Chiang Rai

Extraño tus colores, tus formas de manifestarte… natural, variada, alegre.
Llevo en mi piel tu naturaleza impregnada.
Todos tus sabores, tu forma de complacerme y agredirme.
Tu manera de dejarme ser en vos.
Extraño tu gente, tus caminos, tus paisajes.
Tus noches de mariposas y mosquitos.
Tu mercado, tu templo.
Las cascadas torrenciales, las menores.
Las frutas de los árboles. Tu jardín de flores.
Navegando, soy un amante que se promete el regreso.
No correré la próxima vez, te lo juro.
Me quedaré en vos, como la oscuridad en la noche, como el perfume en tus jardines floridos.
Chiang Rai has sido el paraíso para mí.
Kanlaya, mi amiga Thai, apareció de la nada en el medio de la noche cuando recién había llegado y estaba buscando dónde dormir. Me dijo que podía darme su habitación. Que ella encontraría dónde dormir, que iría a lo  de su hermana o de algún amigo. Le dije que no la iba a dejar sin habitación y me acompañó hasta un hermoso lugar dónde pude alquilar una por algunos pocos bahts.

Kanlaya, dulce ser de mil caras, alegría de vivir. Danza.

Me despertó temprano al día siguiente: “Vamos, hora de despertarse. Ir a la selva”, me dijo y en unos pocos minutos estábamos manejando motocicletas para alejarnos del centro de Chiang Rai.
Vi los paisajes más hermosos que podría haber visto. El viento golpeaba nuestros rostros acariciándonos.

Después de caminar largo rato por la selva nos bañamos en una solitaria cascada de agua fresca y escandalosa. Nos quedamos algún tiempo viendo las aguas correr, hasta decidir seguir viaje por las rutas tailandesas. Paramos en un lugar de ensueños a almorzar.

Ayer descubrí que en las páginas de mi cuaderno viajero (de papel) de la estadía en Chiang Rai, la palabra maravilloso aparecía unas cuatro millones de veces.  Debe ser por esa sensación de estar viviendo un sueño, algo extra cotidiano, de otro orden, fuera de este mundo.

Después de reposar un rato junto a un lago, seguimos viaje hacia el increíble Templo Blanco. Le dimos de comer a los peces, me senté a meditar frente a su altar. Recorrí con mis ojos las pinturas de su paredes como quien lee la historia en la que esta inmerso, como quien mira retratos familiares.
De un lado, al principio, el infierno. McDonalds, spiderman, autos, suciedad, urbes, dolor. Del otro lado paz, meditación, naturaleza, armonía, silencio.
Por un lado,  el estado en el que uno juzga divididos  el alma, la mente y el cuerpo.
Y por  otro lado la unión, dónde ya no se puede hablar ni de alma, ni de mente, ni de cuerpo. Donde ya no se puede hablar. El Uno. Donde Uno no es más que Una consciencia danzante. Donde todo es ahora…
Y el silencio… poder parar los estridentes pensamientos dando espacio a la visión de otro orden. La mirada que no es un de aquí hacia allí. Una tela de juicio de la realidad. Una mirada inocente que siendo todo, mira todo viéndolo en sí. Desde cualquier lugar observa, viéndose. Y todo es, en Gran Amor. En dicha y celebración.
Mientras miraba esas hermosas pinturas pensaba lo terrible que es vivir en el ruido, en el vacío que creamos y nos obligamos a llenar.
El tiempo que me llevó darme cuenta de que la idea del vacío me impedía asentarme en él y descubrirme. Que, como un templo sagrado, el vacío es aquél lugar donde no se puede entrar calzado con ideas. Que más me valía dejar la chancleta racional en la puerta, de otra manera no podría entrar en él. Porque no lo vería y más aún… le temería y huiría de él desesperada. Sin darme cuenta claro, que no existe manera alguna de escapar de él. Que la dualidad es la cárcel.
 Al salir del templo me dijo que estaba diferente.  Tenía razón, toda su arquitectura y sus significados me habían dado vuelta, como un maremoto que te arrasa cuando estás completamente desprevenido.
Seguimos camino de regreso a Chiang Rai, donde al llegar nos internamos en un maravilloso jardín de flores  antes de degustar comida típica thai en un mercado local.
El día siguiente fue tan o más mágico que el primero. Manejamos motocicletas por un camino mucho más largo, nos llevó horas llegar hasta una zona selvática, donde también nadamos en una cascada… Pero ésta vez no quedamos varias horas… me tomé el tiempo para acostarme a leer y sentarme a meditar. Fue el lugar donde descansamos y nos abrazamos tiernamente.
Al caer la tarde  decidí que no iba a dejar ése lugar, la selva me tenía completamente atrapada. Comencé a preguntar, haciendo mímica a la gente local, si había un lugar donde pudiera dormir. Di en el blanco, la primera persona a la que le pregunté me mostró una casita de bambú ladera a un río donde podíamos dormir.

Mi casita de madera y bambú.

Kanlaya decidió irse al pueblo. Me quedé en  Jalae. Durmiendo en la tribu de los  Lahu y  los Akha.
Dichas tribus sufrieron una colonización religiosa por lo que muchos de ellos son cristianos y estaban celebrando la navidad. La celebran durante tres días, comenzando el 22 de diciembre.
Estaba en mi casita de bambú, iluminada por una vela, pues no hay luz eléctrica en ése lugar, cuando comencé a escuchar canciones típicas navideñas cantadas en coro, villancicos.  Era un grupo de Lahu yendo casa por casa a cantar en medio de la noche.
Decidí seguirlos.
Fuimos por el medio de la villa, iluminados por linternas, casita por casita a cantar en su lengua, canciones navideñas. No estoy segura de que hablaran Thai. Me sonaba muy diferente y para saludar usaban otras palabras.
Cada vez que llegábamos a una casita, sus dueños se asomaban a la puerta con cara de dormidos, una vela en la mano y comida para dar una vez que terminaran de cantar: bananas, semillas, arroz.
Fue muy interesante ver, en medio de la noche, el interior de la tribu.
El efecto que hacía el fuego de las velas en el interior de las casitas de bambú era alucinante. A través de las cañas y las maderas se veía un destellar rojizo anaranjado absolutamente cautivante.
Había además perfume a fuego. Humo de hierbas, de maderas que huelen a incienso. Al lado de cada casita había una pequeña fogata encendida. Debe ser para espantar a los mosquitos, o para generar calor.
Amanecí al día siguiente invadida por el sonido de una selva que despierta.
Desayuné respirando el perfume del rocío y la tierra roja. Tomé un café amablemente preparado por el dueño de la casa. Me fui caminando hasta la tribu siguiente por un camino de tierra que atraviesa el selvático matorral. Regresé. Agarré la moto y me fui.
Les dije que volvería. Pero en cambio de eso, ésa misma tarde partí hacia Chiang Khong con los viajero húngaros, ahora: mis amigos, para al día siguiente cruzar a Laos. Me fui seducida por la idea de viajar con ellos hasta Luang Prabang, compartir la navidad con amigos.
 Me fui demasiado rápido.
Lo supe cuando estaba en la frontera, mirando hacia Laos, del otro lado del río. Debería haberme quedado, hacer de la casita de bambú mi hogar por una semana o dos. Debería haber surcado más rutas del norte tailandés.
Volveré. La promesa que apacigua. Tengo tiempo.
Me separé de mis amigos en la frontera.
Ellos se tomaron un micro para llegar a Luang Prabang, yo decidí navegar durante dos días las aguas del Mekong, atravesar la selva en barco.
Ya estoy en mi segundo día de viaje. Ya le hice espacio a mi amor por el norte tailandés, a mis saudades. Me dispongo a vivir el ahora que es aguas de río sagrado y pequeños pueblos.
Aprendí una lección que no pienso olvidar durante el resto del viaje.  No correr. Darme mis tiempos. Quedarme en los lugares que me llenan de magia. No sentir pena por los amigos, los viajeros que quiero y que parten… aceptar que así es y dejarlo ser.
 Esa fue una de las razones por las que decidí separarme en la frontera. Venirme en barco.
Los volveré a encontrar tal vez en el pueblo. Pero ya no será igual. Estoy muy decidida a seguir mis sentimientos respecto de cada lugar sin dejar que las rutas de otros influyan en mis partidas o en mis llegadas.
Me doy el tiempo ahora  de ser absoluta y completamentelibre de inventar mis propias huellas en el camino.
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