Surfeando con olor a incienso

Ayer fue día de ceremonia en Nusa Lembongan, la islita que pertenece a Bali pero que está a una hora en bote desde la costa de Sanur, por lo que todos en el pueblo dedicaron el día a triplicar sus ofrendas, a vestirse con los sarungs (la tela con la que arman una especie de pollera que les llega a los tobillos), a poner los granitos de arroz en sus entrecejos, a armar bellos canastos  de flores y frutas, a prender inciensos.

Mi cuarto está enfrente del mar  y todos los días me despierto escuchando el Gayatry Mantra además del romper de las olas. La dueña del hostal tiene una cajita de hojalata con un botón rojo que hace sonar  constantemente el mantra número uno del hinduismo –como me dijo un balinés que se mostró muy feliz de escuchar a una forastera recitando el mantra sin cesar-.

Hay estatuas de Ganesha en todas partes. Flores, imágenes de Shiva.  Me siento más en casa que nunca: un paraíso tropical que me recuerda a Brasil sumergido la más bella manifestación del hinduismo.

Éste es el Bali que soñé y que no encontré en la isla de enfrente: dónde están Sanur y Kuta, dónde están todos los turistas del mundo. El lugar que se ha convertido en un gran shopping- resort que aloja todo lo que me desagrada de nuestra consumista cultura occidental.

Acá la gente es amable, se muestra siempre dispuesta a ayudar, mantienen el sentido del humor característico balinés; les gusta decir good morning al anochecer, good night al medio dia… les gusta reírse de eso con sus blancas y enormes sonrisas, achicando un poco los ojos que parecen haber sido pintados por un Dios.

Nadie roba en la isla, por lo que –por ejemplo- duermo con la puerta completamente abierta, cuando me voy dejo la ventana sin cerrar. Para alquilar la moto el trámite de reduce a que te entreguen la llave y que te digan “pagás cuando volvés”, no te piden ni nombre, ni firma, ni un documento como garantía.

La belleza es descomunal, es una isla que lo tiene todo: costas de barquitos pesqueros que parecen una laguna, selva, playas concurridas, playas desiertas, costas ideales para hacer surf si sos principiante, playas con unas olas del carajo (disculpen la expresión : los surfistas comprenderán mi entusiasmo),  callecitas de ensueño, hermosísimas construcciones, templos impresionantes, lugares para saltar al mar desde una colina, un puente colgante amarillo que atraviesa el mar para ir a la próxima islita y  mil veces más gente local que turistas.

Estoy encantada. Miro el comercio flotante que se despliega ésta mañana ahí, a unos metros mío, en el celestísimo mar: pescados y algas que suben y bajan de los coloridos barquitos. Perros que juegan en la arena.  

Ayer fue un día maravilloso. Después de haberme encontrado para desayunar con un grupo de amigos, agarré la moto para ir a pasear por la isla. Mis ganas de surfear eran impresionantes, por lo que fui a parar a la playa frente a la que unos cuantos surfistas balineses despliegan regularmente un espectáculo surfero.

Esa zona no es segura para principiantes: el suelo no está hecho de arena sino de coral, cortante y pinchudo coral. Y las olas a veces se vuelven muy grandes. Y los que intentamos surfear sin saber cómo hacerlo, sabemos que al principio de caerse se trata la cosa.

(Estoy publicando esto 5 días después de haberlo escrito porque no estaba funcionando la conexion a internet en la isla. Para éste entonces, después de una semana de surf diario, tengo las plantas de los piés tajeadisimas: me falta una parte del talón y como los corales son coloridos, tengo los pies color púrpura, no se va… bueno… continuando con lo que escribí cuando todavía tenía miedo de largarme a surfear sola sobre arrecifes de coral: )

Con todo, el día anterior a ése, un surfista portugués con el que compartí muchos momentos muy interesantes me incitó a hacerlo. A ir a surfear en ésa playa. Él sabía de mis ganas y de mi miedo. Pero ésa tarde vio que el mar estaba tranquilo y supuso que con su guía y ayuda nada malo me iba a pasar. Tenía razón, al final de la tarde el mar estaba tranquilo y toda la escena se había vuelto paradisíaca.

Esperaba las olas viendo los acantilados, mientras escuchaba música instrumental típica balinesa que sonaba en un bar acantilado arriba.

Agarré dos, tres, cuatro olas y las surfee excelentemente de rodillas, lo que la quinta vez logró irritar por completo a mi instructor portugués: “No lo estás intentando: empujá  la tabla, poné el pie derecho atrás. Tomá impulso y PARATE. Por el amor de Dios, PARATE.” “Pero a mí me gusta surfear de rodillas, estoy inventando un nuevo estilo”   “No estás inventando nada Emilia. Eso ya existe. Parate para surfear de verdad. “

Ahí fui, me pare y me caí hasta que nos quedamos sin olas y nos tuvimos que ir.

Al otro día me desperté con la certeza de que me tenía que alquilar una tabla para ir a surfear todos los días. Pensé en extender mi visa, quedarme acá medio mes más.  Rendirle honor a mi hermano y a mis adorados amigos que me llevaron cada mañana  a surfear con ellos en las aguas brasileras el verano anterior.


Acá aprender a surfear es muy fácil. Las olas quiebran de manera perfecta y después de cada una de ellas el mar se transforma en una laguna lo que te permite remar hasta el lugar perfecto para agarrar la próxima sin mayores problemas.

Ayer terminé el día surfeando en un lugar muy curioso: en el medio del mar. Olas que no van hacia la cosa y se deshacen en la arena: olas que nacen en el medio del mar y se deshacen ahí  en el azul infinito. Hubo que remar bastante para llegar desde la costa hasta ése lugar. Un surfista francés que estaba conmigo me daba ánimos. “Vamos, vamos”. Surfeamos ahí hasta que se hizo de noche, volvimos a la costa alumbrados por las estrellas. Había olor a incienso en el aire.

Claro, era día de ceremonia en la tierra de los Dioses. 
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