La Paz, extrañarlo en la capital boliviana

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Llegué a La Paz de noche, hice parada del colectivo en el mercado  de las brujas. No hay ya casi nadie en las veredas, sólo ellas: con  sus puestos improvisados de inciensos, amuletos y toda clase de hierbas mágicas. El olor de los fetos disecados de las llamas me desagrada muchísimo, trato de no mirar pero todos los colores y formas de los puestos atrapan mi atención inevitablemente. Escuché, la última vez que estuve, que por acá hay lugares económicos para hospedarse. Los busco pues.

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Si, me vine a hospedar lejos del prado porque toda ésa parte me hace acordar a él. Porque todo se tiñe de su cara y sus manos, del día en que se fue y que yo me inventé una carta al presidente para distraer la mente y no perderme en la tristeza que anticipé ya varios días antes del día de su avión marcado. Su avión triste, tonto, ladrón.

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Como no quería acordarme de sus manos, ni de su cara, ni de su avión me vine a otra parte de La Paz, ya ven, inútilmente. Porque al encontrar la pensión barata dejo mis cosas, me voy al mercado a cenar y termino, por inercia o por decisión, cenando en el mismo lugar que comimos el día antes a que se fuera. La mujer que atiende ésta vez está malhumorada: será la hora, ya casi las 22, la señora  está trabajando desde las 6 de la mañana. Porque aquí si no se trabaja no se come. Replica al oírme elogiar su comida.

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Después me voy más al fondo del mercado porque me descubro antojada del chocolate sucreño que no comí ésa vez que decidimos picar salado en lugar de dulce.  Me compro el más grande que venden, no amargo, con leche. Lo abro apenas después de que me dieran el vuelto. Viene bien para el frío.

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Una noche a  unos puestos de ahí, nos pusimos a bailar cumbia en el pasillo del mercado. Había un puesto de venta de CDs truchos con música a todo lo que da. Como si no existiera el mundo bailamos hasta que se acabó la música, la cholita que vendía lloraba de la risa y un hombre equis se quedó petrificado a un metro nuestro, mirándonos los pies.

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Entonces salgo, obviamente, del mercado a la plaza central. Y ahí está  la iglesia enorme de piedra con puro oro pintado  en la que fingimos un casamiento, estallando en carcajadas que rompieron vitales toda la solemnidad sacramental que había en el aire.

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Y en frente de la iglesia están las escalinatas en dónde casi vamos presos la última noche. Nos salvó del “me van a tener que acompañar” que sentenció el oficial, negar con la cara de póquer más estridente, que la botella de vino tinto era nuestra. Le dije al oficial que nos habíamos sentado ahí (junto a la botella de vino) como se siente uno en cualquier parte, que solo estábamos disfrutando la noche, sacándoles fotos a los perros. No sé cómo la bolsita de aceitunas no nos delató. Nos fuimos tomados del brazo y hablando bajito: él no paraba de repetir zafamos y yo no paraba de decirle que me hubiera divertido mucho ir presos en La Paz. A lo que él me respondía, cada vez: no, la última noche, no. Era así: él me recordaba cada tanto que se iba y yo no sabía qué hacer para salir ilesa de la situación, o  para convencerlo de que se quede. O para olvidarme de que se iría. O para olvidarme de él. Pero toda la historia no la había inventado, me había asaltado trayendo colados todos los sentimientos. En hora buena para porque aprendí que en la vida es mejor compartir y que pasen cosas.

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Bueno, quiero -les juro- escribir de La Paz, o del desierto o de algo no sé, pero todo vuelve a él. Respiro un poco. Mi habitación tiene cinco camas, una la ocupo yo. Si él estuviera aún habría cuatro libres. Nos encantaba dormir abrazados. Una vez llegamos a la mañana bien temprano a un hotel en sucre, antes de darnos la llave el hombre de recepción quiso tomarnos los datos y cancelar la noche. Le pedí por favor que nos permitiera ir a dejar las mochilas a la habitación, que enseguida después haríamos todos los trámites. No llegamos a cerrar la puerta, ni a sacarnos las zapatillas, ni las bufandas, ni las camperas, que abrazaos nos desmayamos en una de las dos camas. Cuatro horas después nos despertamos enredados y un poco transpirados, respirando uno al compás del otro. Nos podrían haber robado todo: ganó el cansancio, o no nos importó.  Si, cursilerías que sólo tienen valor para nosotros mismos. Pero qué va, quiero hablarles de las luces del alto que se ven desde la ventana de la que escribo, pero no me pasan las luces, me pasa él. Me pasa haber vuelto al lugar de su cara y sus manos y su avión. Saquemos el avión.  Me pasa haber vuelto.

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Algo me encanta de esta ciudad. Y es raro, porque por lo general odio el caos, el tráfico, los comercios y toda la idiosincrasia de las personas urbanas. Pero La Paz, La Paz tiene algo como tenía Potosí. Me gusta perderme en ésta ciudad. Me gustan los grafitis de colores que hay en todas partes. Las calles angostas que suben y bajan, que todo el tiempo alguien esté a punto de atropellarte. Me gusta incluso que haga frío,  que falte el aire por la altura, que llueva dos veces por día. Me gusta el mercado central ése, donde como mi sándwich vegetariano por 3 modestos pesos bolivianos, viendo todas las luces de la cuidad. Los colores de las telas de los negocios de suvenires. Haber vivido acá una historia. Saberlas a las calles testigos: la magia ésa que tiene la memoria.

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