Copacabana

DSC03964 (800x435)Estoy en el cuarto  de Mónica, ella teje en el suelo sentada en el medio de su saguña. Le ha dado de mamar a su guaiguita y después se lo ha vuelto a amarrar en la espalda. Ella vive en éste cuarto junto a su hija y su marido, trabajan en el hotel que queda arriba: dónde yo me hospedé anoche. Me dejaron quedarme acá con ellos hasta que sea el horario de mi barco a la  Isla del Sol. Porque “la dueña del hotel (la jefa de ellos)  es mala, no la va a dejar quedarse en la habitación más de la cuenta”.

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Mónica teje y teje y mientras chalamos sobre la vida, me cuenta que tiene 24 años y su marido 20, que la madre de él no lo quiere recibir. Que están acá para ganar dinero porque la familia de ella es del campo. En un momento entra la dueña del hotel y  pegando un portazo,  grita en aymara unos palabreríos que no comprendo, sin tomar una bocanada de aire grita y grita y la cara de Mónica se va transformando. Respira. Yo me quedo con los ojos abiertos mirándola a la mujer. En un momento se va, y así como cierra la puerta, Mónica se larga a llorar. Me cuenta que ella riñe todo el día con ellos, que no aguanta más. Yo le pregunté por qué no buscan otro lugar dónde trabajar y ella me dice que sí, que pronto se van a ir. Entonces vuelve a entrar la mujer y otra vez riñe y otra vez despilfarra una violencia bruta que dan ganas de saltarle encima, callarle la boca o darle un abrazo, ése que seguramente le faltó siempre. Yo pienso en el día a día de esta familia: abusados constantemente por la mujer, usando como filo de la navaja el trabajo que tanto necesitan. La injusticia tremenda, la opresión.

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Con un sabor amargo me voy a dar una vuelta por el pueblo. Copacabana es bien hermosa, con sus pequeñas construcciones de colores… su lago que parece mar. La gente trabaja y trabaja al mejor estilo boliviano; incansablemente, desde antes que salga el sol hasta bien entrada la noche. Todas las calles de Copacabana suben o bajan, son bastante anchas y tienen las veredas estrechas. Hay montañas por dónde se mire. Hay algún dejo tropical en el ambiente general del pueblo, no así en la temperatura bien fría y  de aire seco. Llueve, por lo general de noche y sobre el lago Titicaca se puede ver un espectáculo de rayos, de ésos que lo dejan a uno más bien quietito y sin parpadear.

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Yo siento un poco de frío, camino y camino, subo y bajo. El lugar tiene una fuerza particular, un no sé qué en el aire. Tal vez por culpa del lago: majestuoso, imponente y sagrado. Tal vez por las montañas repletas de rastros Incas. No sé. Hay lugares que especialmente me atrapan: como la  catedral que construyeron frente a la plaza de armas, dónde entro en silencio y me pongo a meditar.

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Mi barco sale al mediodía. Yo me acerco al puerto deslumbrada por el agua azul brillante y la imagen graciosa de todos los patos a pedal que llevan a navegar a los turistas. No me puedo sacar de la cabeza a Mónica, a su marido y a su hija. El barco zarpa, yo voy en el techo: el viento helado me obliga a ponerme todo lo que llevo encima. Mientras navego no puedo creer lo que veo. El lago y los paisajes que lo circundan, la magia que hay por todas partes. Me empiezo a dar cuanta que mi estadía en la Isla del Sol iba  a ser distinta de lo que imaginaba… tal vez más fuerte, más capaz de dejarme quietita y en silencio. Tendiendo puentes entre la conciencia cotidiana y otra anterior.

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