Dos Asias

 

Asia for export    Asia real
Asia for export es una camino inventado de concreto lindado por superficies que le sirven y son su producto. Todo se vende en ésas superficies… la banda sonora es “Ladyyy how much you give me?”. Los colores, los sabores y las formas son imitaciones del estilo europeo. Turistas y más turistas que replican su vida cotidiana en el sudeste de Asia. Gente local que te considera solo como una cantidad X de moneda local. Diversiones, pasa-tiempos, tours.
Vi incluso verdaderos zoológicos humanos. Caminos de asfalto que atraviesan villas de las afueras de las ciudades, donde paran las vans, los mini buses, con gente vestida de verde, con sombrerito pescador y grandotas cámaras colgando del cuello, y recorren por unos 15 minutos la aldea, sin salirse del caminito de concreto que ha sido diseñado para su satisfacción.
Allí pueden sacarles fotos a los niños que se han vestido especialmente con ropas tradicionales, que en su vida cotidiana no usan, para complacer el imaginario de los turistas.
Asia for export tiene su razón de ser, me parece, en dos causas: por un lado, la necesidad de una parte de la gente local que la obliga a rebuscar su manera de vivir, a adaptarse a lo que el medio le ofrece y le exige.
Por el otro, una gran masa de turistas que vienen buscando satisfacer ciertas curiosidades,  crear la anécdota de la otredad. Pero que no están interesados verdaderamente en compartir, en sumergirse en la cultura que los recibe. Pagan entonces por rápidos tours que tienen como lema la diversión y la satisfacción garantizada.
Se fotografía lo raro como una curiosidad. De combi en combi, de paquete en paquete, verdaderas máquinas de comprar, de derrochar flashes,  de destruir tradiciones.
 
Asia, la verdadera, requiere correrse de los puntos a donde todo-el-mundo-va.  Surcar nuevas rutas, meterse en otros caminos: buscar, hablar con la gente, dormir en las afueras, comer otras comidas. Abrirse.

Tal vez exista algún vértigo en eso.  Pero abrirse decididamente.

No puedo concebir un viaje que no me transforme por completo. Siento que si una transformación medular no ocurre, es mentira. No me fui a ninguna parte. No viaje en absoluto. Miré paisajes como quién mira una revista, sólo engañé mi aburrimiento por un rato.

Viajar, para mi, significa dejar morir el aparato de creencias y costumbres que llamo Yo. Dejar morir ése yo repetidamente, dejar que nazcan otros y descubrir que no soy ninguno de ellos. Ser libre.
Estoy decidida a seguir caminando en los intermedios, en los pueblos alejados de los grandes pueblos. En los interiores de las manzanas, en los mercados locales

Lugares a los que puedo llegar si no sigo los mapas turísticos.
Alquilar motocicletas e irme está siendo una de mis maneras favoritas de conocer cada lugar. Ir a esos lugares que no tienen una cara que ocultar y una que vender.
Ir a los que son sin mostrarse.
Ésos, en los que la mayoría de las veces no puedo comunicarme hablando, pues no hablo sus lenguas, pero en los que igual puedo dormir, caminar  e intercambiar sonrisas.
Las calles de tierra, las construcciones rurales, la gente del pueblo. Colores, sonidos, sabores, rituales, creencias  y costumbres que envuelven mi corazón y,  bajo diferentes manifestaciones, me colman de vida.
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