una casa de adobe frente al Apu que me recibió, que me iba a hacer amigos. Que iba a encontrar un lugar para meditar junto a la acequia en el que iban a aparecer decenas de picaflores en momentos específicos. No imaginaba que por el sólo hecho de pasar tiempo ahí, en ésa tierra, iba a aprender tanto sobre mi misma: sobre las ideas que me quitaban la fuerza, sobre el poder que tiene la mente. El lugar me ayudaba a estar en silencio y presente… entonces todo se volvía sagrado para mis ojos, cada persona, cada parte de la naturaleza.

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II. Las Despedidas

Cuatro fueron las despedidas de Pisac: “Ahora sí ya no vuelvo… quién sabe cuándo voy a volver a andar por acá, adiós, qué nostalgia, qué dolor” sentenciaba cada vez y me iba. Pero volvía. Como una loca, volvía. Porque en el Valle Sagrado en total me quedé mucho más de lo esperado y Pisac en particular fue el pueblito que intercalaba entre todos los demás pueblos. El lugar de regreso, la casa.

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Cada llegada traía nuevas cosas. Ahora se me mezclan en la memoria, no sé discernir muy bien. Pero podría decir más o menos que mi primer estadía en Pisac fue la bienvenida enorme, no sólo al pueblo sino a todo el Valle Sagrado y a un viaje  de aprendizaje y reconocimiento  que iba a emprender hacia mi interior.

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La segunda fue la vuelta de MachuPicchu con todo lo que implicó para mí. Uno de los lugares más sagrados de la tierra, que no voy a olvidar nunca. Me volví a Pisac aquélla vez para asentar todo lo que había pasado: una bendición atrás de otra en la ciudadela. El llanto de alegría y gratitud, al bajar caminando del tesoro Inca. La naturaleza manifestándose, todo lo que me dijeron y aprendí. Todo lo que se había movilizado, despejado, habilitado. Ya les contaré, pero fue en Pisac  dónde elegí quedarme para hacerle espacio a eso que traía al volver. No creí, nunca imaginé que la Emilia que se iba al MachuPicchu no iba a ser la misma que regresaría después.

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 La tercera vez en Pisac fue celebración. Estaba en el Cusco con un amigo y decidimos ir a los carnavales del pequeño pueblo. Yo me puse algunas ropas coloridas y me até el pelo como las mamitas, cholitas preciosas. Compramos armas de espuma y nos fuimos. Quería ver a mis amigos bailar. Yo había ido a los ensayos de los bailes de carnaval durante la primera y segunda estadía. En ése entonces les decía “que pena, no los voy a poder ver… porque dentro de un mes voy a estar lejos lejos… por Lima, por Huaraz”… el carnaval me encontró ahí y menos mal: guerra de agua al son de la música tradicional. Estrategias, aliados, enemigos. Todo se trataba de conseguir dos baldes, entrar a las casas de las señoras que dejaban las puertas abiertas para que los niños usen las canillas del patio, y bombardear! Las danzas típicas en el centro de la plaza, además, eran cosa de otro mundo. La tradición vigente, las dramatizaciones de las rutinas campesinas en medio de las danzas.

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La cuarta vez fue hacer hogar. Alquilar la casa de adobe, sacar frutos y verduras de la huerta: pan casero, mate y miel. Noche a la luz de las velas. Fue la despedida más hermosa. Volver a ver a José, comerciante nómade que anda por el mundo vendiendo piedras preciosas. Compartir días con Marco y su familia (de quienes fue desgarrador despedirse), aprender a cuidar caballos y volver a hacer guerra de agua en el remate de carnaval.

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