La Amazonía Ecuatoriana

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En la próxima vida quiero ser varón y quiero nacer en la selva amazónica ecuatoriana. Quiero ser parte del grupo de chicos que va en manada a todas partes. Que pasan los días mechando el colegio o el trabajo con paseos entre cacaos y lianas, zambullidas en el río, fogatas y risas a todo color.

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Quiero hacer bromas de pibe, enterrar a un amigo en la arena, mirar a las mujeres bonitas, hablarlas y reírme de eso con mis compañeros después. Quiero tirarme con ropa desde un árbol altísimo al río, ver  a los monos robarles cosas a los turistas, hacerme amigo de una chica que está de pasada y llevarla a flotar en una rueda de camión río abajo por el medio de la selva durante tres horas.

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Conocerlos fue increíble. Yo había llegado a Puerto Misahuallí hacía dos horas, había alquilado la habitación más barata que existía, pero que tenía vista al río y estaba junto a los monos y los bananeros. Había dejado mis cosas y sin perder tiempo me había puesto el traje de baño para irme a tirar al río que por ser domingo, estaba repleto de familias ecuatorianas (eq. familias enormes) que luchaban contra la corriente que quería arrastrarlas. Había en la arena algún que otro borracho encandilado con la boa que paseaban de una punta de la playa a otra y  monos, monos por todas partes robándoles las gaseosas a las personas que intentaban fotografiarlos.

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Yo había tirado una pashmina en la arena y después de meterme al río me había acostado de cara al sol. A mi lado estaban ellos. Podía escuchar todo lo que hablaban: reírme de sus bromas, como si fuera parte del grupo. Eran siete u ocho chicos de entre seis y veinticuatro años. Me tenían encandilada, queriendo meter la nariz, hacerme parte, hablar con ellos…  toda ésa alegría viva que tenían, todo ése humor…. Miradas fueron y vinieron, hasta que en un momento uno de los borrachos (que perseguía a la boa), se aburrió del anfibio y se acercó a chamullar. Los chicos se pusieron alerta como midiendo a ver si el tipo me molestaba… yo lo fleté rápido y enseguida después, ellos y yo nos pusimos a hablar. Cruzamos un par de frases acerca de enterrar personas en la arena, y en un momento les pregunté desde dónde venía la gente flotando en llantas de camión…

–      Ellos desde acá nomás (señalando una curva que pegaba el río a unos 70 metros de dónde estábamos), pero nosotros desde la carbonera: ahí el río es rápido, saltas entre las piedras y estás horas bajando. ¿Quieres ir?

–          ¡Claro!

–          Eh!! (llamando a sus amigos) ¡Vamos, que nos vamos a la carbonera! (a mí) ¿vamos?

–          ¿ahora?

–          Si!

Y así nomás alquilamos unas ruedas enormes por un dólar cada una, nos subimos al camión de uno de los chicos y nos fuimos por un camino selva adentro mientras nos decíamos los nombres y nos explicábamos quiénes éramos, dónde vivíamos, qué hacíamos al vivir.

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Llegamos finalmente al punto del río en dónde emprenderíamos nuestro viaje en bolla. La idea era abrazarse a la rueda del camión aguerridamente, esquivar los remolinos y pasarla lo mejor posible. Ahí fuimos, todos en bollas de distintos tamaños, dejándonos llevar por el río. Yo compartía rueda con Leonardo, pero un rato después, cuando la guerra de bollas comenzó, le robé la rueda a su hermano y viajé un rato en una usurpada  bolla privada. Después de 20 minutos de bajada decidimos hacer parada en una piedra enorme que sobresalía en el medio del río. Subirse fue toda un hazaña (hubo que remar mucho corriente en contra), una vez en la piedra nos tiramos cual lobos marinos y ellos empezaron a gritarle a una casita de madera  que había selva arriba, a unos 200 metros del río.

UNO -Ey!!! Baja ahí! Ven! ¿qué haces?

OTRO -¡Está lavando la ropa, o preparando la merienda!  Eyyyyy ven! Bájanos la meriendaaaa!!!

YO – Cómo se llama la señorita?

TODOS- JAJAJAJJAJAJJAJAJAJAJAJJAJA

Fue ahí cuando apareció  (en la orilla) Pato de Río, todo vestido con zapatillas y el pelo peinado con gel, comiendo un pan.

UNO- Oye Pato! (señalando un burro que venía cruzando el puente altísimo que atravesaba el río, cargado a los costados con dos bolsas de arpillera) Ahí te trae tu gel el burro!  (Risas de todos) Emilia, ya ves ese burro? Viene solo.

YO- Cómo solo?

UNO- Lo cargan arriba y regresa solo.

Pato terminó su pan y se tiró a la correntada del río sin quitarse las zapatillas y unas brazadas después ya estaba en la piedra. Seguimos viaje, sobreviviendo a los remolinos.

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La siguiente parada fue al pie de un árbol altísimo inclinado a unos 40° sobre el rio, excelente –al parecer- para usarlo de trampolín. Los chicos treparon hasta la copa y se lanzaron y chillaron, chillaron del dolor al golpear en el agua y volvieron a subir y se volvieron a trepar  y volvieron a chillar hasta aburrirse. No me dejaron tirarme, tenían cuidado de mi… yo les hice caso, por supuesto.

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Unos kilómetros más abajo paramos en una cascada escondida con un tobogán natural. Se entraba caminando por un sendero chico y de repente uno encontraba un anfiteatro de piedra y musgo con un torrente de agua cayendo en una piscina natural que fugaba el exceso de agua por una grieta en la piedra de un metro de ancho, bajando en dirección al rio: por esa grieta nos tiramos. Sentados uno detrás del otro, a toda velocidad: un auténtico tobogán de agua. Cuando nos aburrimos de subir y bajar, cuando los chicos ya habían rasgado completamente sus pantalones y yo me había raspado lo suficiente la piel, seguimos viaje.

–          Vamos a pintaros el pelo!!! Emilia.. vamos???

–          Vamos! Dónde? Con qué?

–          Ahí, abajo de esa piedra, hay un tinte ..

Uno a uno metimos la mano debajo de ésa piedra y con una arcilla coloreada de un amarillo rojizo nos pintamos las cabezas.

UNO- Ahora somos hermanos.

PATO-Ahora soy ruso!!!… me voy a poner mucho para que no se me quite (se pone) ay!!! Me pesa la cabeza!

Cuando terminamos de teñirnos y de rebolearnos barro encaramos el último tramo del viaje: ya estaba anocheciendo. Llegamos a Misahuallí cansados, algo lastimado y muy felices.  En la playa devolvimos las llantas y antes de despedirnos les mostré cuál era la puerta de mi habitación para que a la noche me buscaran para ir a hacer la fogata que habíamos planeado.

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A las diez de la noche me fueron a buscar, prendimos el fuego y charlamos hasta la medianoche cuando nos ganó el sueño y cada uno se fue a dormir… ellos tenían que caminar unos 40 minutos para volver a sus casas. Yo me fui a acostar sin poder creer el día que había vivido,  parecido a un sueño, a un sueño hermoso. Se me aparecían imágenes, fragmentos del día que no pude fotografiar, ni grabar en ninguna parte más que en la memoria.

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