Asia, hasta pronto.

Desde hace un mes me duelen los aviones en el cielo. No puedo evitarlo, me da tristeza ver alguno de ésos metálicos pájaros sobrevolandome. Se llevarán con su vuelo el mío. Ladrones.  Me molesta su horrible sonido. Me recuerdan que tengo que volver. Que elijo hacerlo.
Se me caen arriba las avenidas de Buenos Aires. Hay tanto que iluminar, ciudad salvaje. Tanto que crecer. Tanto Amor por despertar en los atareados corazones.

Allá vamos, pues.  A reencontrarnos con el teatro. Yo, la Emilia que lo ama y que aún quiere crecer en él… Y ella, la Emilia que por éstas horas quiere mudarse a África. Viajar por India e  ir a ver auroras boreales.

Es de madrugada. No puedo dormir. En vez de condenarme a cambiar infinitamente de posición en la cama, elijo levantarme. Poner la pava para tomar mate y esperar el amanecer. Me siento en una silla de madera que saqué al jardín. El pasto está mojado por el rocío, apoyo mis pies en las húmedas hojas cecas. Es otoño en Argentina.  Prendo uno de los inciensos que le compré a una mujer en Indonesia, cuando con Lagir esperábamos el bote que nos llevaría a Panida. El perfume me transporta. Me dejo ir. Abro entonces mi cuaderno de viajes, el de papel, el que tiene mariposas (mi símbolo de la suerte) dibujadas y hojas blancas, sin rallar. Hojas libres. Comienzo por atrás y me encuentro con el último grupo de palabras que el viaje hilvanó…desde hace un mes me duelen los aviones en el cielo… dice, y me acuerdo de mis últimos días en el sagrado continente.

¿Por qué viajaste a Asia? ¿Qué esperabas ver? ¿Cuáles eran tus expectativas? No sé responder ninguna de esas preguntas. Intuye  que me iba a sentir en casa y  así fue.  Me sentí en  casa como nunca. Llegar fue como besar a mi madre tras una larga ausencia. Encontrar a mis hermanos, jugar en el jardín. Fue encontrarme en un mundo que era opuesto al que me crió pero en el encajaba perfectamente. Donde no tenía que hacer un esfuerzo por entender. Donde podía ser.  Donde las sonrisas y el amor por la naturaleza eran moneda corriente. Sencillez, alegría, ceremonias. Danza. Amor por la vida.

Siento que los viajes son un círculo en el tiempo. Un rulo si miramos nuestra vida como una línea.

Como no podía ser de otra manera, mi viaje terminó como comenzó. Pero terminó transformado.

Same same but different, me dijeron los asiáticos un millón de veces, cada vez que tenían oportunidad.

Comencé y terminé mi viaje en Bangkok, durmiendo en la casa den cauchsurferque vive en un piso 23 de un edificio blanco y enorme en el barrio de Samphanthawong. Llegue las dos veces después de haberme perdido en el barrio.
La primera fue a la mañana desde el aeropuerto del sur. La segunda fue a la noche, desde el aeropuerto del norte.
Le escribí a Felipeunos días antes de tener que volver (desde Indonesia) a Bangkok. Le dije que era el final del viaje, que sería muy lindo volverlo a ver. Que me gustaría terminar el viaje como lo había comenzado: surfeando su sillón.
Me dijo que si, que no había problema. Que él no iba a estar a la madrugada (horario en el que llegaría), que le iba a dejar la llave al guardia de abajo en un sobre con mi nombre.
El avión aterrizó a la una de la mañana. Y entre que encontré la manera más barata de llegar a Hua Lamphong (la estación central de trenes, cercana a su edificio) y me tomé el taxi que finalmente debiera haberme llevado a destino, se hicieron las tres de la madrugada.

El taxista no tenía la menor idea de dónde estábamos, dimos cien millones de vueltas en círculo hasta que decidí pagarle, bajarme y caminar (no podía ser muy difícil, había estado ahí hacía algunos meses)…. Caminé por las calles que me sonaban conocidas y en un momento llegué. Le pedí al guardia mi llave. Subí al edificio, dejé mi mochila y bajé otra vez para irme a cenar a algún puestito callejero de la increíble ciudad.

Qué sensación extraña me provocó el recorrer las calles que había transitado el primer día del viaje.

Me acordé que en ese entonces tenía miedo. Mucho miedo que desafiaba  a cada paso: que me iban a robar para trata de blancas (como me dijo el oficial de inmigración que estampó mi pasaporte marcando la salida de Argentina: ¿a Bangkok? ¡sola! Por favor! La trata allá es terrible…), que me iban a robar todo lo que llevaba, que me iba a morir de una infección si me picaba un mosquito, si probaba comida contaminada.

Se me dibuja una sonrisa algo tierna, algo burlona, al pensar todo lo que hice en Asia, todos los lugares en los que me metí, las comidas que elegí comer gustosa.  Si me hubieran contado en el primer  día del viaje que hacia el final iba a estar caminando sola, a la madrugada, por la misteriosa ciudad de Bangkok, buscando un puestito callejero para comer: arroz frito o lo que fuera, mis primeros pasos por la ciudad hubieran sido mucho más relajados.

Me siento parte de éste lugar. Camino por sus laberintos disfrutando cada paso. Procurando demorarme, como lo hago siempre en los lugares que me gustan y que me veo próxima  a abandonar.

No me dan ganas de volver. Me siento en el puestito callejero en el que había roto por primera vez todas las reglas alimenticias que el infectólogo me había puesto antes de comenzar el viaje. La misma mujer que me atendió en la primera noche, vuelve a hacerlo en la última. Toma mi pedido y enseguida se abalanza sobre mi cuello.

Agarra el collar que me había regalado el monje de Chantanaburi antes de que me fuera de su templo.  Me pregunta cómo lo conseguí. Me dice que soy afortunada, que con ése amuleto el monje me bendijo para que en adelante tenga suerte: para que sea muy feliz. Me sonríe y se va a cocinar a la carreta que tiene fuego y ruedas y está parada junto a la vereda, sobre la calle.

Tengo ganas de quedarme. Como en los cuentos de hadas… “y vivieron en Asia para siempre” sería mi final feliz. Todo pasó demasiado rápido. Todo fue maravilloso. Inclusive lo contratiempos y las vicisitudes. Hasta las peores situaciones se volvieron aliadas, se presentaban horribles mientras escondían bajo el ala el paraíso o una importante lección.
Todas las historias que les conté y las que no. Lo momentos menores, llenos de magia. Las partes rebeldes del viaje. Las asustadoras. Las que fueron un verdadero salto al vacío. Las que pusieron en juego mi identidad: mi sistema de valores. En las que me sentí triste. En las que me enamoré y dejé ir. Las que me liberaron. Las que ataron lazos. Las que hoy se considerarían tabú si las expusiera en un relato: por lo que no lo hice –al relato- pero que decididamente viví sin sentir un ápice de culpa (¡Gracias a Dios!) .

Todo eso está en mí. Cada mariposa es un recuerdo.  Y el cuaderno de descontroladas hojas blancas es cómplice. Me sonríe, le sonrío. No estoy en Asia. Ya no. Pero vive en mi. Y hay alguna Emilia que está festejando año nuevo en un pueblito sin luz en el medio de la selva de Laos. Y hay otra que baña a un elefante. Mientras alguna se pierde en moto y se le rompen los frenos. Hay alguna que nada bajo una cascada torrencial mientras otra encuentra un gusano en su sopa. Hay una que sobrevuela el desierto de Sahara y otra que maneja un tuk-tuk por  Cambodia. Hay una que se escapa de cinco hombres que la persiguen cerca de la frontera de Mynmar. Otra que toma un té viendo los arrozales.  Un millón que le rezan al Buda. Una que vive con los monjes, en los templos,  mientras otra hace el amor.
Hay una Emilia en Indonesia que escribe que le duelen los aviones en el cielo y otra que la lee en América del Sur.  Hay una última que escribe esta versión y se tranquiliza al pensar en las otras.  




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