En un avión que vuela hacia Indonesia recuerdo el norte tailandés con una sonrisa y pienso que muy felizmente podría vivir ahí.


Sin embargo, mi primera impresión de Chiang Rai fue de lo más asustadora.

Dos horas después de haber llegado, estaba sola a media noche caminando por las  calles que circundan  la estación de ómnibus buscando un lugar abierto para ir a cenar.

Finalmente encontré uno en una esquina. Me senté en la primera mesa y cegada por el hambre mi mirada sólo se dirigió al mozo.  Kin Jee, le dije. Indicándole que soy vegetariana, que nada de peces ni nada de animales en mi sopa. Kaa, me dijo en signo de aprobación.

Me dispuse a esperar la comida cuando me di cuenta que era la única mujer en la cantina, lo que no me hubiera resultado preocupante si el ambiente no hubiera sido parecido, en todos los aspectos posibles, a la mafia china. Imaginen sillas y mesas de plástico. Luces que titilan en el techo y hacen un sonido ensordecedor. Veredas cubiertas por motos. Hombres con cicatrices en la cara, chaquetas de cuero, pelo largo, uñas largas, miradas que reflejan cualquier cosa menos amistad.

Y yo. Vestidito y camprita: kin jee… pidiendo una sopita para comer. Los hombres me miraban y se reían. Tal vez tenían razón y era para reírse. Pero me empecé a sentir un poco paranoica.

Para ése entonces ya estaba por la mitad de mi sopa, tomándola lo más rápido posible…  La tomaba confiada y decidida. Hasta que de repente,  debajo de uno de los vegetales que recogí con mi cuchara para llevar a mi boca, vi que había plano y hervido, uno de los manjares tailandeses: un gusano.Un gusano rojo y enorme, un gusano entero, enflaquecido por el hervor.
Puesto de insectos fritos en el mercado nocturno de Chiang Rai

¿¡Lo querías local!? Lo tenés local, me dije. Pagué la sopa y me fui vigilando que ninguno de los hombres mafia me siguiera.

Hice un kilómetro por la calle principal, dónde me crucé con toda clase de borrachos y de gente que me pedía cosas. Parecía una escena del fin del mundo. Todavía me quedaba un kilometro y medio mas. Estaba asustada. Esto no es como Chiang Mai, pensé. Acá no puedo salir a andar en bici o a caminar a las 2 am. 

Ésa noche me fui a dormir pensando  que tal vez lo mejor sería irme de Chiang Rai al anochechecer del día siguiente.

Nada de eso. Amanecí con Kanlaya en mi puerta invitándome a la selva y a partir de entonces se sucedieron los  días más mágicos de la historia, que ya les conté cuando estaba viajando hacia Laos. En el relato que les dije que me había ido queriéndome quedar… en donde me prometí el regreso.
Cumplí. Después de algunas semanas en Laos, me tomé un bus nocturno que tardó unas 16 horas en llegar a la frontera y cruzarme otra vez a Tailandia.
Imaginen esos buses viejos, de asientos angostos de cuero y toda clase de luces de colores en el techo. Aire acondicionado ruidoso, sin baño. Gente comiendo maíz. Olor a choclo mezclado con colonias de hombre extremadamente fuertes y agrias.

Cada vez que quería ir al baño, le pedía al chofer que parara. Y él lo hacía en el medio de la nada, a cualquier hora en la madrugada, para que yo, y quien quisiera, fuera a descargar su vejiga en medio de los yuyos y los matorrales.

Paramos a cenar en un lugar cinematográfico, frío y …cómo decirlo… masculino, masculino en el sentido más rústico y cantinero del término. Pararon ahí algunos buses que venían de china, frente a los que me deshice en envidia pues tenían verdaderas camas a bordo. No les puedo explicar el baño al que fui. El susto que me pegué cuando sentí que había alguien atrás mío. La carcajada que largué cuando me di vuelta y vi que era un hermoso ladyboy llorado de la risa por el grito que había pegado segundos antes.

Después del viaje más increíble llegué a Chiang Rai, me rencontré con Kanlaja, nos abrazamos largamente, agarramos la moto y  me llevó a conocer más lugares de  la sorprendente ciudad.

Fuimos a unas hermosas plantaciones de te. A la celebración del año nuevo de una tribu local. Donde nos quedamos a observar el ritual que muy esmeradamente hacen: giran todo el día alrededor de un altar, dándole un gran valor a cada paso, porque cada uno es diferente de otro, cada uno es llegar a lo nuevo y dejar lo viejo atrás.

Al final uno le lava las manos al otro pidiéndole disculpas por algún error que cometió. Iniciando desde cero, en limpio, el nuevo año.
 
Wat Rong khun

Fui otra vez al templo blanco y después pasé a buscar a Kanlaya para ir al negro.
Recorrimos cada una de sus partes. Nos sentamos en enormes sillas hechas de huesos y pieles.

Nos acostamos a leer y descansar en los jardines del templo. Por unos instantes me dormí y tuve un sueño muy singular. No lo recuerdo exactamente, pero de manera muy verosímil  un maestro me mostraba el pasaje del infierno al paraíso, me decía que era todo mental y me iniciaba derramando algún líquido en mi cabeza. En el tiempo onírico, el sueño duró largas horas. Pero en el tiempo terrestre solo unos segundos: uno o dos. Kanlaya ni llegó a darse cuenta que me había dormido. Me habló, despertándome sin saberlo.

Fuente de deseos en el Templo Blanco, Wat Rong khun.

Después de dos días con Kanlaya, decidí irme en motocicleta por las afueras de la ciudad. Ahí fue cuando me perdí y escribí los relatos de una argentina sin frenos en el norte tailandés. Ahí fue donde me enamoré de la tribu Akha.

Con los frenos de mi moto ya arreglados, decidí seguir recorriendo las afueras de Chiang Rai. Al segudo día llegué a la cueva del Buda.

La cueva del Buda está es el interior de una montaña, dónde hicieron  un templo. Pusieron las sagradas estatuas, los hermosos altares. En ella  conviven tres  monjes de la selva y  murciélagos. Cientos de ellos.

Después de haber estacionado la moto al pie de la montaña y subir la escalera, llegué al inicio de la cueva dónde me quedé helada.

No podía creer la belleza y el misticismo imponente del lugar. Comencé a caminar lento. Contorsionando la cabeza en todas direcciones, queriendo mirarlo todo.

Cientos de murciélagos colgando del techo, emitiendo sonidos, sobrevolando el ambiente.

Dos monjes sentados en un costado, junto a sus alimentos.

Uno de ellos se sonrío al verme completamente deslumbrada con el lugar. Me preguntó algo en thai, dándose cuenta que no hablo el idioma. Me observó recorrer la cueva, sacar fotos. Le pregunté con señas dónde dormían, me dijo atrás del Buda, dónde dentro de la cueva había otra cueva.  Me señaló los murciélagos, riéndose.

Le pedí permiso y me senté a meditar frente al altar. Había una alfombra frente a él dónde me acomodé sin darme cuenta que ése era el lugar de los monjes. El pronunció algunas palabras que no entendí y al ver mi incomprensión se hecho a reír.  Me dejó sentarme en el lugar que no me correspondía. Se quedó en silencio mirando… sus ojos sonreían. Como declarando en silencio que la esencia del budismo es la que atraviesa los protocolos y  las formalidades. Que lo sagrado es el silencio. El Buda en uno. El imperturbable.  Y que  por mi parte ya aprendería, observando,  cuál es el lugar que me corresponde para meditar.

Al terminar me fui a sentar frente a él. Me hizo un gesto indicando que me había visto meditando.  Le expliqué con señas que la meditación es muy importante para mí, porque la turbulencia de los pensamientos me empañan la vista, encegueciéndome.

Me miro en silencio y absolutamente quieto. Pensé que  no había entendido nada de lo que le había querido decir, estaba a punto de sacar mi libreta para explicarlo mejor dibujando. Pero en ése instante se paró,  fue atrás del buda, y volvió con un Japámálá de hermosas piedras verdes, que me entregó en las manos.

Me dijo en tahi, pero igual entendí, que era un regalo. Se sentó frente a mí y me enseñó  a utilizarlo con una técnica de meditación. Al terminar, sonriente, me indicó que me lo cuelgue en el cuello y me despidió.

Good luck to you.

Fueron sus últimas palabras y las únicas en inglés que durante todo el rato, pronunció.

 
Me fui en moto cantando todo tipo de canciones felices. Manejé durante horas y al caer la noche encontré un lugar parecido a un hotel dónde paré dormir. Me alquilaron una habitación por un preció que pelee aguerridamente.

El lugar era raro. Me di cuenta que había alquilado una habitación en algo que no era exactamente un hotel.

Era un internado de chicos. El lugar donde dormían los alumnos de una escuela que quedaba a unos kilómetros del lugar. Por eso la cara de extrañamiento de los nenes, cuando al llegar de la escuela, me vieron cenando en su patio.

Largas horas pasado el anochecer mientras yo escribía sentada en unos escalones, los chicos comenzaron a preparar sus camas: unas finas colchonetas que extendieron sobre el suelo de la cocina  y cubrieron con frazadas y almohadones.


 Prendieron una película de humor bizarro thai, que se burlaba a los monjes. Me invitaron a sentarme con ellos.

Lloraron de risa mientras comían y me convidaban toda clase de golosinas. 
Al otro día desayuné con ellos y me fui. Volví a la ciudad para tomar el micro hacia Chaing Mai. Dónde viví  un hermoso día de paseo en bicicleta, de jardines de templos. Mi despedida temporaria de Tailandia.

Mi amada Tailandia.


Ésta mañana me desperté muy, muy temprano. Mochila y mochilota colagadas, comencé a caminar para buscar un tuk-tuk que me llevara al aeropuerto. De repente me di cuenta que estaba caminando lento. Que hacía cada paso como queriendo absorber todo de Tailandia, para llevarla conmigo.

Respiraba muy profundo. Olor a leche de coco y arroz. Miraba los altares de todos los comercios, de todas las casas. Colores, colores, colores. Flores de plástico, de verdad. Monjes haciendo la procesión matinal. Chicos yendo a la escuela en moto. Ruido de pájaros. Tierra roja volando en el aire.

Kop Kun Kaa, Tailandia. Volveré como viajera por tercera vez en unos meses.
Y tal vez la cuarta haga de tus calles mis calles.  De tu idioma mi lengua. De tu gente mi gente.  Tal vez la cuarta venga para que ésa casita de bambú en la tribu Akha se convierta en mi hogar. Tal vez la cuarta.

Kaa Tailandia.

No imagino una manera más feliz de despedirme de un lugar que irme queriendo volver para vivir en él.


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