Muang Gnoi, el pueblito sin luz.

Muang Gnoi, en Laos, es un pueblo de lo más encantador. Sólo se puede llegar a él en barco, está rodeado por hermosas y selváticas montañas. No tiene luz eléctrica más allá de algún que otro generador, que pueden llegar a prender dos o tres horas por día.

Estoy sentada en el jardín del templo y los primeros rayos matinales me acarician la cara.  Dos pequeños monjes susurran a mi lado. Llegaron hace poco. Los vi atravesar sonrientes la puerta del jardín del templo, entrar con el viento.

Todo el jardín estaba en silencio pero en el momento en el que ellos llegaron,  las campanas comenzaron a sonar. No parecía una escena de ésta tierra. Deliberadamente elijo no pensar en coincidencia. Elijo creer que cada vez que los pequeños monjes entran, las campanas suenan celebrando su  llegada.

Sus voces  me tranquilizan, hablan bajito. Se sentaron a  unos pocos metros de mí… me miran escribir. Sonríen.

Estoy viviendo en una casita de bambú ladera al templo. Por lo que a la mañana, a eso de las 6, me despierta el sonido del gong que llama a los monjes a meditar. Minutos después, mientras me lavo la cara escucho los alucinantes cánticos budistas interrumpidos periódicamente por los estridentes cantos de los centenares de gallos que hay en el pueblo.

¡Hay muchos gallos,  gallinas y pollitos en éste pueblo!  Un día dejé la puerta abierta  y cuando me di vuelta, había un gallo parado en mi cama. En realidad, hay toda clase de animales sueltos: será ése uno de los tantos encantos que me enamoran de Muang Gnoi.

Todo sucede muy lentamente en éste lugar del mundo. La gente se toma su tiempo. Siempre es una cosa a la vez… no existe el “hago esto mientras adelanto con esta otra cosa”… acá se trata de dedicarle el cien por ciento de atención a la actividad que se está haciendo en ese preciso momento.

La gente se dedica a la pesca, al telar o la cosecha. Se junta agua del río y se prenden fogatas para hervirla y hacer café. Se las prende en los costados de las callecitas de tierra, frente a las casas… sirven también para que la gente se siente a su alrededor en gruesos troncos a calentarse  en los fríos amaneceres.

Siento haber encontrado mi lugar en el mundo. Necesitaba de ésta paz reparadora. De la calma de lo cotidiano, la sencillez. Necesitaba un lugar donde volver a mí después de haber dejado ir  al hombre más dulce y singular que podría haber aparecido en mi camino en éstos tiempos.

Y acá es dónde les debo las explicaciones que no les voy a dar J.  Acá es donde se hace evidente que omití capítulos de mi viaje en mis relatos. Que omití un nombre.

Por ahora basta decir que lo extraño y que intento estar centrada para que ése extrañarlo sea una dulce brisa y no un color cristalino que lo invade todo.  Esa pequeña gran diferencia entre ser esclava de mis emociones y crecer con ellas.

Encuentro, entonces, en la paz encantadora de éste pueblo mi remanso. Me  entrego al amanecer a la meditación, a buscar mi silencio.

Prendo velas para iluminar la noche, a veces –cuando me siento un poco triste- me canto canciones, me abrazo… Si. Hago todo tipo de cursilerías decididamente, porque resultan ser increíblemente reparadoras.

Tomo todo con paciencia. Trato de observarme, de no juzgar. De dejar que la vida me ocurra, aun cuando por momentos duela alguna saudade, algún recuerdo de una forma de mirar, de un sonido de una voz.

Me acuerdo del tiempo en el que elegí aislarme de la gente. Del tiempo en el que la soledad era para mí el único destino. Del miedo que sufría todo el tiempo. Hoy sonrío al darme cuenta que estoy dejando a la vida ser a través de mi…  que me permito encontrarme con otros.

Dejar ser es, como habrán visto, la premisa con la que estoy dando cada paso.

Hay una gran libertad en no esperar que las situaciones se manifiesten de una manera determinada. Cuando dejo ser, acepto. Y al aceptar descubro que todo está bien y que no hay nada a lo que oponerse. Que  todo es como es y yo soy como soy en eso que se me presenta, soy con eso. Entonces todo lugar es el lugar correcto, toda emoción… 

La simpleza de éste pueblo me ayuda  a sentirme en paz.

Quién hubiera dicho que mi pasaje por Laos se iba a teñir de una historia de amor. Bienvenida sea, pues. En realidad toda ésta situación me está generando una gran necesidad de trabajo interior, ése que tanto me gusta pero el que no hago tan a conciencia cuando la vida se me viene muy fácil.

¡El curioso juego entre la mente, el cuerpo y el corazón! Me doy cuenta que cada día me siento más tranquila, más íntegra. Que frente a la paz del lugar, declaro la paz conmigo misma.


Me empapo de maneras sencillas de vivir… dormir en casitas de bambú, iluminar con velas, ducharme con agua fría, juntar agua del río… hacer fogatas para cocinar, despertar con el sonido del gong del templo y el canto de los gallos. Los barquitos que llegan y parten hora tras hora en el río. Sentarme en el jardín del templo, meditar y escribir.

Respirar aire limpio. Abrir la mirada en los arrozales, descansar. Volver a mí. Todo el tiempo, volver a mí y aceptando lo que es, entregarme.

Esta es, inesperada y reparadora, mi experiencia de Muang Gnoi… Su sencillez, su belleza y su rusticidad impiden que  esté todo el tiempo volcando mi atención hacia afuera. Acá no hay ruido, luces y pasa-tiempos. Acá no hay una ciudad que reclama todo el tiempo mi atención. Acá hay paz.  Dulce paz de la que puedo gozar si me abro a ella.  Y en eso estoy. Día a día, sanado lo que quede por sanar, acompañándome, creciendo.

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