Las islas del sur tailandés

Una habitación sin paredes  arriba de un árbol no es, podría decirse, el mejor lugar para curarse de una fuerte gripe. Sin embargo y gracias a que muchas veces no sigo el sentido común, decidí quedarme y  resultó ser el lugar idóneo para que mi fiebre, mi transpiración y mi tos desaparecieran.
En la isla Koh Lanta (dónde los precios de hospedaje son desorbitantes por la enorme cantidad de turistas) encontré una cama para alquilar por la módica suma de tres dólares.
Ya desde la puerta del lugar percibí su dinámica completamente descontraída, rústica, comunitaria y melancólicamente hippie. Gente acostada en lugares poco usuales en posiciones absurdas, sonrisas y más sonrisas. Música alternativa de fondo. Un desorden agradable. Suelo de tierra. Duchas al aire libre. Hamacas paraguayas. Un jardín desbordante y hermosamente desprolijo. Gente amaneciendo a las 6 de la tarde. Charlas babilónicas, madera y techos de paja. Colchonetas para dormir.
Necesitaba encontrar un lugar dónde sentirme en casa para poder descansar, recuperar mi salud y con ella la fuerza muscular tan necesaria para seguir viajando. La casa del  árbol fue el nido que tanto estaba necesitando.
Mis compañeros de habitación en seguida se volvieron muy buenos amigos con los que compartí charlas tipo pijamada mochilera hasta muy entrada la noche (lo que en Asia es las 00 hs –acá nos vamos a dormir a las 20-), panqueques en la playa y –al mejor estilo cambio-figuritas – intercambiamos consejos de rutas y opiniones de distintos lugares.
Cómo te amo Tailandia. Te estaba extrañando ya. Acá  están otra vez los colores, los monjes, la selva, las mujeres más hermosas del mundo, la comida más variada y deliciosa, acá está el idioma que es música. Otra vez. Tailandia. Otra vez.
Me di cuenta cuánto la había extrañado y dado que en Kho Lanta la cantidad de turistas superaba el límite que estoy dispuesta a soportar decidí seguir viaje una vez habiéndome recuperado del tedioso estado gripal. Me quería ir a un lugar menos turístico, donde la cultura Tailandesa desbordante de belleza me invadiera por completo.
Pensé e volver al continente y tomarme un bus hasta la costa opuesta. Ví que un buen puerto era Krabi y me di cuenta que en el medio estaba Kho Phi Phi (una isla hermosa pero que  tiene más cantidad de turistas que moléculas de oxígeno en el aire) y me dije que podría ir a conocerla y soportar su popularidad falang por un día o dos.
Al poner un pie en el muelle me dieron ganas de apoyar el otro y agacharme un poco para tomar impulso y pegando un salto, aterrizar en el próximo barco dispuesto a zarpar.
Vi un zoológico de una raza particular de humanos, que amontonados unos sobre otros andaban en medio de millares de puestos de suvenires. Dejando caer sus gorras bordadas con banderas del imperialismo, transpirando cerveza, frenando cada tres pasos para chamuyar, recién tatuados la mayoría, con  enormes porciones de pizza en la mano y unas ojeras que parecían competir para acercarse al suelo.
Empecé a caminar con dificultad, mucha dificultad por unas ínfimas callecitas que me llevaban cada vez más quilombo adentro.
Mi cara de                  (decepción) empeoraba a cada paso. Qué feo que es sentirse así. Qué perdido y solo que  uno se siente. No podía pagar ni la mitad de lo que me pedían todos los hospedajes. Frené a un hombre y le pedí que me dijera dónde quedaba el lugar más barato para dormir de toda la isla. Y fue así como llegue a un pabellón donde alquile una de las cuarenta cuchas que había disponibles para dormir. Compartir habitación – y baños-  con otras treinta personas no es cosa fácil pero en lugar de entregarme  al más ordinario mal humor decidí hacerme amiga de un argentino que dormía a unas 15 camas de la mía y gracias a su simpatía, su hermosa energía y su fantástico sentido del humor pasé unos momentos muy hermosos en la isla de los Party- Adolecentes.
Los paisajes eran alucinantes asique durante el día hicimos largas caminatas y no puedo negar que me divertí viendo la fiesta loca en la que se transformaba la isla cada noche. Vi gente bailar sin poder estar en pie, mujeres hermosas completamente borrachas sacándose los mini shorts para entrar a las tres de la mañana al mar, pibes tatuándose a las cinco de la mañana y destinados a despertar al día siguiente y descubrir una marca eterna en su cuerpo sin recordar su procedencia.
Comí varias porciones de la pizza gigante, salte un aro de fuego y bailé Nossa assim voce me mata intentando atravesar una vara encendida.  Me tomé un barco para ir a ver otras playas de alrededor y un día y medio después sentí que había sido definitivamente suficientey no veía la hora de volver al mundo real que se me presentaba como prometedor del paraíso en comparación a la ruidosa isla. Me fui feliz de irme y con una necesidad profunda de llegar a destino… no veía la hora de tomarme un colectivo en Krabi y llegar por fin a algún lugar autóctono y agradable.
El viaje en barco hacia continente fue muy bizarro. Se largó a llover por lo que nos empapamos y el capitán pasó severas dificultades para estacionar el barco.  Era una escena ridícula. Intentó unas diez veces y cada vez le quedaba más lejos del muelle. Mientras, los pasajeros y las mochilas nos mojábamos  deseosos de desembarcar.
Me tomé un colectivo desde el puerto hasta la estación empapada, ya muy saturada y cansada. Pido un boleto a Suar Thani. FUUUUUULLL, parece que no hay más. Recorro todas las ventanillas, no hay más boletos enserio. Bueno, pido entonces un boleto a Chumphon. No hay más tampoco. Bueno, pido uno a Bangkok… y de ahí me voy al norte. Fulll Fullll fullllll. Tomorrow.
¿¡Mañana!? ¿ Cómo mañana? Que el mundo no entiende que me quiero ir hoy a algún lugar hermoso? Que estoy cansada y triste y que no puede ser que no haya un solo boleto a ninguna parte!???? Me tomé un tuk tuk ofuscada con la vida diciéndome que encontraría un lugar para dormir en esta ciudad y que al otro día me tomaría el primer bus que me llevaría a otra parte.
Recorrí la ciudad hasta encontrar una guesthouse donde pude dormir por 120 baths en un cuarto donde solo entraba un colchón pero era muy agradable. Solté la mochila en la cama y dispuesta a tomar un baño y cambiar la energía salí al jardín (donde se encontraban las duchas) y vi que frente a mi habitación, con la puerta abierta conversaban un libanes y un canadiense. Atraparon completamente mi atención   y me hicieron atravesar su puerta para charlar.
Esa noche salimos los tres a cenar al mercado, a correr al costado del mar, a tomar el helado más rico de la historia. Salimos los tres y en menos de dos horas de recorrer la ciudad ya estaba siendo cómplice del guineo que la vida me había hecho y no había entendido.
Me sentí tonta por haberme decepcionado y enojado. Al día siguiente alquile una moto y con mis amigos de enfrente fuimos a recorrer la tierra sureña que me había atrapado y que me estaba enamorando cada vez mas con una habilidad hechicera.
Me acordé de la tribu tailandesa (se me escapa el nombre) que tiene por tradición que cuando un hombre se enamora de una mujer, va a buscarla y la secuestra por tres días: periodo en el cual intenta enamorarla. Si lo logra, se casan. Si no, la mujer vuelve soltera a su libertad.
Krabi logró casarme después de la noche en la que me secuestró. Escribo esto en un micro que se va a Bangkok después de 6 noches de haber dormido el pequeño cuarto y lo escribo vestida con una remera que dice Krabi en thai. Esas remeras que no compro nunca,  que me parecen cliché y kitsch. Pero que al estar tan locamente enamorada aparece como llena de significado, originalidad y belleza. Krabi entonces en mi remera. Krabi en el próximo relato del sur tailandés. Monjes, cascadas, monos, millones de monos, piedras, acantilados, puerto, rutas a la noche, playa, 1.237 escalones, comida en la vereda, templos, cuevas.

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