Sucre, la ciudad blanca

Llegamos a Sucre a la madrugada y nos dormimos atravesados entre los asientos de la terminal hasta que se hizo de día. Habíamos llegado a la ciudad blanca y yo me imaginaba algo pero no sabía bien qué esperar.

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La cuestión es que  estaba enferma, me dolía mucho la garganta y me dolía asimismo el cuerpo entero. Ya saben, la habilidad ésa que tiene la gripe de hacerte doler músculos que juzgabas inexistentes. Me sentía floja y cargar la mochila era toda una hazaña. Finalmente, unos 20 minutos después   de que salimos de la terminal (que a mí me resultaron como una hora), encontramos un hostal dónde hospedarnos a 35 bolivianos cada uno.

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Nos desmayamos con Guille en una de las dos camas de nuestra habitación. No supimos nada del mundo hasta cuatro horas después cuando  nos despertamos. Santa cura de sueño, al despertarme me sentí mucho mejor. Tenía ganas de salir a caminar y descubrir Sucre.

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Nos hospedamos frente al mercado central, a dos cuadras de la plaza principal. La vida de las ciudades tiene su máxima expresión en los mercados. Es por eso que ahí elijo hacer mis desayunos, cenas y almuerzos.  Además de encontrar los precios más accesibles – a veces insólitos- uno ve la idiosincrasia de las personas, las necesidades, la forma de circular y hacer circular. Los apuros, las pausas, la buena y la mala educación.

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La blanca ciudad resulto ser bastante más sofisticada de lo que había imaginado, alguna suba en el nivel adquisitivo de la población en general en comparación a lo que venía viendo en las otras ciudades,  pulcritud tanto en las calles como en las pinturas blancas de las fachadas de las construcciones coloniales (que abundan en la parte central y se van mezclando con otras más improvisadas más hacia la periferia). Parte de Sucre está montaña arriba, algo parecido a La Paz, pero en miniatura.

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Sucre cumple, como todas las ciudades de Bolivia, la regla de sectorización de los comercios: dos cuadras a la redonda de peluquerías, acto seguido diez cuadras a la redonda de repuestos automotor y otras tres cuadras de tejidos, con otras cinco de productos de limpieza. Todo es por zonas: así como funciona el mercado central, funciona la ciudad entera.

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La noche lograba desplegar  la magia de la ciudad. No se si era que se vaciaban bastante las callecitas de autos, micros y taxi-trufis, que la gente seguía vendiendo cosas sobre las veredas pero alumbrados ahora por pequeñas luces de abajo, si era el contraste de las paredes blancas con la negrura de la noche, o las fuentes de la plaza que seguían escupiendo agua hasta el amanecer. Tal vez era el mercado, que excepcionalmente, también abría de noche. O por ahí era el salir a caminar con Guille casi solos por la calle bajo los faroles coloniales ésos que me generan tanta contradicción.

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Con Sucre no me pasó amor a primera vista. Ni a segunda, ni a tercera. Me gustó haberlo conocido pero tanta blancura, tanta mansión española reciclada, tata fuente barroca pintada de dorado, tanto rastro de cómo vivían los que succionaban al  Cerro Rico de Potosí lograron desencantarme un poco y generarme bastante incomodidad: la situación de verlo bonito, pero conocer su raíz. A pesar, ya se, de que ahora es otra la historia: de que ahora es una ciudad que vive en torno a la universidad, etcéteras.  Me fui rápido. Dos días después tomamos un micro rebalsado de gente hacia Cochabamba: lugar caótico, colorido y repleto de palomas en el que encontramos un nido dónde nos quisimos quedar.

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