A Córdoba, de polizón.

¿Alguien que se vaya a Córdoba en auto? fue la pregunta que hice en facebook y que mi amigo Cali respondió. Así nomás nos encontramos en la esquina de Lavalle y Libertad un domingo a las 14.30 horas. Mi mochila y yo saltamos a su auto y el resto fue historia… nos lanzamos a un viaje juntos  hacia un lugar un poco más alto del país. Vimos el atardecer más alucinante y sostenido de la historia.  Tomamos mate hasta el hartazgo, pusimos la función aleatoria de la lista de reproducción de mi celular.  Prestamos atención a los carteles que nos íbamos encontrando y más de una vez nos reímos a carcajadas. “Morrison Alto Alegre” se llevó todos los aplausos.
Fue por culpa de estar sufriendo una recuperación económica pos-viaje que tuve la ocurrencia de publicar ésa pregunta y hacer una especie de dedo organizado. Gracias a ésa ocurrencia además de terminar viajando con Cali, conocí al grupo de facebook Vamos a Medias. “Este es un espacio para viajeros que quieren compartir viajes en todo el país. Propone tu viaje, tengas auto o seas pasajero. Por una Argentina más conectada, para disfrutar más y mejor de nuestra belleza y nuestra gente. Vamos a medias!” Me pareció una idea excelente y quería hacer correr la voz.

Le estoy encontrando el gusto a viajar de polizón en autos ajenos. Se abre todo un mundo al estar con otras personas, sobre ruedas, en un especio tan reducido. Una de las mejores decisiones que tomé en este viaje fue hacer dedo. (Si, estoy descubriendo la pólvora, ya sé). Es que nunca antes lo había hecho sola en Argentina.
 Todo comenzó cuando mi amigo Nacho, de La Cumbrecita, me invitó a bajar a Villa General Belgrano y hacer noche en El Rincón (un albergue que les recomiendo mucho). Decidimos que íbamos a hacer dedo en lugar de tomarnos el Pájaro Blanco.
Fue facilísimo. Pusimos un pie en la ruta, vimos una camionetita venir, levantamos el pulgar y nos subimos al trasporte que nos dejó en la Villa sin escalas. Al día siguiente decidí volver a La Cumbrecita y Nacho, en cambio, decidió quedarse. Me regaló un boleto de Pájaro Blanco. Anda en micro, Emi. Ya está. Lo tenés todo organizado.
Si.. le dije. Y apenas salí del Rincon… qué tanto? pensé, ahora quiero ver cómo es esto del dedo. Le pregunté a alguien que hablaba muy bien alemán y muy poco español qué calle llevaba a la ruta para ir a La Cumbrecita. El señor lo pensó mucho tiempo y me dijo con señas “primero así (derecho) luego  así (parar en la esquina) luego así (doblar a la izquierda)  luego así, así, así (seguir caminando y seguir y seguir…)”. Llegué a la rotondita de la entrada de la Villa.
Me puse a hacer dedo.
Es mi primera vez. Qué miedo. Se me aparecen las caras de mis papás enormes en la ruta. Me imagino como noticia de los diarios. Les rezo a mis santos. Pasa un auto, dos. Mejor cambio la cara. Viene una camioneta… pongo la sonrisa de tener un millón de amigos. Parece que sigue de largo… ah no! está yendo hacia la banquina… y está frenando. “Flaca!” me grita un pibe que saca su cabeza por la ventana. Y yo empiezo a correr para franquear los veinte o treinta metros que se habían tomado para pensar si me subían o no. Me subo. Les agradezco. Les tengo miedo. Para que no se me note les hablo de cualquier cosa. Me dicen que me van a  acercar poquito nomás. Menos mal, pienso.  Me imagino saltando de la camioneta en movimiento en caso de verlos desviarse. Me digo que estoy más peliculera que nunca y me doy la orden de relajarme. Llegamos, me bajan en la rotonda grande. Párate acá, me dicen. Alguien te va a  llevar seguro. Gracias. Y pongo un pie fuera del transporte. ¡Sigo viva! Otra vez pasan los autos. Hay un montón que toman la ruta a Córdoba capital, qué pena que no voy para ése lado. Viene otro en  camioneta. Le clavo la mirada en los ojos. Frenáme frenáme frenáme fena… ostia! ¿y si acá no me sube nadie? Bueno habrá que esperar… ¿y si voy caminando al costado de la ruta mientras tanto?… viene otro. Sonrisa: anda. Dedo: anda. ¡Acción!: lleváme, lleváme, lleváme, lleváme, llevámeeee.. Excelente! Paró y lo intuyo buen pibe. Ya no me da tanto miedo. A dónde vas? Para allá. A la cumbrecita? No, antes. Pero te acerco un poco. Perfecto!…… Sabés qué? te llevo hasta el puente…. ahí seguro te paran más fácil. Genial. Gracias, gracias. Chau.
Y así nomás me dejó en Intiyaco, un lugar de ensueños. Un río de caudalosa agua fresca rodeado de piedras enormes y pequeñas playitas. Acá me quedo, dije… baje hasta el rio por un caminito súper angosto. Me escondí atrás de unas piedras y me dije que me iba a tirar a nadar.. Ya  fue! Me dejo la remera y la bombacha, después me pongo el vestido que llevo en la mochila. Si, que buen plan! -me di ánimos- fui corriendo, chapotee rio adentro, hasta que el agua me llego a las caderas y sentí tres millones de agujas perforarme la piel.. Que no me iba a matar el dedo sino el agua congelada del rio. Salí carpiendo. Me tiré un rato al sol y volví otra vez a la ruta para hacer dedo.
Espero un rato. Pasa el Pájaro Blanco. Hasta la vista bebé! No te voy a tomar. Si la hago, la voy a hacer bien. Se va el Pájaro, pensando seguramente que soy una delirante. Y que tengo ganas de hinchar las .. Viene una camioneta despatarrada. Sonrisa: anda! ah! y le anda también al chofer. Frena a mi lado: Hola, Hola! Subí que te llevo, me dice el rubio de blanquísimos dientes y ropa de haber estado preparando adobe. Gracias por llevarme. Todo bien. Cómo te llamás? Emilia. Vos? Damián.        Novio?  No, vos? Si…. ¡pero si tu hubiera conocido a vos antes, no me ponia ni mierda de novio! y nos echamos a reír. Sabés qué? te llevo hasta la cumbrecita, total son 7  km más nomas. De verdad? Gracias. No, gracias a vos.  Me despido, salgo del auto y camino colina abajo por una callecita empedrada de cien millones de curvas para llegar a la entrada de La Cumbrecita. Estoy feliz, quiero pegar saltos y quiero irme de viaje por Argentina a dedo. Acabo de recibirme del jardín de infantes del autostop y siento mucha adrenalina. Me hice un par de amigos, paré en lugares en los que no hubiera parado, llegué a dónde quería llegar y todo gratis. Quiero dar la vuelta al mundo a dedo! (si… así funciona el entusiasmo).
En realidad también me pasa que para esta altura ya estoy  bajo el efecto FlowerPower que me invade siempre que vengo a La Cumbrecita…. y que no tiene nada que ver con hongos alucinógenos, sino con los amados duendes del bosque con quienes tengo el gusto de convivir en este lugar del mundo.
Paso a presentárselos rápidamente… para que tengan una idea de qué les hablo.
Duende número 1: Lo conocí hace más de dos años. Por aquél entonces el solía arremangarse los pantalones y con el agua del río hasta las rodillas, juntaba zarzamoras de las plantas . “Hago mermelada” me decía. Hoy, cuando nos acordamos de ésos días, reflexiona”estaba descubriendo los secretos de la abundancia”.  Vive en una casa sin electricidad a una hora de caminata montaña arriba. Tiene una huerta y plantación de lavanda.
Duende numero 2: Vive en el bosque en una casa del tamaño de un cuarto con un hogar para calentar  la pava y ventanas que dan al paraíso. Hace unos años alquiló un casarón alpino abandonado y lo convirtió en el Hostel Planeta Cumbrecita, el mejor hostel de la historia – si me permiten-. Más que un hostel es una viva y colorida comunidad… hermosamente cuidada, crisol de viajeros, místicos y soñadores.
Duende numero 3: Es un carpintero que hace poco terminó de construir su casa. También en el bosque, a unos pocos escalones de piedra de la casa del duende número 2. Lo conocí una tarde que estaba sentada junto al río, apareció del medio de la nada. Nos sonreímos. Hacía mucho frío y ya estaba anocheciendo. Se sentó a mi lado y no sé cómo terminamos hablando de amor.
Duende numero 4: Lo conocí esta vez, cuando llegué al hostel. Aparecí en la habitación donde duermen los chicos. Ahí estaba él. Un ser hermoso. Barba larga, pelo corto. Un viajero innato. Vivió dos años en Bolivia y desde que regresó anda por las sierras cordobesas. Recolecta iuios del monte, los seca y los separa en bolsas de papel… distinguiéndolos por sus propiedades medicinales. Anda siempre muy despierto, más dispuesto a escuchar que a dar discursos.  Ama a las cholitas. Se  niega a matear con mi mate chiquito, de metal.
Señores y Señoras, ellos son para mí la magia oculta del pueblo. Será por eso que decidí presentárselos antes de contarles que La Cumbrecita es un pueblo peatonal, que queda  a 1450 metros  sierra arriba. Está lleno de cabañitas alpinas centroeuropeas hechas de madera, perdidas en el tiempo.  Algunos inviernos nieva y todo el paisaje se tiñe de blanco. Los lagos se congelan y las chimeneas expulsan a toda hora humo grisáceo. Está lleno de Tabaquillos, enredaderas y  piedras con musgo. Hay más de una cascada. Árboles frutales. Bosques de pinos. Hay cerros inmensos para perderse horas caminando. En primavera, dicen, se desbordan las flores. Y hay una etapa del verano, después de las lluvias, en la que crece el Amanita Muscaria, un espécimen de hongo que parece mentira. Está Liesbeth, la casa de tortas más hermosa de la historia. Cada tanto la visita un flautista de dos metros de altura capaz de hacer sonar varias flautas a la vez.
Y están los queridos duendes.  Y también Mapuche. Y también Anita.
Mapuche
Anita
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