Sukhothai

Su nombre llamo mi atención especialmente entre todos los  que figuraban en el mapa de Tailandia. Apoyé la taza de café en la mesa del jardín de mi guesthouse en Krabi, me di vuelta y le pregunté al dueño  sobre Sukhothai.
Ohh,la vieja ciudad. La más vieja ciudad. Supe, no sé cómo ni por qué que tenía que ir y  fue así como decidí hacer 1200 kilómetros para conocerla. Sukhothai, aún no puedo creer su magia.
Me tomé dos ómnibus, viajé cerca de 20 horas con cierta incertidumbre. Tenía miedo de estarme apartando de mi ruta (debería ir al este, camino a Cambodia, no al norte) en vano. Tenía miedo de llegar a un lugar hostil. A una ciudad llena de shoppings. A un lugar feo, sin naturaleza.
Era la única extranjera en el micro a Sukhothai. La gente me preguntaba a dónde iba y cuando les respondía a la vieja ciudad, asintiendo con la cabeza, me sonreían.
Este pueblo es, lejos, uno de los más maravillosos en los que estuve durante lo que va del viaje.
Valió la pena el desvío de 900 kilómetros. Llegué agotada y encontré una guesthouse adorable, muy sencilla pero bien limpia y cuidada. Dejé mis cosas, alquilé una bicicleta y finalicé el día recorriendo el impresionante lugar.
El clima es seco en la vieja ciudad. Seco y caluroso. El pasto se amarillenta y se amarillentan también los árboles que dejan caer sus enormes hojas. También florecen. Conviven entonces hojas que caen resecas y flores colmadas de vida en los altísimos árboles.

Una sensación extraña me invade al recorrer las calles de Sukhothai.  Una sensación que hace que camine lento, con los ojos abiertos, pestañeando poco. Que por momentos corte la respiración y por momentos respire muy tranquila y profundamente.

El polvo de sus calles de tierra invade el aire. Es tierra roja. Millones  de especies de pájaros sobrevuelan el pueblo, cantan, se posan sobre las antiquísimas  ruinas, los enormes Budas. No se puede hacer más de 100 metros sin encontrar  una ruina de un templo.  Me detengo en cada una de ellas. Me quedo ahí, me siento parte de otra era.          
Se construyó la nueva civilización en el medio de la vieja que data 700 años de antigüedad. Conviven ambas. Los monjes van a  ofrendar a los Budas de los templos de otros tiempos y eso parece teñirlo todo de eternidad.
Ver la persistente sonrisa de un Buda de cientos de años de antigüedad en un cuerpo corroído por el tiempo me transmite directamente la sensación de paz observadora que se busca en la meditación. Nunca antes vi un monumento de una doctrina  que logre tan perfectamente transmitir su enseñanza.
Me intriga mucho éste pueblo, todo es un gran enigma para mí. Sin embargo me siento en casa. Veo un paraíso en cada rincón. Voy pedaleando sin poder creer el silencio del lugar. La calma.
De pronto  veo el templo más maravilloso del universo. Cuatro paredes antiquísimas e impresionantemente altas que protegen al Buda más bellamente retratado. Se lo puede ver, e él, al Sublime a través de una ranura angosta y triangular que se extiende hasta el cielo. Me quedé hipnotizada por lo que estaba viendo: semejante belleza teñida de color oro por un atardecer que caía detrás. Dejé la bicicleta y fui directamente al templo.  Me sentí feliz. Después de un largo rato salí y comencé a recorrer sus jardines. En un momento escucho que me llama un monje desde la puerta de su casa, detrás del templo. No hablaba inglés pero me hizo señas diciendo que me quería bendecir, que por favor me acercara.
Me bendijo con rezos pegando una fina película de oro en mi entrecejo, me entregó una cadenita con la imagen del Buda, me enseñó tres técnicas de meditación. Me dio pulseritas bendecidas para mi familia.  Se hicieron las 6 de la tarde (hora en la que pueden comer los monjes)  y me convidó arroz que comimos con la mano mientras me mostraba las imágenes de Buda que se habían encontrado en Sukhothai, señalándomelas en un gran libro. El tiempo pasaba sin que nos diéramos cuenta. De pronto percibí que ya era de noche y me acordé que estaba recién llegada en una ciudad que por la enorme cantidad de terrenos vírgenes debería ser muy oscura… pensé que podría perderme si me iba en completa oscuridad (experiencia que viví en Luang Prabang el 25 de diciembre  y que no, gracias. No quiero repetir.) Me dispuse a despedirme cuando el monje me detuvo haciéndome señas y diciendo palabras sueltas en inglés. Sacó un libro de budismo dónde había dibujos de ojos, manos, narices, orejas y un gran corazón en el medio. Me habló de amor. De hacerle caso a un corazón tranquilo, no a uno agitado. Me explicó el porqué de la meditación. Todo lo hizo en thai, pero con la absoluta certeza de que lo entendería y así fue. Lo entendí. Me despidió antes de que terminara de caer la noche.
Sukhothai gracias por tan cálida bienvenida. Gracias también por los días siguientes; en los que recorrí tus otros templos, tus afueras. Todo fue una delicia, un regalo para mi alma. Recuerdos que son para siempre. La gente más dulce, los lotos que se abren de noche, la calma.
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