Camboya

Qué grata sorpresa Camboya.  Qué pais maravilloso, qué gente hermosa.Crucé la frontera con miedo. Muchos viajeros me habían dicho cosas muy feas sobre el país y su gente, sobre lo agotadores que son los conductores de tuk tuk… sobre el peligro.

No sé a qué Camboya habrán ido pero no es la misma  a la que fui yo. Camboya es un país maravilloso y su gente, su lindísima gente, tiene un sentido del humor grandioso que despliega segundo a segundo. Al hablarte te miran a los ojos, te tratan con respeto.
Si, es cierto que cada tres pasos un conductor te pide que te subas a su tuk tuk para llevarte, pero es igual de cierto (yo lo tengo comprobadísimo) que por cada sonrisa que les regales acompañada del “no gracias” recibirás millones a cambio.
 ¿Recuerdan el  cuento de la buena pipa? Con mi abuelo lo jugábamos siempre y  yo me desesperaba hasta que un día descubrí que la única manera de ganarle era contestarle haciéndole la misma pregunta.  Sabias enseñanzas que la infancia me ha dejado,  ahora en Camboya sé cómo lidiar con los conductores de tuk tuk…

Conductor: Miss, tuk tuk?

Yo: Yeees tuk tuk, where is your hotel? Good price for you..

Así de simple, después de poner cara de desconcierto absoluto dibujaban enormes y blanquísimas sonrisas en sus rostros.
Algunos me decían que sí, que querían que los lleve… una noche terminé manejando un tuk tuk por todo Siem Reap, escuchando música, llevando al conductor acostado atrás, en el carro.

Fue de lo más divertido manejar tan gracioso vehículo, por supuesto no perdí la oportunidad de sentirme verdaderamente parte del clan de conductores de tuk tuk camboyanos, por lo que cuando se me cruzaba los turistas los llamaba a los gritos: yesss where are you going? Tuk tuk miss? Después nos fuimos a un bar con el conductor (que en adelante será mi amigo) y más tarde a bailar música típica Camboyana.

Llegué al país después de despedirme de la familia de Kim y de Kanlaja. Después de una travesía digna de la épica por la cantidad de estafadores que tuve que cruzar en el camino a la frontera: Lady, first you need to do your visa here… y me señalaban alguna dirección que se desviaba del camino del verdadero lugar de la visa. De creerles, hubiera pagado 15 o 20 dólares más por el sello en mi pasaporte. Auriculares en los oídos y cara de póker  en mi expresión, seguí caminando entre las decenas de falsos estampadores. Finalmente llegué al lugar indicado “Welcome to the kingdom of Cambodia.”
Después de hacer todos los trámites y entrar al país, me tomé un colectivo público y gratuito hasta la estación central de buses y ahí compré mi boleto para ir a Siem Reap.
Las fronteras siempre son un lío. Supe que la situación mejoraría pero de ninguna manera sospechaba que iría a mejorar tanto. Camino a Siem Reap, a través de la ventana  vi un camión estrellado contra un poste de luz que había derribado, y en seguida unos 40 postes más caídos al costado de la ruta… rotos todos por culpa de un efecto domino catastrófico.
Cuando llegamos a la ciudad descubrimos las consecuencias: no había luz en Siem Reap. Toda la ciudad estaba a oscuras. Y gracias a eso  pudimos conseguir un hotel (no una guest house, un verdadero hotel, con pileta, aire acondicionado y televisión. Si, inútiles todos, excepto la pileta) por la pequeña suma de 7 dólares. Que dividido entre dos se hacía realmente muy barato. Mi nuevo room mate es un holandés adorable con el que voy a reírme hasta el cansancio… pedaleando, caminando entre las ruinas de templos de 1200 años de antigüedad, colocándonos reiteradamente en situaciones ridículas, comiendo cada día de la semana en el mismo lugar: el más rico y barato del pueblo.
Qué lindo es encontrar un compañero de viaje así. Todo se vuelve más liviano, cada pequeña situación una fiesta.
Alquilamos bicicletas para ir a los templos de Angkor que quedan a unos 18 kilómetros del centro de la ciudad. Es la manera más barata y hermosa de recorrer el lugar. Aunque cansa. Cansa mucho. Porque las distancias entre los diferentes templos son siempre mayores a 4 kilómetros. Y si uno pretende hacer todo el circuito al final del día va a estar agotado. Como nosotros que en la vuelta del primer día hicimos dedo a los camioneros, para tirar nuestras bicis en el fondo y volver al hotel a fuerza de motor.
Llegué enferma a Siem Reap. Les conté que durante mi estadía con el monje Kim y Kanlaja nadé en un lago en el que no tendría que haber nadado. Sufrí las consecuencias de mis actos: una descompostura bastante incómoda me acompañó durante los primeros días de mi estadía. Créanme. No es fácil estar descompuesto en un lugar dónde la temperatura ronda los 40 grados centígrados y dónde no hay luz electica. No quieren levantarse cien veces a la noche en un lugar dónde no se puede ver.
Pero que ésa condición no me iba a detener era un hecho: los templos de Angkor me llamaban desesperadamente. Iba a ir igual e iba a ir en bici. Así lo hice… recorrí sus jardines, sus pasillos, sus habitaciones, sus recovecos. Durante tres días desbordantes de magia me sumergí en la ciudad de Angkor. La belleza del lugar es descomunal. Me parecía mentira que alguna vez ésos templos fueron construcciones perfectamente terminadas y esbeltas.
Sentía  que habían sido ruinas siempre, y que en el moho, en las partes deshechas, en los árboles de cientos de años de antigüedad que habían crecido sobre ellas, residía su magia.
Sentí conocer mejor a Camboya después de ver ésa ruinas. Después de ver los restos de la antiquísima civilización, las estatuas budistas transformadas en hinduistas, los saqueos producto de la guerra civil: los budas decapitados, los huecos que hicieron en las paredes para sacar las piedras preciosas. Las creencias, las esculturas, la danza.
Un día, mientras estaba yendo de un templo a otro en Angkor, escuché unos mantras alucinantes  que provenían de algún lugar bosque adentro. Giré con la bici en ésa dirección y después de algunos minutos llegué a una ceremonia de cremación de tres monjes budistas que aparentemente eran muy queridos por todo el pueblo. El lugar estaba repleto de colores: flores, adornos, ofrendas. Había mujeres cocinando en enormes ollas. La gente no paraba de llegar. Había tres grandes retratos en frente sus cajones. Un lugar especialmente adornado dónde prenderían el fuego. La gente estaba alegre. Se sentaban alrededor de los monjes para escuchar sus enseñanzas o para meditar. Era el segundo día de los tres que iba a durar la ceremonia.
En un momento el lugar se llenó de monos, vinieron seguramente atraídos por la comida. Los chicos empezaron a jugar con ellos. Había música tradicional camboyana, todo era una fiesta. Celebraba el pueblo la trascendencia de sus queridos monjes, su regreso al Uno. Alegría y bendición. Celebración y dicha.
Me hice un montón de amigos en el pueblo. Fuimos a patinar juntos, a cenar.  Me contaron cómo viven, cuáles son sus propósitos.
Sólo en Siem Reap hay diez mil conductores de tuk tuk, una  cantidad que supera notablemente a la necesaria. Es que la mayoría son jóvenes y están ahorrando  porque quieren casarse.
Conseguir una esposa a quién amar es importantísimo para ellos. El asunto es que para poder concretar el matrimonio tienen que pagarle a la familia de la mujer una suma de dinero que varía entre los 3.000 y los 10.000 dólares. El precio lo pone la familia y  no interesa si están enamorados. El amor no es suficiente. Pueden querer casarse pero si el hombre no tiene el dinero, la mujer tendrá que irse con el primero que sí lo tenga y pida su mano. Y si, el precio es en dólares. Camboya es un país comunista, pero los precios son en dólares estadounidenses. Si compras comida en la calle, te dicen 1 dólar… y cuando extraes dinero de un cajero te tira dólares.
La producción artística de Siem Reap es deslumbrante.  Millones de pinturas: acuarela, óleo… estampados, reciclados. Deleité mi vista cada noche caminando en los mercados nocturnos. Belleza por doquier, creatividad y tradición.
Llegué antes de lo pensado y me quedé más de lo estipulado. Me enamoré, de Camboya me enamoré. Me enamoré de su gente, de sus paisajes, de sus contradiciones.
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