La cucha y la frontera

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Dormimos en un lugar escalofriante. Era la casa en refacción de un poeta humahuaqueño de hace 100 años. Un lugar siniestro, con serruchos en el piso, camperas de nailon de los albañiles, el techo a medio caer y un colchón que más que un colchón parecía un juntadero de polvo, verdadero criadero de vinchucas.

Terminamos ahí, mi amiga de la vida Brenda y yo por culpa de un contacto que me pasaron algunos pueblos más abajo. Yo llegué a Humahuaca para encontrarme con ella a la tarde, faltaba poco para que anocheciera y el plan que teníamos era irnos directamente a La Quiaca a la madrugada del día siguiente. Necesitábamos dormir un par de horas nomás  y gastar lo menos posible.

Cuando le comenté a Bren acerca de mi contacto de presupuesto nulo, ella me dijo que el no ya lo teníamos: que podíamos intentar. Seguimos entonces las indicaciones de mi cuaderno: calle cerca de la estación y la plaza, puerta de madera, Falcon rojo estacionado en frente, altura de calle de dos cifras. Llegamos y nos encontramos con los seres especiales que viven ahí. Un luthier y una mujer robusta, de pocos amigos. Cuando le expliqué la situación, de mala gana nos ofreció un “lugar” para quedarnos a 20 pesos cada una, le pedí  15 y  aceptó. Tardó horas en llevarnos al lugar (que quedaba a una cuadra y media de su casa). Antes nos habló, nos habló, nos habló. Yo no le caí de la mejor manera, ni ella a mí.

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Finalmente se dignó a llevarnos y al llegar descubrimos que habíamos alquilado una pseudo habitación en refacción polvorienta y desarmada. Hacía un frío impresionante. Extendimos las bolsas de dormir sobre el colchón e intentamos, sin lograrlo, dormir. Fue entonces cuando decidimos trabar la puerta de la obra (porque no era un cuarto, era una obra) con un palo y un horno que había al costado de la cama. Tardamos en decidirnos si dejar la luz apagada o encendida. Cada vez que pasaba alguien por la puerta nos moríamos de miedo: yo agarraba mi navaja con una mano y el gas pimienta con la otra. Nos mirábamos con Bren. Nos parecía ridícula la situación, nos jurábamos que iba a ser la última noche que pasáramos así durante el tiempo en que viajáramos juntas. Finalmente, no sé cómo, nos dormimos. A las 5:30 del día siguiente nos despertamos, caminamos aun de noche a la terminal  y a las 6 nos tomamos el micro  a La Quiaca.

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Yo dormí todo el viaje. Hacía frío en el micro. Éramos creo las únicas argentinas, Bolivia ya se empezaba a sentir. Me daba alegría.

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El cruce de frontera fue fácil. Hicimos una fila no demasiado extensa, llenamos todos los papeles, no entregamos el certificado de vacuna de fiebre amarilla (supuestamente obligatorio) y por el paso de caminantes aparecimos en la ansiada Bolivia.

Sentí amor a primera vista: los colores, las vestimentas de las cholitas, la gente vendiendo comida en la calle, el caos, la musiquita, el sol mezclado con el frío…

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Los buses sin aire acondicionado pero con cumbia a todo lo que da nos dieron la bienvenida cuando nos fuimos de Villazón a Tupiza.. el pueblo que nos enamoró por su mercado, que nos hizo huir de él por el Dakar.

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 Tupiza (crónicas de la  espera del maldito Dakar)

El primer pueblo boliviano en el que nos quedamos estaba revolucionado: motos, personas, niños, monumentos y edificios disfrazados con la insignia del Dakar. Turismo interno, lugares  colapsados. Nos costó encontrar dónde dormir. Había más cámaras de fotos que personas y en ningún lugar conseguimos comprar un mapa de Bolivia, pero conseguimos en cambio muchos de la ruta del Dakar.

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Hello chicas, vienen por el Dakar??  ¡Dios mío! ¿Qué le pasa a todo el mundo? No nos parábamos de preguntar. Una carrera ridícula, según mi parecer, no sólo por toda la parafernalia a su alrededor sino por la contaminación bruta que va dejando a su paso.

Nos internamos en el mercado central, el primero de todos los que vinieron después, a comer comida típica boliviana, a hablar con la gente, a preguntar cuando algo nos llamaba la atención: como por ejemplo cuando vimos fetos de llamas disecados, colgados del cuello en las santerías. Nos dijeron que eran amuletos, que se usaba regalarlos cuando alguien se casaba. Almorzamos cada día por  5 bolivianos un plato repleto de comida. Caminamos por las calles de Tupiza. Fuimos testigos de cómo hora a hora aumentaba la fiebre de Dakar, lo que nos invitó a irnos de la cuidad.

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Compramos por 50 bolivianos un pasaje a Tarija, un pueblo cerca de otra frontera argentina. El viaje duró ocho horas… las más largas, locas y  adrenalínicas que alguna vez pude esperar de un viaje en bus.

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