Inventando el paraíso

Estoy durmiendo en una casita de bambú de tres paredes. La cuarta, la que le falta, es una esterilla que se enrosca hacia arriba y que de fondo tiene el mar.  Mi suelo está hecho de la arena de la playa. Sólo entra un colchón en mi pequeña casa. Queda así como es, abierta, todo el día. Si, con mi computadora adentro, mi mochila. Nadie roba en el paraíso.

Estoy en una isla en la que no hay autos, no hay agua dulce ni caliente. No hay policía. A la noche se usa la luna para iluminar los caminos.

El agua turquesa del mar rompe en olas a diez metros mío. Me despierto viendo el amanecer sobre el océano.Me acuesto meciéndome con el sonido de las olas.

Ahora escribo mientras una tormenta estalla afuera. Viento, lluvia torrencial, truenos y relámpagos. Entra un poco de agua en mi guarida. Ya se hizo de noche.

Siempre tuve la certeza de que es posible vivir en el paraíso. Y desde que tengo memoria me dedico a buscarlo.

Es que si voy a vivir ésta vida, será mejor que la viva de la manera más bella y alegre posible. Será  mejor que la convierta en música y celebración.

Buscando el paraíso muchas veces  descubro que no se trata solamente del lugar más bello en dónde se pueda estar, se trata de tener el estado mental apropiado para poder disfrutarlo. Porque no se puede lidiar con él si no se está en calma (es decir, si se tiene una mente descontrolada y autoritaria que reclama todo el tiempo su alimento).

Sólo vos podés volver hermosa tu mente, decía un cuaderno budista que leí en Tailandia.

Creo profundamente en un paraíso que no es un lugar después de la vida. No es la perfección inerte en dónde nada pasa. El paraíso en vida es para mí, ante todas las cosas, una bella manera de pensar. De estar en paz conmigo misma. De sentirme religada a la existencia entera, sentir amor, respeto y profunda admiración por todo lo que me rodea.

El trabajo de construir lo paradisíaco en mi vida lo comencé hacia adentro. Pasé tiempo tratando de descubrir sinónimo de qué es el paraíso para mí.

Las ideas fueron cambiando con el tiempo. Primero fue una cuestión materialista: tener grandes cosas, ser famosa, ganar dinero, tener éxito. Salir en las revistas, ser admirada.  Infierno disfrazado que perseguí y  encontré. Infierno que me hizo descubrir que estaba mirando al revés el mapa de mi felicidad.

Después el paraíso era encontrar el amor, construir una casa, la rutina. Estar siempre acompañada. La familia. Ahí fue cuando me mudé con un hombre adorable y viví una vida de mujer casada a los 17 años. Me iba rápido de la facultad para cocinar y esperarlo para  almorzar, limpiaba la casa, regaba las plantas. Ahorrar para las vacaciones, para una futura hipoteca. No tarde mucho tiempo en descubrir que nunca lograría tapar mis agujeros emocionales con la compañía de otra persona. Que demandarle a otro la propia felicidad era un acto ridículo y absolutamente injusto.

Que no hay amor verdadero que se pueda construir en base a la carencia y a la demanda. Que hay una gran diferencia entre acompañarse mutuamente en una relación y parasitarse.

Finalmente me di cuenta que tenía que parar de  buscar afuera y resolver de una vez por todas la cuestiones que me hacían sentir que estaba necesitada de alguna cosa, resolver aquello que me hacía sentir incompleta, medio-muerta, vacía,  negada a aceptar la vida tal como se me presentaba.

Sentí que se trataba más bien de una limpieza mental y emocional. Que si lograba simplificarme y  aceptar las cosas tal cual eran ganaría algo importantísimo: el poder estar presente en el ahora. De alguna manera sospechaba que buscar el paraíso en el futuro era exactamente lo que me impedía ver que él estaba en todas partes.

Me dedique tiempo completo a buscar en mi mente, hurgando entre  mis emociones, todas las construcciones mentales, todas las creencias  que tenía profundamente arraigadas.

Si, me volví completamente loca por el plazo de un año y medio.

Pegué un cartel en una pared de mi casa declarando que  a partir de ése momento iba a hacer solamente lo que se me diera la gana.

Dejé de ir a la facultad. Dejé de trabajar. Dejé de encontrarme con gente. Dejé de bañarme, me dejé crecer la barba… No, bueno, no tanto (pero casi eh)

Sentía que había vivido mi vida entera según mandatos externos y que las exigencias con las que vivía día a día me estaban convirtiendo en una persona enferma y  desdichada. No hice nada más, que dedicarme a estudiar mis pensamientos con el objetivo de destruir toda verdad que se me presentara como fundamental y necesaria. Dediqué un año a destruir todo sentido de responsabilidad. Toda la maraña de culpas y condicionamientos.

Hacía grandes cuadros de asociaciones mentales en cartulinas que desplegaba por todo el departamento, leía a Freud, a Lacan. Creía que si podía volver consciente lo inconsciente en mí, sería finalmente libre. Si, no le hacía caso a Freud, para mí la cura era posible, yo creía que iba a lograr hacer un mapa de absolutamente todo mi inconsciente.

Me acordaba del pasado, de mi infancia y descubría las marcas que ésta me había dejado.

En un momento descubrí que todo lo que era no era más que un producto de creencias y experiencias pasadas.  Y enseguida después vi que había alguien en mí que era capaz de observar desde atrás –desde otro lado- esa Emilia, ese Yo gigante según el cual había vivido siempre. A esa Emilia que para ése entonces ya me parecía intercambiable, de cartón. Un gato por liebre que me había auto-vendido y que había defendido aguerridamente.

De repente de una manera que no puedo explicar, sentí que no era nada de eso. Que no era el cartón de Yoes que me había inventado según el molde de mi pasado. Que no era nada. Vi la importancia que tiene el lenguaje y cómo opera amputando otras posibilidades. Sentí que al nombrar las cosas las encarcelaba. Que mi propia prisión era principalmente lingüística.

Y me sentí hermana de toda la existencia. Así de cursi y cliché… como suena. Miraba a los ojos a la gente en la calle. Sentí que todos sabían el secreto que yo había tardado años en descubrir. Sentí que nada “malo” podría pasarme nunca. Sentí que todo era simplemente una experiencia.

Por unos cantos meses anduve caminando por la calle, avenida Corrientes, cantando todo tipo de canciones, sintiendo ganas de abrazar a los desconocidos. Viendo mi propia vida como un cuadro en movimiento.  Todo me parecía reluciente, desbordado de vida. Cada piedra, cada árbol, cada estrella. Todo tenía colores  vibrantes. Viví deslumbrada por completo por todo lo que antes no veía al mirar.

En un momento me dije que me tenía que ir a acampar al medio de la nada y fue ahí cuando pasé más de un mes al costado de un río.

Me acuerdo que un día pensé “voy a saber que soy completamente libre cuando consiga acostarme a mirar en silencio las estrellas”.  Me dije que tenía que aprender a vivir auténticamente, sin filtrarlo todo con una absurda cantidad de juicios de valor, de ruidosos pensamientos.

Poco a poco  fui descubriendo que no tenía que demostrarle nada a nadie y que no quería conseguir grandes cosas. Que mantenerme lo más lúcida y consciente posible era en realidad mi alegría. Mantenerme sensible a la belleza del mundo, saber que son millones las posibilidades.  Que si algo no me hace feliz puedo cambiarlo. Supe que no quería atarme a nada nunca. Aprendí el valor de soltar las cosas.

Y supe que sólo a partir de la paz mental se puede habitar lo paradisíaco. De cualquier otra manera es imposible. No se tolera. Se va al lugar bello, se lo inventa y una vez ahí la existencia se vuelve insoportable ¡Dios mío y qué hago yo acá?!!! La mente con una audacia increíble inventa problemas de la nada, estalla en conflictos y preocupaciones.

Me gusta sentarme frente a un lugar hermoso para admirarlo y ver cómo la mente enseguida comienza a enloquecer. “Bueno… nos vamos? “ me dice y  después sigue.. “es que se hace tarde para……..tomar el agua de coco”    y cuando los recursos de ése tipo se le acaban comienza a querer rotularlo todo “Qué bella esa FLOR” “Mirá ése SOL que se puso tan NARANJA”. Me causa mucha gracia cuando veo que si  vivo asi toooda mi vida, tooooda mi vida hará sido absolutamente redundante.

Por eso a veces después de reírme un rato me concentro en la respiración, en mis sensaciones. En sentir esa vida es, sin rótulos.

Me gusta haberme quedado tantos  días en ésa islita prácticamente desierta, porque no hay un hueso para darle de roer a la mente en este paraíso.  Hay tortugas de mar, cocos que se caen de los árboles, grandes lagartos, arena blanca.

Hay una casa sin puerta en una isla si policía. Hay silencio, mucho silencio. Hay amaneceres de un lado y atardeceres del otro. Hay aguas cristalinas, coloridos arrecifes. Agua salada para bañarse y cepillarse los dientes. Lluvia  a la noche. Un hermoso lago en el medio. Hay gente que te ve pasar y te pregunta a dónde vas, de dónde venís. Y por sobre todas las cosas, hay tiempo. Muuucho tiempo.

Ése que vuelve locos a algunos viajeros que llegan deslumbrados por vivir en la postal, pero que al día siguiente se toman el primer barco porque no pueden soportar tanta calma.

Yo en cambio me siento realizada por estar durmiendo sobre el mar. Me tiro a leer. Duermo  en la playa a cualquier hora. Me voy al centro de la isla, me siento a tomar té con la gente del  pueblo. Voy a sus celebraciones, los casamientos. Nado y nado entre tortugas de mar. Me deslumbro mirando la puesta de sol. Me tranquilizo. Trato de darme cuenta que estoy donde hace mucho tiempo soñé.  Que mojo mis pies en las aguas turquesas del mar del otro lado del mundo.

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