Tarija: un lugar, todos los lugares

DSC01593 (800x450)Las horas más  largas, locas y adrenalínicas que alguna vez pude esperar de un viaje en bus consistieron en un micro viejo que partió a la noche, por camino de ripio, al borde del precipicio desde Tupiza hasta Tarija.

La luna llena iluminaba como el sol al mediodía y todas las ilusiones de dormir en el viaje que nos habíamos hecho con mi amiga Brenda, se desvanecieron en el aire durante la primera hora de recorrido.

Cómo ponerlo… les podría decir por ejemplo que tenía la computadora guardada en la mochila de mano (que estaba apoyada en el suelo del bondi, frente a mi asiento) y temí enormemente que se destruyera por tanto rebote y sacudón. Hasta ahí todo normal, sacudones… se puede vivir con eso. Pero en un momento llegó la frase de Brenda:  Emi, vení, por favor, vení a ver esto.  ¿Qué Bren? Le pregunte, porque ya me había acomodado – con lo difícil que resulta hacerlo en una verdadera montaña rusa y me daba mucha fiaca levantarme… en últimas qué podría haber tan impresionante en un camino de ripio a media noche- No, vení, vení, vení. Tenés que verlo.  Ante su insistencia, su nariz pegada al vidrio y los ojos redondos como dos monedas decidí ir a ver qué estaba pasando.

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Lo que estaba pasando me llevó a mí también a pegar mi nariz en el vidrio, abrir los ojos como dos planetas y temer por mi integridad. El cañón del colorado estaba en Bolivia, mentirosos, y a dos centímetros de la ruda de nuestro bus: destartalado y dudoso.  No exagero: durante tres horas nos quedamos estupefactas mirando a través del vidrio. La sensación que tuve de peligro, mezclada con admiración por la belleza brutal de ésos precipicios, el frío que entraba por las ventanas que se abrían solas por tanto rebote, las decenas de cruces que indicaban muertos por la ruta que había, me llevaron a vivir una experiencia impensada. No sé cómo traducirla en palabras. No se puede. Si a mí misma alguien me lo contara, no le creería. No entendería la dimensión. AH! Y la cumbia, la infaltable cumbia boliviana, a todo lo que da… durante todo el viaje.

El viaje fue interminable, hacía tanto pero tanto frío que decidí sacar los apoya-cabezas de dos asientos y ponérmelos en las piernas (véase la foto arriba). Arribamos a las tres de la mañana a una estación siniestra y sentíamos como si fueran las cinco de la tarde. Estábamos agotadas. No sé cuánta adrenalina había destilado nuestros organismos pero era seguramente mucha. Durante el trayecto conté seis veces que ante una curva el chofer debía dar marcha atrás y hacer una maniobra para poder sortearla.  Alquilamos una habitación de mala muerte en un hotelsucho de la estación. Tarija era un gran signo de interrogación para nosotros: hasta entonces nos daba la impresión de un lugar lleno de bulos, todo feo (feo como Retiro de Buenos Aires), oscuro, turbio y fronterizo. Claro, todo lo que percibíamos estaba teñido por el cansancio más extremo.

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Cuando fuimos al centro de la cuidad, al día siguiente, supimos que lejos de ser un lugar horripilante, Tarija era un lugar bellísimo, prolijo, bien cuidado y colorido en el que nos queríamos quedar.

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La variedad de paisajes que se conjuga en Tarija es descomunal. Por un lado valles con viñedos y  plantaciones de flores, por otro  quebradas de montañas con cóndores volando, ríos, cascadas y aguas termales. Pueblos coloniales intervenidos por la colorida vida boliviana.

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En la cuidad, hermosas plazas bien prolijas y floridas, mercados alucinantes, parques de diversiones. Me daba mucho placer de salir a pedalear y recorrer en bici cada rincón. Encontramos un hostel super agradable dónde conocimos a Alex y a Guille, futuros compañeros de viaje. Nos quedamos más de lo pensado en la cuidad sureña. Nos encantó. Y el bautismo del viaje en bus, no podría haber sido bienvenida mejor.

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Con mi hermana, amiga, compañera, dando vueltas como locas en la Estrella Mortal. Gracias Bren, por retratar el viaje en micro!

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