Potosí, fragmentos.

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Llueve en Potosí.  Hace un frío gélido que congela las manos. Dejo la ventana semiabierta de la pensión dónde me hospedo, escucho la lluvia, los motores pasar.

Mi compañera se fue de excursión a la mina de plata, fue con la intención de llevar bendiciones,  a mi todo el marchandising alrededor de esos tours me provoca escalofríos. Que te disfracen de minero para llevarte, que saques fotos en el medio de ese mar de muerte y dolor. Epicentro del saqueo brutal de nuestra tierra madre, esclavitud de nuestros hermanos, dolor. Vergüenza. Dolor.

Potosí es una ciudad caótica, tiene calles estrechas repletas de minibuses, taxis, personas y personas con  carros. Las construcciones coloniales son todo lo  que hay. Me pasa algo encontrado con ellas: las miro y me parecen pintorescas, bonitas en medio de todo el colorido de las calles bolivianas, pero a la vez, siempre me pasa, no puedo evitarlo, las miro con un dejo de impotencia. Como si me provocaran bronca, frustración, o algo parecido, no sé. Y entonces me empiezo a preguntar: qué habría ahora si no hubieran llegado ellos, cuál sería la historia, qué sería de nosotros. O al menos si hubieran llegado de otra manera. Me acuerdo de mi apellido también y pienso en mi sangre… en cómo fue distinta la llegada a la Argentina de mi bisabuelo, en busca de trabajo y la posibilidad de vivir una vida aceptable a fuerza de voluntad. Pero pienso también en algún ancestro mío, alguno mucho más antiguo… y pienso, y no entiendo mucho. Todo convive curiosamente. Siento algo de incomodidad.

El corazón no paró de latirme rápido.

                                                           será la altura

Hoy una cholita me invitó a almorzar. Fui al mercado central y elegí el puestito dónde ella estaba a la mesa. Pedí un poco de arroz, un poco de papa, un poco de ensalada y un poco de huevo (ustedes saben lo fácil que es conseguir comida vegetariana en Bolivia) y la mujer me dijo que me saldría 5 bolivianos. Durante el almuerzo charlamos las tres, la cocinera, la cholita y yo. La cholita me dijo que iba a ir a Buenos Aires y yo la invité a quedarse en mi casa, ella retrucó con otra invitación a su casa cuando se termine de construir, le di mi teléfono  y al rato ella se levantó y pagó también mi comida. Intenté encontrarla para agradecerle con una grulla de papel después. La cocinera me indicó cuál era la feria en dónde ella trabaja, pero no pude encontrarla.

Me dormí en un banco de la plaza de Potosí. Estoy cansada. El corazón me sigue latiendo rápido y a veces me agito al andar. Nos sentamos después de caminar un rato con un viajero belga que conocí. Elegimos el banco frente a la catedral. Miro toda su inmensidad, toda su piedra… estiro un poco las piernas y apoyo la cabeza en el respaldo, miro la gente pasar, escucho los truenos, miro los autos, escucho las palomas y me voy durmiendo un poco. Me apago completamente de a ratos y de a ratos me despierto y miro un fragmento de la vida que sucede en Potosí.  Todo parece una película. El viajero belga me cuida, me deja dormir. Yo no puedo despabilarme, tampoco quiero irme a acostar a la pensión. Me quedo ahí, es un dormir profundísimo pero consiente de lo que va pasando alrededor. Una forma de esta rara. Me relaja el ruido la ciudad. Toda la vida que sucede alrededor.

Después se largó a llover y saltando de galería en galería llegué a la pensión. Me puse a escribir esto. Después tomé un café con un desconocido, hablamos de Evo Morales.

Llueve y hace frío en potosí. Será la altura. El corazón no me deja de latir, pensé en quedarme un día, ahora ya se transformaron en dos, van para tres.

El hombre que toma un café delante de mí me habla de reconciliación, de no llorar sobre la leche derramada, de hermanarnos. Pienso otra vez en mi apellido, en la cola de paja europea que arrastro y pienso que lleva ya 500 años. El hombre habla. Yo escucho. Yo hablo. El hombre escucha. Por momentos sonreímos fuerte. Algo de mi cadena ancestral se apacigua. Yo soy latinoamericana, el también. Como dijo: charlamos y tomamos café porque entendemos que somos lo mismo, a pesar de los apellidos, del color de la piel. Mi papá era español y mi mamá aimará. Ni siquiera sabía hablar español ella. Yo soy hijo de esta tierra, mezcla de los dos. No puedo pelearme con ninguna mitad. Sería una locura.

Yo siento amor por este lugar, el corazón me deja de latir tan rápido.

Será que de a poco me voy acostumbrando        a la altura.

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Una respuesta a “Potosí, fragmentos.

  1. La forma de escribir tan natural me lleva a estar un ratito disfrutando Potosí acompañada de la hija de mi querida amiga Ioli, que tambien es mi amiga y la amo. Ines

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