Esa pequeña voz

Se viaja como se vive y se aprende a vivir viajando.  No viajo con manual porque sólo el hecho de pensar en que un papel me diga a dónde tengo que ir, qué tengo que hacer y qué tengo que mirar me pone nerviosa.
Como me pusieron nerviosa siempre todas las reglas, tendencias,  modas y  deberes que intentan, siento yo,  asfixiar las maneras genuinas de existir.

No Lonely Planet en mi mochila, ningún discurso de otro que organice mis pasos.

Pienso, entonces,  en cómo hice para llegar a muchos de los lugares a los que llegué  durante el viaje y aunque busque no encuentro respuesta. Entonces me maravillo y me siento agradecida hacia algo que no puedo nombrar ni describir pero que se parece a una brújula, está dentro de mí y simpática pero decididamente me guía.

Me guía como una alerta que se enciende siempre,  señalando mi norte. Alerta que a veces no escucho, que tapo con la neblina racional: los peros, los consejos de otros. Y que más temprano que tarde  lamento por haberla opacado.
Chicos que jugaron conmigo en una aldea muy muy chiquita de Laos.

Muchas veces durante el viaje supe que tenía que ir a algún lugar: un nombre que leía en el mapa, un pueblo que escuchaba nombrar. Y todas, absolutamente todas, las veces que al saberlo lo hice terminé viviendo experiencias maravillosas.

 

Sukhothai
A veces se trataba simplemente de desviarme del camino más corto de un punto al otro de un pueblo. A veces sentía que tenía que girar en algún lugar a la izquierda, que tenía que detenerme a ver las flores de un árbol determinado o que le tenía que sacar conversación a alguna persona que se me cruzaba en el camino. Hice cosas que se podrían juzgar como inútiles o tontas pero las hice porque sabía de manera irremediable que tenía que hacerlas. Y producto de ellas (a veces no por una consecuencia directa sino por un efecto parecido al de dejarse llevar en un río que baja en cierta dirección)  me encontré inmersa en escenas que recordaré siempre con el mayor cariño. Aprendí, amé, me deslumbré gracias a situaciones que llegaban a mi puerta sin que las buscara. Conocí gente maravillosa. Llegué a los lugares más bellos. Muchas veces me sentí muy muy chiquita frente a la existencia toda y sus maneras de manifestarse.

Otras veces, en cambio,  me sentí frustrada y triste. Todas ésas, fueron dos o tres, que haciéndoles caso a otros, dejé de oírme. “Nooo que de ninguna manera vayas a ése lugar, que no hay nada para ver.” “Noo que es muy muy muuuy peligroso.” “Vení a éste lugar que es una maravilla”… me equivoqué y me equivoqué mucho, cada vez que opaqué mi intuición por escuchar las opiniones de otros.

Estaba atravesando la selva de Nusa Lembongan en moto, feliz, cantando canciones, cuando de pronto veo venir a éste adorable personaje. El me sonrió cómplice de mi alegría, y cuando ya estaba lo suficientemente cerca me detuvo y  me preguntó si quería un coco… llevaba el cuchicho especial para pelarlo colgando de  su bolsillo.
Juntos  es  mejor.

Es que… ¿Cómo puede saber uno lo que va a pasar? ¿la gente que se va a encontrar en un lugar, a una hora determinada?

Me sorprendí llevándome a las situaciones más maravillosas sin saberlo, reemplazando al juicio racional, que busca lo seguro, por otro de otro orden.
 Me descubrí aprendiendo a seguir a la pequeña voz. Así, ciegamente. Porque ella parece verlo todo.
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