Mis dias con los monjes

Me reencontré con mi hermano después de mucho tiempo de no verlo. Estábamos felices por volver a estar juntos a pesar de las condiciones del lugar. A pesar de estar yendo en un auto a toda velocidad en una ruta penosa, de tener que ir agachados porque no teníamos cascos, a pesar de estar  a punto de subirnos a un barco inmenso y gris dónde viajaríamos por meses.

Al subirnos al navío de aspecto fabril descubrí que no éramos los únicos que habíamos aceptado la situación, que  la normalizábamos. Todos los otros tripulantes también, se mostraban dispuestos a charlas casuales, a reírse con enormes carcajadas.

Tal vez esto no esté tan mal. Nunca me gustaron las largas travesías en barco… pero tal vez ésta sea una buena experiencia. Sólo me gustaría saber a dónde vamos.

MOORRCHIT, una voz pesada  pero  agudísima retumbó en mi cabeza. ¿¡Morchit? No sé lo que eso significa.

MOOOOOOOOOOOOOOOOORRRCHIIIT.

¿ Morchit?      ¡Mo Chit!, ah sí… la estación. Abrí los ojos con dificultad. Me di cuenta que de alguna manera había terminado acostada ocupando dos asientos y que había extendido las piernas desparramándolas en el pasillo del bus. Parece que llegué a Bangkok, otra vez. Y el alarido del tipo que sin escrúpulos nos despierta, indica que ya son las 5 am y que nos tenemos que bajar. De una pequeña pesadilla a otra, me bajo del incómodo  bus  y en cuestión de segundos me encuentro sorteando todas las dificultades que un lugar tan extremadamente caótico le pude presentar a una mujer falangmedio dormida con 23 kilos de mochila a cuestas.

Me incomoda éste lugar. Me incomoda y me quiero ir lo más rápido posible. Si la terminal de Retiro me parecía un caos, ahora me parece el jardín de edén en comparación a la espantosa Mo Chit de Bangkok.

Camino cuadras y cuadras entre tiendas improvisadas que venden ropa y teléfonos celulares. Camino por el estrecho laberinto y me pierdo algunas veces. Tardo 30 minutos en llegar al edificio central de la estación, dónde me espera mi amiga Kanlaja(mi adorable amiga de Chiang Rai, a quién vi en diciembre y otra vez en enero,  a quién vuelvo a ver iniciando marzo) y Kim, un monje amigo.

Vamos a viajar los tres juntos ahora. Vamos a ir al este de Tailandia, después al centro. Vamos a ir a las procesiones budistas, a vivir en distintos templos. Vamos a meditar juntos.

Kanlaja me pegó un grito desde lejos y vino rápido a saludarme, nos abrazamos muy fuerte. Parecía una eternidad el tiempo que habíamos estado separadas. El monje se quedó atrás esperando junto a las valijas.

Cuando me acerqué me extendió la mano para presentarse, y sin tocarnos hicimos la mímica de darnos la mano. Los monjes no pueden tocar a las mujeres. Tampoco se pueden pasar objetos de mano en mano con ellas.

 En los días siguientes aprendí todas las maneras posibles de pasar objetos (el más frecuente: la cámara de fotos. A Kim le encanta sacar fotos.) sin infringir las reglas.

Kim
Nos tomamos un micro a Chantanaburi y desde ahí fuimos a un templo en medio de la montaña para dejar nuestras cosas e ir a la cima, a participar de la celebración del Maha Buda.

Me impresionó la cantidad de gente reunida caminando montaña arriba, tirando pétalos de flores, ofrendando inciensos.  

Así se lleva a la gente que no puede subir la montaña por sus propios medios.
En el punto más alto de la montaña,  sobre  una enorme piedra inclinada, resbalosa por la parafina  de las velas derretidas, nos sentamos a meditar.  

Esa noche en lugar de dormir en el templo en medio de la montaña, tuvimos que hacer un viaje de unas 5 horas para llegar a otro templo más al norte. Fuimos acostados en la parte de atrás de una camioneta,  al aire libre, viendo el atardecer y más tarde la luna y las estrellas. Escuchamos música. Ya entrada la noche me empecé a sentir un poco incómoda, quería llegar finalmente a destino… había viajado  medio día y toda la noche anterior. No quería más estar sobre  ruedas. Y tenía frío en los pies. Además de la incertidumbre de no saber a dónde nos dirigíamos.

Pensé, entonces, que era ésa una buena oportunidad para trabajar con mis emociones. Decidí tranquilizarme, dejarme llevar y reencontrar el disfrute en ésa situación. Respiré profundo y comencé a observar la escena en la que estaba inmersa: una camioneta que iba hacia alguna parte de Tailandia en una noche de luna llena. A mi lado Kanlaja, dulce amiga del norte  y un joven y adorable  monje.  Supe que más adelante solo recordaría ésos detalles y que olvidaría el frío, el cansancio, la incomodidad.  Porque es ésa una de las virtudes de la memoria, embellecerlo todo.

Llegamos a la madrugada a un templo en el medio de un bosque de árboles secos. No sé cómo no se volvía triste el paisaje.  Todo lo contrario, el templo, las casas de los monjes, la casita de madera que nos dieron a Kanlaja y a mí para dormir, parecían desbordantes de alegría, de paz.

El gran maestro  nos esperó despierto y nos recibió alegremente. Nos convidó té, nos dijo que éramos bienvenidas.

Dormimos en el suelo, como duermen los monjes. Sobre una esterilla, apoyando la cabeza en un cubo de tela pesado y casi rígido. Amanecimos con Kim llamando a nuestra ventana, invitándonos a acompañar a los monjes en el ritual del desayuno (que consiste en una procesión por el pueblo, dónde la gente les ofrenda comida, el retorno al templo; rezos, canticos y el momento de comer).

Uno de los monjes, ya en el templo, me llamó para dame de la comida que le habían ofrendado y separó muy cuidadosamente porciones vegetarianas. La hospitalidad de los monjes me llena de gratitud, me han hecho sentirme en casa cada vez. Me cuidaron como a una hija: me llevaron de paseo, me dieron un lugar hermoso para dormir, comida deliciosa para comer, me enseñaron meditación, me ayudaron en todo lo que pudieron. Todo, sin pedir nada a cambio. Todo con  un amor que emociona. Con humildad y alegría.

Pasamos algunas noches en el templo de Nakornrachsima. Fuimos a unas ruinas de templos de 800 años de antigüedad, a varios lugares de interés de la ciudad. Pasamos hermosos momentos juntos.

Un día vino la madre del Kim a buscarnos en una camioneta acompañada por su hermano. Nos íbamos al pueblo de ellos, a conocer su casa y el templo del que Kim forma parte. Llegamos después de tres horas de viaje. Es en Sa Keo, a 80 kilómetros de la frontera con Cambodia. Sin querer había llegado muy cerca de donde tenía que ir.  La madre de Kim me dijo que me quería llevar hasta la frontera, que no quería que me tome ningún micro, que me quería cuidar porque soy mujer  y viajo sola.

Fuimos a su casa y después pasamos al tarde en el templo de Kim. El templo que todavía está por hacerse y por ahora sólo consta de algunas carpas hechas de lona en medio de un cementerio cristiano que pronto removerán.

Nadé en un lago en el que no tendría que haber nadado. Lo sabía pero no me importó. Era un verdadero caldo de cultivo: agua caliente que no circula. Pero no podía soportar más el calor, me tiré a nadar.

No pudimos dormir en el templo pues éste aun no tenía paredes y los monjes no  pueden dormir en el mismo lugar que las mujeres.  La madre de Kim nos invitó a dormir en su casa. Pero con Kanlaja decidimos no causarle más molestias  y dejarlos descansar. Le dijimos que iríamos a un hotel. Ella se ofreció a llevarnos y antes de llegar paró en lugar para que cenáramos.  Qué gente más adorable. Compartimos una cena maravillosa, Kanlaja, la madre y el tio de Kim y yo en un restaurante típico tailandés: sillas y mesas de plásticos sobre la vereda, al costado de la ruta.

Al día siguiente nos pasaron a buscar y me llevaron hasta la frontera. Me despedí de ellos emocionada por todo el cariño que me habían brindado. El tío de Kim me dijo que vuelva pronto y la madre agregó que me iban a cuidar siempre como una hija.

Me ató una pulserita en cada muñeca para un viaje seguro. Nos abrazamos fuerte. Lloré mucho por una mezcla fuerte de emoción, gratitud y tristeza de estarme separando de ellos tal vez para siempre.  Kim se emocionó también. Kanlaja me regaló una flor de loto que ella misma había tallado en un jabón. Yo estaba lista para irme. Pero sentía estarme separando de mi familia, de mis hermanos, de mis padres. El camino continúa. Quedarán esos días, ésos ojos, ése cariño para siempre en mi corazón.

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