Cochabamba con los ojos cerrados

La percepción se expande cuando llegamos a un lugar que no conocemos. Es un proceso que se da naturalmente: la necesidad de entender, de saber cómo manejarse lo lleva a uno a recopilar toda la información que puede en el menor tiempo posible.

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Pasa a veces también que uno está muy mental entonces en lugar de abrirse a ésa percepción del lugar al que se llega uno juzga cada cosa que ve según la balanza de sus preconceptos. Entonces, por lo general, toda la experiencia de arribo se vuelve catastrófica: los lugares hostiles, la gente mala, los paisajes feos. Nada resulta como uno lo esperaba porque pues claro, la vida no es nunca –y gracias a dios- una idea.

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Yo detecto cada vez con más astucia cuándo estoy entregada a lo que trae cada lugar, entregada a la vida, y cuándo estoy, por el contrario, queriendo controlar todo, pretendiendo brutamente que la realidad se manifieste sólo como yo quiero. Y el problema es que ese “yo quiero” es un querer caprichoso sin cabeza ni pies que tiene como lema la insatisfacción garantizada. Por suerte el estar presente se entrena, como se entrena una habilidad cualquiera y a medida que uno va descubriendo el espacio que se abre en la psiquis y en el corazón por falta de la especulación constante, uno se va reafirmando en ése andar disponible y va dejando atrás, cada vez más decidido, a los corderos de la razón.

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Llegar a un lugar con toda la piel y la mente en blanco ¡qué placer! Entonces el lugar es el lugar y no más que eso. No tiene una etiqueta en cada baldosa: feo, bonito, ruidoso, alegre. El lugar es. Y uno es en ése lugar… es ahora y no para siempre. Es, mientras todo va cambiando por efecto del desplazamiento o del mismo tiempo.

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Yo les quiero contar que para mí esa es una de las magias del viajar. La oportunidad de descubrirse a uno mismo en las formas de estar y de mejorarse: volverse más perceptivo.

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Cerrá los ojos, te voy a llevar a un lugar. Le dije a Guille en una vereda ridículamente estrecha del centro de Cochabamba. Un Taxi-trufi pasó y casi se llevó puesta mi mochila que sobresalía de la vereda hacia la calle. Más que veredas Cochabamba tiene andariveles para una persona en singular.

No! De ninguna manera, a dónde querés ir bó*?

(*Guille es uruguayo)

Cerrá los ojos, confía en mí, un segundo por favor. Guille los cerró, yo puse una mano sobre su espalda y la otra sobre su hombro y lo empujé un poco como para que empezara a caminar. Dio medio paso, no se aguantó y abrió los ojos.

Basta. No los voy a cerrar, para qué?

Bueno entonces los cierro yo. LLevame a caminar por Cochabamba.

Así hizo, me llevó una cuadra o dos y en un momento se decidió, tentado tal vez por mi cara de felicidad: cerró los ojos y no los volvió a abrir por las siguientes dos horas y media.

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Su cuerpo cambió al cerrar los ojos. Todo estaba alerta, caminaba tanteando, algo endurecido.

-Amor, tenés que entender que sólo tengo una oportunidad para ganarme tu confianza: no voy a dejar que te choques con nada, ni que te lastimes. Dejá que te lleve y por ninguna razón abras los ojos.

-Bueno, está bien.

-Pero no abras los ojos.

-Bueno.

-Pase lo que pase, no los abras.

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Guille cumplió tan a rajatabla mi pedido que ni cuando, por distracción mía o por el caos singular de la ciudad, se chocó con alguien, abrió los ojos. Recuerdo a una señora muy gorda cargada de bolsas chocarse con él y lo recuerdo a él darse vuelta –con los ojos cerrados- y pedirle disculpas.

Su cuerpo se iba abriendo al acostumbrarse a andar sin el punto de apoyo de la vista. Se iba relajando y se iba volviendo más expresivo: yo podía leer difusamente lo que le pasaba en los distintos lugares. Lo notaba ahí, muy alerta.

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Entonces me descubrí estando muy alerta yo también a otra dimensión de Cochabamba, a otra que pasaba por alto justamente cuando relegaba en demasía mi atención a la visión.

Al saber que a él le faltaba la vista empecé a poner mi atención en los otros sentidos. Empecé a buscar olores, texturas y temperaturas diferentes en la ciudad para que él pudiera experimentarlos. Entonces me empecé a guiar por el olfato, por los relieves, por los ambientes y la circulación del aire que tenían, por el bullicio y el contraste con el silencio.

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Es maravilloso, porque ahora recuerdo Cochabamba y lo primero que se me viene a la memoria es un olor muy fuerte a cera que sentí en un negocio – de los tantos que había- que vendía miel pura embebida en pedazos de panal. Un sonido muy claro mezcla de motor de mini bus, cantos de pájaros y una conversación enardecida en primer plano entre un hombre de unos 60 años y un alguien de quien no escuche la voz, con un vocerío inentendible en segundo plano. Y una imagen de una pared desteñida con una señora apoyada que vendía unos cereales muy redondos y duros (que con muecas le pedí que me permitiera agarrar, para ponerlo en las manos de guille). Y se me viene la sensación de subir los escalones para entrar en las galerías de las casas que eran siempre túneles frescos y notablemente más silenciosos que las veredas de la ciudad. Y recuerdo una tela de una pollera que vestía un maniquí y que cuando se la hice tocar a guille él se asustó “¿me estás haciendo tocarle la cola a alguien?”. Me acuerdo reírme a carcajadas y recuerdo, como si fuera una foto, la esquina que estaba mirando cuando eso pasó.

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Descubro que la visión también se había agudizado al abrir los otros sentidos. Tengo ahora una memoria fotográfica nítida y clara ligada a cada sensación.Imagen

Cómo cantaban los pájaros en las plazas de Cochabamba. Y las gotitas finas de lluvia que caían sobre la piel aliviaban un poco el calor. La irregularidad de las veredas, la situación de tener que subir dos escalones a la mitad de una calle cualquiera para poder seguir andando. El caos del tráfico, el ruido, el humo, la velocidad. La gente atareada, con las bolsas de la gente, con el apuro de la gente, con toda la cantidad de gente que parece vivir en ésa ciudad. Los helados que se venden por todas partes. Las palomas que te aletean en los hombros por su bajo volar. El perfume de flor vieja de las florerías. La tiendas de textiles que están por todas partes. Los puestos de diarios y el ruido de los plásticos que cubren sus ejemplares. El helado con sabor a colorante que venden en la heladería más grande que hay. El olor del baño de hombres de ése mismo lugar. Las burbujas gigantes de la plaza por las que le hice a Guille “sacar una foto con los ojos”, abriéndolos un segundo nada más. El silencio que hay dentro de una oficina de catering de bodas, la cara de signo de interrogación de la mujer al vernos entrar. El dejar de pensar en uno mismo y cuidar de otro. El verse inmerso en una dimensión que siempre se había pasado por alto.América Latina 657 (800x450)

A Cochabamba la conocimos más profundamente, la conocimos de muchas maneras. Dejábamos bastante energía en cada visita a la ciudad. Nos vino bien habernos hospedado en las afueras, a 20 minutos en taxi-trufi, en un lugar llamado Tiquipaia.Repleto de flores y de casas con jardín. Como nuestra cabaña: rodeada de puro verde, una pileta techada, pelota de fútbol, hamacas paraguayas y un perro que completaba el panorama.

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Te juro que le pediría al dueño que me deje cortar el pasto. Me dijo Guille, entusiasmado, después de que dejáramos las mochilas en nuestra habitación. Yo compartía su entusiasmo: parecía un sueño. Un lugar de esos que son la versión más bonita de la imagen de hogar que uno puede idealizar.

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Leímos, caminamos hasta agotarnos, sacamos fotos, escribimos, jugamos al fútbol con el perro, vimos películas, nos metimos a la pileta, vimos al cielo estallarse en tormentas, escuchamos música, charlamos y nos enamoramos al paso. Vivimos días que me parecen mentira, compartiendo la felicidad de estar caminando juntos.

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Una respuesta a “Cochabamba con los ojos cerrados

  1. Emi….cuantas veces no disfrutamos de lo que se nos presenta cada momento, por pretender que fuera distinto….creo que perdemos muchos detalles por no saber aceptar el aprendizaje que nos regala cada situacion…sea dificil o no… triste o feliz…no importa…es muy bueno saberlo eso…hermoso relato

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