III. Un Paseo por San Salvador


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Cuando hago dedo me levantan enseguida…. O al menos solían hacerlo. Después de trepar el cerro frente al de siete colores para poder ver a éste último y apreciar debidamente cada uno de los siete, fui a la casa de familia donde me había hospedado dispuesta a autosuprimirme de ésta versión siniestra del norte argentino. Pura fachada y cartón pintado. Puro escabio y guitarreada de La Renga, compras y restaurante.

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En el camino encontré un chico con mochila y cara de desorientado. Supuse que estaba buscando hospedaje y lo llevé al lugar dónde me había hospedado. Agarré mi mochila, le dije que me iba porque ya no soportaba toda la locura turística. Que iba a hacer dedo a la ruta. Te acompaño, sugirió. Me pareció bien, charlamos en la baquiana mientras algunos autos ignoraban mi pulgar levantado y otros me daban explicaciones por señas que no lograba entender.  Qué raro, pensé y fue ahí cuando me dí cuenta que ya no era una persona sola haciendo dedo, una persona mujer cargando una gran mochila con cara de inofensiva. Era una chica haciendo dedo con un pibe sentado detrás. Podría bien haber sido una carnada. Dos cuerpos ocupan más espacio que uno… no sé. La cuestión es que no me levantó nadie por lo que me tomé el micro ($25,5) a San Salvador de Jujuy para enseguida enganchar con otro a Libertador.

Nada pasa por casualidad

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Estaba haciendo la fila para comprar el pasaje a Libertador cuando el chico que tenía atrás me toca el hombro para avisarme que habíamos perdido el micro. Decidimos entonces preguntar cuándo salía el próximo  y nos enteramos que tardaría una hora y media más. El sugirió que nos tomáramos un remis con otras dos personas, la diferencia sería de $5 y yo le contra oferté ir a dar una vuelta por San Salvador. Bueno, me dijo y nos fuimos conociendo mientras recorrimos las callecitas de la capital jujeña.

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Yo saltaba y me reía y sacaba fotos y él se quedaba quieto y se escondía un poco debajo de su gorra. Tenés vergüenza de mí, lo acusé. No, es que soy militar, no puedo ir saltando.  Respodió entre carcajadas. ¡Si, si podés! Lo convencí… Pasamos grandes momentos juntos. Nos divertimos muchísimo, nos hicimos buenos amigos.

Paseamos por la peatonal, por la plaza central, fuimos al cabildo.

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Viajamos charlando las dos horas y media hacia Libertador mientras el se peleaba con los parlantes de su celular porque quería poner bachata y no  funcionaban.

Los días siguiente, ya en Libertador salimos muchas veces. Fuimos a andar en moto, a caminar por la selva, a tomar licuados, a pasear cerca del tren de la alegría. El, yo, Lilén y Carlitos (mis hermanos Caliguelenses).

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