Perdida en la Selva Tailandesa

Qué grandiosa es la vida. Otra vez en Tailandia, el plan era ir en moto al pequeño pueblito ladero a una cascada dónde había dormido la última vez que estuve en Chiang Rai. El plan era “hacer de la casita de madera y bambú, mi hogar por una semana o dos”… el plan era. Y para cumplirlo me desperté muy temprano hace tres días, armé una mochila con algunas pocas mudas de ropa, me fui a desayunar a un café donde analicé muy cuidadosamente el mapa de las rutas de las afueras de la ciudad, agarré la moto y me fui.

Atravesé la ciudad. Creí cruzar el puente que debía cruzar.  Llagué a las afueras. Una vez ahí me dije bueno, ahora a seguir mi intuición, a frenar dónde se me plazca, a meterme en cuánto pueblito se me antoje. Total puedo siempre volver a la ruta principal para llegar a lo de los Lahu.

Si, Emilita!, me diría mi papá. No lo sabía pero estaba completamente perdida, yendo en la dirección opuesta al pueblo dónde quería ir.

Manejé kilómetros y kilómetros sin ver un alma. Llegué a una mina abandonada. Anduve varios kilómetros junto a un río que no recordaba.
En un momento vi una montaña con un Buda inmenso en la punta. Decidí subir.Giré en una callecita de tierra que, supuse, me llevaría hasta el pie de la montaña. La recorrí cuesta arriba por unos cuántos minutos y cuando llegué me di cuenta que estaba estacionando en el jardín de un monje de la selva, como le llama la gente Thaí a los que no viven en templos en las ciudades, sino que por el contrario tienen pequeñas casitas en el medio de la floresta. El color de sus ropas no es anaranjado, como el de los monjes de la ciudad. Es más oscuro. Llevan vidas más despojadas, viven entre ayunos y meditación.
Él estaba escuchando cánticos budistas, sentado en una silla de plástico frente a su casita. Me vio llegar con alegría. Hizo un gesto de aprobación con la cabeza y me sonrió generosamente. Nos miramos a los ojos durante unos instantes sin decir palabra. Me indicó el camino hacia el gran Buda, arriba de la montaña.
Le sonreí  agradecida y comencé a subir.
Al regresar, después de una larga caminata, el monje seguía sentado en el mismo lugar. En forma de agradecimiento, encendí tres inciensos que ofrendé al altar de su jardín y me senté a meditar frente a él.
Sentí que el tiempo se había detenido por completo. ¡Era tan fácil concentrarse!… de un minuto al otro estaba en un estado que otras veces me cuesta largo rato alcanzar. No sé cuánto tiempo habré estado sentada ahí. Pero cuando decidí, finalmente, abrir los ojos, vi que el monje estaba sentado a mi lado, meditando también. Sentí que el corazón me iba a estallar de alegría.
El debió haber sentido mi entusiasmo, pues en ése momento abrió los ojos y me miró con la mirada más profunda que pude alguna vez soñar.
Nos quedamos en silencio, sentados. Sentía unas ganas impresionantes de sacarle una foto, tener el retrato para recordarlo siempre. Pero me dije que mis recuerdos debían bastarme y después de un rato me paré para irme.
Estaba  buscando la llave de la moto cuando el monje, señalando mi cámara de fotos, me dio a entender que no había problema alguno en retratarlo.
¡Yo no le había dicho nada! Cerró los ojos otra vez y se entregó a la profunda meditación. Saqué una sola foto y en silencio me fui sin poder creer experiencia que había acabado de vivir.
Seguí camino con  la moto. Otra vez kilómetros y kilómetros sin ver un alma. Seguí unos carteles en Thai que me llevaban cada vez más selva adentro. Calles angostas de tierra, empinados barrancos  de denso verde.
Mentira si les digo que no me asusté. Cuando me di cuenta que estaba anocheciendo empecé a sentirme un poco preocupada. Me enfocaba entonces en seguir cada uno de los carteles que tuvieran un dibujo de algo parecido a una cascada.
Atravesé arrozales, plantaciones de té. Hice el camino de las cien mil curvas. Nada. 
Sólo largas horas después encontré la entrada a una cascada que en nada se parecía a la que yo quería ir. Giré la moto para volver y antes que pudiera darme cuenta, estaba en el suelo. Me había patinado con la tierra húmeda, se me había caído la moto. Sus frenos se habían roto.
No quiero imaginar la expresión de mi rostro cuando me di cuenta que estaba perdida y sin frenos en el norte tailandés.
Ya estaba empezando a ponerme verdaderamente nerviosa cuando descubrí que había un pequeño pueblo (10 casas) unos cuántos metros más arriba. Subí la calle más empinada del mundo. Y la subí sin frenos.
Llegué a la aldea de la tribu Akha. Haciendo señas, expliqué que me había perdido y que mi moto se había roto. Que necesitaba un lugar para dormir.
Esta es la casita que me alquilaron, el paraíso para mi.

Llamaron a un chico que hablaba inglés, quién me explico que ellos tenían un lugar para alquilar a la gente que quisiera convivir con ellos por un tiempo, aprender la cultura de la tribu.

Le dije que era perfecto para mí y me dispuse a quedarme. Hacer noche y ocuparme al día siguiente de los frenos de mi moto.
Tardé un rato en tranquilizarme y dame cuenta de que estaba estancada en el paraíso. Cuando todos mis pensamientos de miedo y preocupación cedieron lugar a mi mirada, me di cuenta que habiéndome perdido me traje sin querer a un lugar tan pero tan bello que rozaba lo increíble. Me sentí feliz y agradecida.
La gente de la tribu es muy amable. Me invitan a sus casas, me sirven café. Los paisajes son alucinantes. Se pueden hacer largas caminatas en medio de la selva o en las cimas de las montañas. Hay grandes plantaciones de té  de café. Hay una cascada solitaria en el medio de la selva, donde se puede pasar largo rato escuchando el agua en soledad.
Hay piscinas de aguas calientes que emergen de la tierra, donde se puede nadar o poner huevos a hervir.
Mi cabañita de bambú da a una enorme montaña con plantación de  te.
Amanece entre rojo y naranja todos los días. A la noche el cielo estalla en estrellas. Hace tres días que estoy, no quiero bajar a la ciudad nunca más.
Me ofrecieron quedarme a vivir, me dijeron que me darían comida y una casa para vivir a cambio de enseñarles  inglés a los chicos en la única escuelita que tiene la tribu. Pensé en hacer teatro con ellos también. Pensé seriamente venirme a vivir. Tal vez no definitivamente, pero por unos cuántos meses no estaría nada mal.
Ya me hice varios amigos. A la noche hacemos fuego. Cantan. Me enseñan el dialecto Akha y el idioma thai.
Uno de mis amigos, llevándome a una de las cascadas.
Hoy me van a ayudar a bajar la moto en una camioneta que consiguieron. Y a la noche me van a buscar en Chiang Rai para volver a dormir acá algunos días más.
Son las siete de la mañana en el paraíso.
Me despido, reportando desde  un balcón de bambú que da a  una selva dorada y verde, fresca de amanecer. El desayuno que amablemente me prepararon mis amigos Akha se hace presente.  Uno de los chicos que me ayudo desde un principio, y que ahora es mi amigo, me vino a visitar. Compartiré el desayuno con él, dejando de escribir ahora.
Hasta la vista amigos, nos vemos en los próximos relatos de una argentina sin frenos en el norte tailandés.
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