Afiebrada en un micro que atraviesa Malasia

Hace horas que cambio una y otra vez de posición en un bus despatarrado que atraviesa Malasia. Llegué hace unas horas, una noche y la mitad de un día, y mi objetivo es  llegar a Tailandia antes de que caiga la noche. La contratapa del libro que compré en una librería de usados en Indonesia y que ahora insiste en caerse entre mi asiento y la pared del bus me dice  éste es un libro dedicado a los viajeros, a quienes entienden el viaje no como una huida sino como una manera de conocerse a sí mismos, a quienes creen que a viajar se  aprende, como se aprende a leer, a amar, a morir. Sonrío cada vez que lo miro y lo leo una y otra vez durante el largo viaje.  Indonesia… país que dejé después de no poder extender mi visa porque las oficinas de inmigración estaban cerradas. Porque los de inmigraciones del aeropuerto se negaron a sellarme el pasaporte, se negaron a dejarme surfear algunos días más las olas de su mar.
 Uno viaja solo en un mundo dominado por los demás. Ellos son los que poseen la pensión dónde pretendes alojarte, ellos son los que deciden si tienes plaza en el avión de un vuelo semanal, ellos son los que son más pobres que tú y creen poder sacarte el dinero, ellos son los que son más poderosos que tu porque pueden negarte un sello o un papel,  ellos hablan lenguas que tu no entiendes, ellos son los que se sientan a tu lado en el autobús, ellos son los que te venden alimentos en el mercado, que te envían a la dirección correcta o equivocada, a veces son peligrosos aunque la mayoría de las veces no lo sean… Todo eso es lo que debes aprender: lo que debes hacer y lo que o debes hacer nunca…” Qué emocionante  es cuando se lee un libro sin tener certeza de si uno es el que lo lee o si es uno el que es leído por él.
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Bote local: Nusa Lembongan – Bali
No me iba a ir ayer de Indonesia. Me tomé un barco a la mañana desde Nusa Lembongan para hacer en Bali los trámites de extensión de mi visa y poder quedarme. Las oficinas de inmigración estaban cerradas y mi visa vencía al día siguiente: tenía que dejar el país. Me tomé un avión a Malasia que pagué 48,05 USD como quién se va pero no cree estarse yendo. Me tomé el avión hacia Kuala Lumpur haciendo la mueca de irme; fingiendo que era cierto, que realmente me iba…  Todo el ritual portuario que desplegué al llegar: bajar del taxi, cargar mi mochila en un carrito, hacer el check in era una farsa… boleto de vuelo en mano iba a tener acceso a la oficina de inmigración en el aeropuerto indonesio.

Al llegar, finalmente, a la oficina explico que tengo un vuelo comprado, pero que no lo quiero usar, que nada más quiero que me estampen el sello. Que quiero quedarme.

Ante la negativa, alego la fiebre que hace unos días me acompaña. Me hago la que no puede viajar estando débil. Que soy una mujer que viaja sola, que por favor.
La lástima -ésta vez- no surtió efecto  y en cuestión de minutos estaba sobrevolando Indonesia y tres horas después – a las 00 hs- estaba aterrizando en Kuala Lumpur.
No sabía qué iba a hacer después. ¿Buscar otro vuelo baratísimo para irme a Cambodia?, ¿a Tailandia? … ¿Dormir en el aeropuerto? Estaba entregada a un camino sin rumbo. Abrigada en un ambiente tropical de 32 °…transpirando y tosiendo con un oído completamente sordo (producto de una trompada de mar que recibí haciendo surf y la altura) cargando la mochila como quien no puede caminar erguido pero finge hacerlo perfectamente, decidí que tenía que descansar. Me tomé un taxi a China Town de Kuala Lumpur porque es de saber que las China Towns de todas las ciudades son las  zonas más baratas para hospedarse. No sabía ni dónde quedaba, pero estaba segura que había una. A China Town, le dije. Y le aclaré que no pagaría más que un billete que le mostré.
Efectivamente, hay una china town en Kuala Lumpur y sus calles estaban desiertas cuando llegamos. Desiertas y salpicadas por una absurda cantidad de papeles, flores y todo  tipo de adornos chinos. Camino por ahí sobre un suelo blando por los adornos chinescos y las guesthouses que encuentro son feas, feas al estilo película yankee que pretende mostrar que el mundo fuera de los Estados Unidos de America es un verdadero apocalipsis. Ventiladores que andan mal apuntado a catres con colchones desgarrados. Hombres morochos, musculosos y sudados que esperan despiertos a los viajeros. FULL. No parece haber lugar.
Where can I find another guesthouse?
In that direction… y cuando llego FULL.
Además los precios eran desorbitantes. ¿Qué está pasando en éste lugar?
El año nuevo chino que dura como setecientos días y que moviliza a miles de personas a lo largo de Asia. Todo estaba descontroladamente lleno y el regateo era imposible.
Kuala Lumpur
No había tenido tiempo de cambiar dinero y pagué en efectivo 10 USD por una habitación en la que mi mochila y yo no podíamos convivir armónicamente. En la que para desplazarse cómodamente había que tener el tamaño de una hormiga.
Esa noche supe que me iba ir por tierra a Tailandia. Que al otro día me iba a despertar temprano para ir a la estación y comprar un boleto para atravesar éste país hiper capitalista y musulmán por 15 USD y ahorrame así 200 USD en pasajes.
A la mañana siguiente después  de retar al tipo que me cobro 10 USD por semejante cucha de mala muerte y regatearle dos tostadas y un café para el desayuno, llegué a la estación central de buses y en medio de un caos descomunal nos dicen que no hay más boletos para ir a Tailandia, que FULL. Fulll… FULLLL (en algunas ventanillas no te dejaban ni mirar que ya gritaban eso). Nos lo decían a mí y a otra chica forastera que buscaba dejar el país por un medio local y terrestre:
 Vayamos a la frontera y ahí vemos, le dije mientras la mujer atrás de la ventanilla miraba con cara de pocos amigos. Sabés cómo se llama la frontera?
 No. Me respondió.
Sorry, do you have tikets to the “froontear” with Tailand?
Hm… Yes. 46.000 please.
Y así fue como pagamos 15 USD  para llegar a la supuesta frontera. Pero la verdad es que nos embarcamos sin saber si ése lugar a dónde nos dirigimos es realmente la frontera. Somos dos bichos raros en un bus local que se dirige a alguna parte. Esperemos que este cerca del sur Tailandés.
Mi fiebre empeora a veces pero no me arrepiento de haber ido a surfear el último día en Indonesia, cuando ya estaba congestionada y débil. Por ahí algo en mi intuía que iba a dejar el país. Tal vez vuelva. Vamos a ver cómo se suceden las cosas.
Por lo pronto se me hace evidente que no voy cumplir el objetivo de cruzar la frontera con Tailandia de día. La voy a cruzar muyyy entrada la noche porque el bus ya lleva tres horas de atraso.
Casi voy presa por sacar esta foto…
Y todavía no lo sé pero en unas horas voy a dormir en el suelo de una guesthouse imposible, donde la cucaracha más chica mide como un elefante y que al día siguiente voy a viajar tooodo el día otra vez para llegar finalmente a una isla parecida a Brasil dónde voy a publicar lo que en estas cansadoras horas de bus escribí.
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