Laos

Llegué a Luang Prabang, Laos, después de navegar durante dos días el río Mekong. Había demasiada gente en el barco del primer día.

Se habían sobrevendido los boletos  y en cada pequeño pueblo lindero al río en el que el barco  paraba, subía gente con inmensas bolsas  de especias, canastos  llenos de pájaros y de gallinas.  Se sentaban en los pasillos sobre sus mercancías, charlaban entre ellos, se reían.

 

Después de unas cuatro horas de viaje empcé a pedirle por favor al capitán del barco, que me dejara salir a la proa. La proa del slowboat es una especie de triángulo sin punta, con suelo de metal pintado de rojo. Tiene un altar al que le ofrendan comidas, bebidas e inciensos antes de cada viaje.
Fue difícil que me dejaran salir, porque la proa es para los hombres. Alegaban que me iba a caer, que era peligroso, que había policías. Pensé que tal vez se trataba del altar… tal vez una mujer falang (como le dicen ellos a los forasteros)  traería mala suerte. Decidí dejar de insistir y me senté en una de las puertas, mirando hacia afuera. Después de unos veinte minutos un chico me llamó y, haciéndome señas, me indicó que saliera. Me dijo que me podía sentar en la proa. Mirar en Mekong abiertamente, sentir su humedad en el rostro.El viento frío.

El Mekong es un río no demasiado ancho, pero extensísimo. De agua marrón oscuro y fuerte correntada. El caudal de su agua suele menguar en la época seca.
El trayecto que tuve el gusto de navegar atraviesa la selva. Se pueden ver pequeñísimas villas, que consisten en unas pocas  casitas de madera y bambú, laderas al río. Pueblos pescadores. Pequeños barcos de madera. Niños jugando en las orillas del río, mujeres lavando la ropa y juntando agua con baldes enormes.

Laos. El pequeño y disperso Laos. Estaba encantada…  me preguntaba cómo podría hacer para conocer alguno de esos pueblitos. Sentía la necesidad de compartir con ésa gente algún tiempo.

Luang Prabang

Llegué a Luang Prabang después del segundo día de navegada. Ya desde el río pude vislumbrar sus construcciones de estilo colonial francés. Los rastros de Europa.
Agarré mi mochila grande,  la chiquita. Empecé a caminar cuesta arriba por una rampa que me llevaría desde el puerto hasta la ciudad.
No había hecho tres pasos cuando me descubrí poniéndole los puntos a un grupo de adolescentes que creía que por no hablar en Lao,  no iba a entender el compendio de comentarios sexuales que estaban desplegando sobre mi persona.
Me reí por la cara de los chicos cuando se dieron cuenta que los estaba retando y seguí caminando.

Lo primero que hice fue alquilar una bicicleta en el puerto, para ir buscar una guest house barata. Ya que suelen estar lejos de donde desembarcan los turistas.
Efectivamente, en las primeras que pregunté los precios eran desorbitantes.

Me alejé más y más del centro, del night-market, hasta encontrar una habitación por un precio razonable.

Luang Prabang, 5.30 AM, mujeres esperando la procesión de los monjes budistas para ofrendarles comida.

Después de bañarme, me fui a recorrer Luang Prabang en bicicleta. Me costó acostumbrarme a la forme de ser de la gente local, me preguntaba si en todo Laos sería igual.
 Las construcciones francesas, los baguettes que se vendían por doquier… la horda de gente, de turistas.

Navidad, me di cuenta que era el 24 de diciembre. Que por eso los gorros de papa noel, los árboles llenos de pelotas coloridas en los restaurantes hechos para el turismo.

Lejos de todo el encanto que garantizan las guías turísticas, sentía que de alguna manera éso que se me mostraba, no era Laos.

Decidí irme a dormir a las afueras de Luang Prabang, a 30 km,  en un pequeño pueblo que está atravesado por un río de aguas turquesas. Cambio de aires. Fuego en la noche, agua fría para ducharse. Bananas de los árboles.

Mi casita.

Disfruté especialmente la noche de ése pueblito. Salir a caminar entre las casas, sentarme a hablar en inglés con los hijos de las familias, quienes se mostraban felices de poder practicarlo.

La primera noche, recorriendo el pueblo, se me hizo tarde para cenar. Fui a las dos o tres  casas que durante el día funcionan como cantinas y me di cuenta que estaban cerradas. Porque ya eran las 22 hs… Y ellos cenan a las siete. Cuando me estaba yendo una mujer medio dormida salió de uno de las casas y, en pantuflas, me persiguió unos metros.

Me dijo que me había escuchado y me preguntó si tenía hambre. Le dije que si, que estaba buscando dónde comer. Me abrió la puerta de su casa, me dijo que me siente y se puso a cocinar un delicioso arroz frito con vegetales en medio de una oscuridad casi absoluta. Después se acostó a dormir, mientras esperaba que termine de comer.

 

Al otro día fui a dormir en el jardín que rodea una cascada, llamada Tad Thong. Es un lugar mágico: densa selva, cascadas menores, un lago turquesa repleto de lotos.

Había llegado ahí en motocicleta el día anterior. Sin querer irme empecé a decir que quería dormir ahí  pero la gente local me respondía que no había guest-houses, que no había nada.
Yo insistía, tenía que haber algo.
En un momento Rob apareció. “Si querés dormir acá podemos construirte una choza” me dijo. Le respondí que sería maravilloso. Me miró serio unos segundos y me señaló un hermoso quincho de bambú mientras me preguntaba si quería dormir ahí. Le dije que era perfecto.





Rob encontró su lugar en el mundo: Laos.

Me consiguieron frazadas y un protector anti-mosquitos, pero que ésa noche se convirtió en anti lauchas, serpientes y arañas… anti toda-clase-de-bicho que anduviera suelto en la selva.

Dormí escuchando el correr del agua, vi a los lotos abrirse en la noche.




Al otro día caminé selva arriba durante media hora para ir a un pequeñísimo pueblo, llamado Ben Houai Thong.



Llegué a eso de las 7 am y vi el despertar del pueblo.

Gente abrigada sentada al fuego que calentaba inmensas pavas. Niños ya entregados al juego. Gallos cantando.

 

No estaban acostumbrados a recibir falangs, mucho menos a ésas horas de la mañana.
No era de extrañar que me miraran desconcertados. Traté de comportarme lo menos falang posible para no incomodarlos.

Caminé lentamente. No saqué todas las fotos que me hubiera gustado y me deshice en sonrisas.

Nong Khiaw

Ésa mañana me tomé un micro hacia Nong Khiaw. Un pueblo ladero al río Nam Ou.

 Esto suena  al verdadero Laos para mí. Si bien hay comodidades para viajeros y turistas, no es lo que abunda. Por el contrario, acá se puede sentir cómo es la verdadera vida de Laos.

Bansaamsath es uno de ésos pequeños  pueblos que mencioné al principio. Consiste en unas pocas casas de madera que se sirven del río para subsistir.




Llegué ahí con Psong. Profesor de la única escuelita que hay en ése pueblo, a quién había conocido en el micro.  Al rato de haber llegado, me pasó a buscar en moto y me llevó a conocer a su gente.

Adorable gente. Me convidaron té, naranjas, arroz. Escuchamos música, jugamos con los chicos, caminamos.

Me llevó también a conocer las cuevas dónde los soldados se escondían durante la guerra de Vietnam. Durante el incesante bombardeo de los Estados Unidos. El lugar me dio escalofríos.

La historia oficial no lo dice, pero Laos fue uno de los países más cruelmente  bombardeados durante dicha guerra. En las afueras de las ciudades aun queda una inmensa cantidad de bombas activas. En algunos pueblos incluso se pueden ver asientos, bancos, hechos de los restos metálicos del bombardeo.


Los días amanecen grises y fríos en Laos. El sol se impone sólo cerca del mediodía. La gente es tranquila y muy sencilla. Abren su corazón, me reciben. Los veo entregados a sus quehaceres diarios.

Me alegra haberme alejado de Luang Prabang y estar conociendo el verdadero Laos  hay días en los que me siento deslumbrada por la belleza y otros en los que me siento un poco triste.

A veces conviven ambos sentimientos y  todo se vuelve muy ambiguo.

Una vez más lo dejo ser. Hoy me embarco hacia un pueblo aún más chico.

Para pasar el año nuevo ahí… a la luz de la velas.

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